Diez Noches en Dubái

Myrtle tecleaba sobre su laptop furiosamente, estaba en serio a punto de perder el control, y es que no podía creer cómo su negocio virtual de ventas de soda estaba a solo segundos de irse por el retrete.

Era un juego, claro está, mientras que sus compañeros de discord le gritaban casi dejándola sorda que por favor parara y se concentrara en lo verdaderamente importante, como si ya no lo hiciera.

─¡Ya voy! No hace falta que griten, esa corona es mía─ comentó ella mientras seguía con su intento de recuperar la simulación del juego, en el cual era demasiado buena para ser verdad.

Como siempre, llevaba ventaja por sobre los demás jugadores de la plataforma, y es que le dedicaba demasiado tiempo a la computadora, era una chica gamer con bastante estilo, se podía decir que era crush de muchas personas en la red, pero era sobre todo un fantasma, ya que solo se presentaba por voz o en cambio con una máscara que la hacía lucir misteriosa a la vez que atractiva.

Muchos hombres le habían ofrecido una cantidad absurda de dinero solo por mostrar su cara, pero eso jamás lo haría, a no ser que quisiera un despido seguro, ya que los chismes tenían patas largas.

Durante al menos treinta minutos estuvo en ello, todo para que al final, la bendita página dijera que había tenido un error contando los puntos, y que por ello entonces no podría disfrutar de todos los beneficios como era bien sabido por todos.

Varios denunciaron a los creadores por medio de distintas aplicaciones, diciendo a vox populi que solo se trataba sobre una página más de scam, a lo que la mayoría de las personas quitaron su suscripción de esta, a pesar de tener un juego muy bueno y entretenido.

A pesar de que Myrtle disfrutara demasiado de todo aquello, todavía no se sabía si era posible el hecho de poder vivir de aquello, y aparte de que le daba mucho temor renunciar a su trabajo y perderlo todo, tampoco quería despedirse de su jefe, quien le dejaba con la mariposas revoloteando por todo su ser, en serio quería que la Tierra la tragase si algún día no podía ver más al jeque.

No era solo por su físico, eso estaba claro, pero tenía algo más que la incitaba a tener más de él. tanto su tiempo como su disposición, y eso era algo a lo que no podía renunciar, a que sus hermosas orbes pudieran mirarla todos los días del mundo.

Varias veces pensó en que ella no era suficiente para él, y que por eso no le prestaba la más mínima atención como mujer, sino solo como su secretaria, como la persona encargada de sus deberes, y estaba cansada de aquello, pero no sabía qué otra cosa hacer para que pudiera devolverle aquello sentimientos con igual intensidad.

Bien sabía que ella misma era un problema, pero tampoco quería en tal caso hacer un espectáculo sobre su amor por el jeque, ya bastante se había avergonzado a sí misma frente a él, y es que ni siquiera cuando mordía su labio y dejaba su cabello suelto para que viera su cuello parecía funcionar.

El hombre tenía la mente en el juego el 99% de las veces, y eso era un completo tormento cuando se buscaba llamar su atención de otra manera. Lo entendía en cierto punto, ya que al ser su empleada y hacer bien su trabajo, sería un tanto incómodo tenerla como amante porque ese tipo de relaciones esporádicas nunca salía bien, y un despido sería triste para los dos, pero mientras tanto, el corazón de la chica seguía sufriendo en silencio.

Sabía que la madre de Adib quería que contrajera nupcias lo más pronto posible, pero para el hombre, aquello solo parecía un sueño lúcido, de los que no son resueltos en vida, como si eso fuera imposible.

Las mujeres con las que había salido solo se las arreglaban para comportarse de manera errónea junto a él, y es que pensaban que se ganaban todo solo por ser hermosas, pero lo cierto es que buscaban la manera de manipular al jeque de tal manera que pudiera cumplir todos sus deseos, pero por nada del mundo lo haría a no ser que tuviera una conexión profunda, él decía que de nada servía estar toda una vida con alguien a quien no se conocía, un completo extraño, que era simplemente inaceptable.

A ella le atraía la seguridad que brindaba el hombre, ya que tampoco tenía vicios y no era una persona violenta, sino que por el contrario, era el primero en dialogar.

Eso era importante a la hora de buscar a alguien para formar una familia, o en su defecto casarse, a ella le encantaba en serio todo lo que tuviera que ver con el hombre, y no solo porque tuviera buena posición económica o porque fuera una figura famosa, nada de eso tenía que ver con su juicio sobre él.

Estaba encantada de verdad con la forma de ser de Adib, este casi siempre la hacía reír, aún cuando no pretendía ser gracioso, cosa que llenaba de felicidad su vida y por supuesto, a su corazón.

