Capítulo 2 — Empezar de cero.
Narrador.
—¿Patricio se encuentra?
Preguntó Julián desde las espaldas de Sapphira al ver que la pobre se había quedado sin palabras, por lo que acababa de descubrir, y tras sonreír con modestia, la chica solo se fue para indicarle al antes aludido que lo buscaban.
—¡Un momento! ¡Ya voy!
Saliendo tiempo después, desconociendo quienes preguntaban por él, Patricio salió cubriendo su desnudez solo con una toalla; y quedándose helado al ver a Sapphira, su novia, él solo musitó.
— ¿Sapphi? ¿Qué haces aquí?
Con sus ojos cristalizados, las palpitaciones de su corazón aceleradas, Sapphira, se obligó a respirar profundo para no llorar, y tensando su mandíbula, una vez, supo que no lo haría, respondió.
—Vine a verte, Patricio. ¿Por qué no te alegras?
Su voz salió en un siseo, cargado de ironía, y manteniéndose en silencio, sin decir nada más. Él solo bajó su rostro al ser descubierto por la mujer que decía amar.
—¡Patricio! ¡Amor, la comida está lista!
Tras gritar desde el interior del departamento, la amable chica salió de nuevo en busca de Patricio, y sonriendo, sintiendo su corazón hacerse trizas, Sapphira camino a la salida, siendo seguida por su hermano, quien se sentía fatal por lo que acababa de hacer.
—¡Sapphi! ¡Sapphi! Por favor, detente.
Corriendo tras ella, Julián la llamó en varias ocasiones, y dejando las lágrimas caer, al creer ser una ingenua, Sapphira se detuvo una vez llegó a la calle.
Sí, como una estúpida, así se sentía Sapphira Valmont, al salir de su país detrás de un hombre, por el que recorrió miles de millas, mientras que el muy sínico solo se hallaba disfrutando de un día de comida con su novia de turno.
—Te dije que Patricio es un imbécil, no vale la pena que llores por él.
Llegando a su lado, su hermano solo la abrazó, y escondiendo su rostro, en el pecho de Julián, Sapphira se permitió llorar.
—Pero... Yo lo amo, Julián.
Musitó, sin dejar de llorar, aferrándose más a ella, él solo respondió.
—Lo sé, pero ya no puedes hacer nada, lo único bueno es que estás aquí. Así que al levantar esa cabeza, no hay tiempo de echarse a morir.
Separándose de ella, Julián se quedó observándola, esperando una respuesta, y sorbiendo por su nariz. Al ver que él tenía razón, ella solo limpió sus lágrimas.
— Tienes razón, Patricio, no vale la pena, así que dime qué puedo hacer para ayudarte.
Sonriendo ampliamente al ver que esa era la Sapphira que él había criado tras la muerte de su madre cuando apenas era una adolescente, Julián la guio al auto de regreso, y subiéndose a él, un poco más tranquila, empezó a explicarle.
—Primero debes buscarte un trabajo, no podemos vivir solo de mi sueldo.
Eso Sapphira lo comprendía, la vida en la gran ciudad era muy costosa, y depender de su hermano no podía, cuando ya ella era toda una mujer.
— ¿Alguna idea por dónde buscar?
Preguntó verdaderamente interesada, y deteniendo su auto un par de minutos después, frente al pequeño departamento en el que vivía, Julián respondió.
— Déjame ver, tal vez Yeni me pueda ayudar a conseguirte algo, pero mientras me voy al trabajo. Solo te pediré una cosa. No te metas en problemas, por favor.
Al escucharlo, una sonrisa se formó en los labios de Sapphira, y asintiendo con su cabeza, se bajó del auto para que su hermano pudiese ir a trabajar.
— Nos vemos en la noche, te quiero, Sapphi...
En ese momento, al ver a Julián partir, un enorme nudo se formó en su garganta y rompiendo en llanto fuera al departamento, Sapphira intentó desahogarse por el dolor que sentía.
Ella no comprendía cómo él había sido capaz de hacer algo así, tantos planes que tenían, tantos sueños, y todos, Patricio solo los arrojó por la borda, solo por otra mujer. Ahora todo tenía sentido, desde hacía tiempo que él se hallaba frío, y distante, y esta era la verdadera razón. Sapphira solo quería llorar, sacar todo lo que tenía atascado en el pecho, ya que pensaba que solo así, podría cerrar ese ciclo doloroso.
Porque así fuese lo último que Sapphira hiciera, de que lo sacaba de su corazón lo sacaba, ahora su objetivo era encontrar un empleo y ayudar a Julián, para quien no sería una carga, nunca lo había sido, desde la muerte de su madre que les tocó trabajar duro para salir adelante, mucho menos lo haría ahora
Durante el resto de la tarde, Sapphira ordenó el pequeño departamento, el cual era un verdadero caos, y cayendo la noche, cuando la luna se posaba en lo alto del cielo, Julián llegó, trayendo consigo una noticia alentadora, la cual alegró a su hermana.
—Te traigo una buena noticia... Te encontré empleo; empiezas mañana mismo.
Con una sonrisa, Julián le explicó, y caminando hasta él un poco más tranquila, Sapphira solo lo abrazó.
— Gracias, hermano, de verdad te lo agradezco.
De esa manera, sin decir nada más, los dos permanecieron por un instante, y separándose de ella tiempo después, él empezó a explicarle.
— Es algo sencillo, Sapphi, solo debes ayudar a una amiga de Yeni a atender una tienda de antigüedades, no es algo complicado y lo mejor, la paga es buena.
Algo ansiosa, ella solo asintió, y esperando que el otro día llegara, ella apenas pudo conciliar el sueño, nerviosa por lo que le esperaba.
— ¿Asustada?
De camino a su nuevo trabajo, al cual la llevaba su hermano, tras ayudarlo en casa, Sapphira jugaba con sus manos, y asintiendo al ver que él la conocía muy bien, ella vio cómo el auto se detuvo fuera a la tienda de antigüedades.
— No tengas miedo, eres una chica brillante, y sé que todo saldrá bien.
Depositando un leve pellizco en su mejilla él le indicó seguir, e ingresando a la vieja tienda, un par de objetos llamaron su atención, pero ella no los tocó, todo lo opuesto se centró en llegar al mostrador, en donde los recibió, una señora mayor de unos 50 años, pequeña, cabello castaño, ojos grandes y oscuros, la cual se veía muy conservada.
— Buenos días, ¿puedo ayudarlos?
Preguntó con una pequeña sonrisa, la cual transmitía dulzura, y adelantándose para hablar, es Julián quien le cuenta que se encuentran allí por el empleo.
— ¿Ella es Sapphira?
Preguntó la señora, sabiendo que ella estaría allí al otro día, y extendiendo su mano, algo nerviosa, Sapphira se presentó muy asustada.
— El placer es mío, mi nombre es Rocío, y esperó que podamos trabajar en armonía, como dos grandes amigas.