Los días en la oficina se volvían mucho más ligeros con su compañía, y el trabajo se aligeraba con las conversaciones que solían tener algunas veces, y a ella le gustaba organizar el día del hombre, ya que en serio era un desastre con la puntualidad porque se distraía, pero en cuanto a los negocios, de todas maneras sobresalía increíble en cada presentación, era un hombre de palabra, y eso era todo lo que importaba.

A Myrtle le habían sucedido unas cuantas cosas en su vida amorosa, de manera tal que de verdad ya no podía confiar en casi ningún hombre, pero el hecho de que él le sonriera le daba motivos para soñar.

En eso pensaba mientras por su parte también denunciaba a la página por no cumplir con lo establecido, eran unos simples estafadores vestidos de manera elegante, eso daba asco por completo.

A la chica más de una vez se le había dado la oportunidad de vivir de los videojuegos y ese tipo de cosas, pero no había aceptado por pleno temor a que no se hiciera realidad y terminara por completo hecha un desastre.

Varias personas de las que había conocido se encontraban perdidas en cuanto a lo que tenían que hacer para llegar al tope de fama, y es que no siempre esto se lograba, de modo que el miedo en ella era mayor que todo lo vivido anteriormente.

Sus padres siempre le reprocharon que terminaría siendo una buena para nada si seguía holgazaneando por ahí, ya que no le gustaba mantenerse demasiado activa, solo le gustaba su trabajo de oficina, y eso estaba bien para ella.

Su figura era bastante natural, sin embargo, tenía algunas imperfecciones como rollitos en el abdomen y alguna que otra estría. Pensaba que eso era lo que hacía que su jefe no se fijara en ella, ya que al mirar los cuerpos despampanantes de las mujeres que habían aceptado salir con él, Myrtle quedaba prácticamente humillada y opacada por su belleza.

Todas y cada una de las veces que una mujer se encontraba pensando en Adib, llegando a la oficina como si todo aquello fuera suyo, lo único que provocaba en ella eran náuseas reales, ni siquiera fingidas como bien podían ser.

Desde que la última salió con el rabo entre las patas, y solo le gustaba verlo así porque en serio ninguna merecía al hombre, se sentía con mayores oportunidades de poder estar con él, a pesar de que esto nunca se hiciera realidad, ya que no compartía muchos de los gustos generales de la vida con el jeque, pero eso era lo de menos porque en serio creía que tenían una conexión genuina.

Muchas veces los habían confundido con una pareja al reservar en un hotel o cuando era la hora de cenar en algún restaurante, y el hombre negaba con la cabeza como si las otras personas dijeran disparates, y aunque sabía que era verdad, la hería a profundidad pensar que este la mirara como un objeto y ni siquiera con deseo, sino como la simple secretaria.

Suspiró y entonces se despidió de sus amigos en la red, pasando a revisar su bandeja de entrada en el correo electrónico solo porque quería cerciorarse de que no había nada importante allí, y lo único que encontró fueron simples avisos de nuevos empleos, y entonces por eso solo quiso seguir con lo suyo.

Se levantó del asiento de la computadora y decidió que lo próximo a hacer sería limpiar y ordenar un poco el sitio. Tomó las latas de soda en su escritorio y las echó en una bolsa de basura color roja.

Luego de seguir con esto, limpió el escritorio con un pañuelo y desinfectante, en serio le desagradaba ver desorden y suciedad, pero a veces se le acumulaban todas las tareas domésticas, ya que no tenía el tiempo del mundo para estar en casa y hacer de ama de casa, pero lo intentaba con todas sus ansias, ya que ser la esposa perfecta era su sueño desde pequeña, aunque lo negara.

Luego de terminar de ordenar un poco su apartamento y cenar, se fue directo al sofá a ver televisión, porque no sabía qué otra cosa hacer, ya que los programas solían ser aburridos para ella, pero de alguna forma debía de lidiar con su soledad.

Encontró un canal de cocina en el cual estaban pasando cómo hacer comida mexicana de verdad, algo que le llamó ligeramente la atención, sobre todo por los tipos de chile que se encontraban allí.

Se vio un maratón de esta mini serie de cocina y entonces se quedó dormida allí mismo, sin siquiera llegar a su cama.

Al despertar por la mañana, su alarma parecía no tener reparo en sonar como desgraciada, pero así la había programado, para que pudiera despertarla estuviera donde estuviera, pero en ese momento lo tenía cerca del oído por estar en la mesa de café y ella desparramada encima del sofá.

La apagó y entonces comenzó su rutina de mañana, se dio una ducha, y al salir, lo primero que hizo fue colocar pan en la tostadora para que estuviera listo cuando saliera vestida.

Se adentró en la única habitación del apartamento, solo para vestirse, escuchando en la grabadora de mensajes del teléfono fijo los que tenía para ella, como por ejemplo encargos y demás.

Como pudo, anotó todo en un post it de los que siempre usaba y lo dejó en la mesa de desayuno para poder llevárselo cuando saliera y acordarse de todo lo que debía hacer durante el día.

Una vez que estuvo vestida, pudo entonces pasar a maquillarse, lo cual hizo en quince minutos, ya teniendo mucha práctica.

Arregló su cabello y procedió a servir su desayuno, que consistía en una tostada con aguacate y diferentes especias para darle un buen sabor. Acompañó esto con batido de fresa y decidió que ya era hora de salir cuando miró el reloj de pared.

Una vez afuera, sabía que el conductor de la empresa debía estar llegando para llevarla a su lugar de trabajo, eso era algo que había implementado su jefe para que no llegara tarde nunca, pero debía de estar preparada para cuando el hombre llegara, y eso era adrenalina pura.

Le dijo buenos días al conductor cuando pasó a recogerla y este se los devolvió con una sonrisa de oreja a oreja, así que supo que sería un buen día, o al menos eso quiso decretar en su mente.

Al llegar a la empresa, se encontró con que había una gran construcción en medio de los pisos en los que ellos laboraban, así que tendrían que trabajar en dos pisos más abajo de lo usual, pero no había mucho problema por eso, ya que estaban más que bien trabajando desde cualquier lugar, y eso no lo podía hacer todo el mundo, razón por la cual debían de dar el ejemplo, como siempre lo hacían para que los empleados pudieran tener siquiera un poco de motivación, algo que solía faltar casi siempre.

Habían intentado por todos los medios volver a sus pisos, pero no era posible, así que tuvieron que buscar otras maneras de poder hacer lo mismo de siempre pero con un toque diferente al de toda la vida.

Adib se hallaba más que tranquilo dentro de su cubículo, que aunque no estuviera acostumbrado a trabajar en sitios como esos, tampoco le parecía imposible hacer algo allí.

Muchas de las personas se quejaban de no tener algo claro en lo cual trabajar, pero lo cierto fue que su jefe empezó a explicarle a todo el mundo lo que debía hacer, razón por la que nadie más pudo tener objeciones en cuanto a tener que llevar a cabo sus obligaciones.

Ellos le tenían cierto temor y cierta ira concentrada al hombre, pero ese día todo se terminó, ya que la capa de persona intocable se había disipado al él estar entre todos los demás trabajadores que hacían de su campaña algo posible, y era por eso que él conocía de todo un poco, pues le había tocado la mayor parte del tiempo tener que arroparse hasta donde le llegara la cobija.

─Jefe, creo que se está excediendo con la atención a los empleados─ dijo Myrtle, quien en serio estaba un tanto sorprendida por lo que veían sus ojos.

─¿Cuándo en tu vida pensaste decirle eso a alguno de tus superiores? Debo valer mucho ¿No crees?─.

─Lo vale, señor, es por eso que le digo, cada quien debería descubrir cómo hacer su trabajo─.

─No, la verdad es que cuando alguien necesita ayuda, lo mejor que tiene el ser humano es poder brindarla a como de lugar─.

Ella tuvo que tragarse sus palabras y continuar con el trabajo, aunque no quisiera que se aprovecharan del de apellido Farhat.

Durante al menos unas dos horas, todo fue silencio absoluto y un montón de teclas sonando, por lo que la chica comenzó a sentirse un tanto estresada, pero no lo exteriorizó.

En cambio, su jefe la llamó hasta uno de los pasillos vacíos del edificio, quería hablar con ella.

─Escucha, Myrtle, es sumamente importante lo que te diré, por eso quiero que seas discreta─.

─Sabe que puede decirme lo que quiera, señor, no hay problema─.

─Bien, como sé que no lo hay porque eres de mi entera confianza, te digo que saldremos de viaje en tres días a Dubái, así que necesito que confíes en mí para esto. Estás conmigo ¿Cierto?─ dijo él, mirándola con un intensidad que cualquier mujer se pondría celosa al instante.

─¿A Dubái?─.

─Así es, debemos de expandir nuestros horizontes, además ya sé perfectamente lo que haremos apenas llegar, esta vez lo he planeado yo, pero tú puedes encargarte de pulirlo ¿Te parece?─.

Ella asintió lentamente, sin saber en realidad qué otra cosa hacer, de modo que él le sonrió con su blanca y perfecta dentadura que siempre la había gustado, haciendo que sus ojos hazel se vieran incluso más hermosos ante la poca luz que irradiaban los bombillos del pasillo hacia las escaleras de emergencia.

Myrtle tragó saliva con fuerza y lo único que le quedó fue pedirle al universo que a partir de allí todo saliera bien.

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