La puerta de la habitación se abrió de golpe. Ricardo entró, su traje impecable sin una sola arruga, su rostro una máscara de fría irritación.
"¿Qué es todo este desastre, Sofía?" preguntó, su voz baja y controlada, pero con un filo de molestia. Su mirada pasó del cuerpo de Nieve en mis brazos a la mancha de sangre en la alfombra. No había horror en sus ojos, solo fastidio. "¿Ahora qué hiciste?"
Levanté la vista hacia él, mis ojos secos.
"Mateo lo mató."
Mi voz sonó extraña, hueca.
Ricardo frunció el ceño, su mirada se endureció.
"No culpes al niño por tu descuido," dijo con frialdad. "Seguramente lo provocaste. Mateo es solo un niño, todavía está de luto por su madre. Deberías ser más comprensiva."
La absurdidad de sus palabras me golpeó. ¿Comprensiva? Había pasado ocho años siendo comprensiva. Había soportado el desprecio de un niño y la indiferencia de su padre, todo en nombre de la memoria de una mujer muerta.
"Él me empujó a la piscina," dije, mi voz todavía sin emoción. "Él rompió mis diseños. Él mató a mi gato. Y tú lo defiendes."
Ricardo suspiró, un sonido de pura impaciencia.
"Ya basta de drama, Sofía. Es solo un gato." Se giró hacia la puerta y llamó a la servidumbre. "Limpien esto. Ahora."
Dos sirvientas entraron, con los ojos bajos, y se llevaron el cuerpo de Nieve de mis brazos. Vi cómo una de ellas comenzaba a frotar la mancha de sangre de la alfombra, borrando la única evidencia del horror, borrándome a mí, a mi dolor. Para Ricardo, mi pena era solo una mancha que debía limpiarse.
Él se acercó a mí. El calor de su cuerpo no me ofrecía ningún consuelo, solo una sensación de opresión.
"Mira, entiendo que estés molesta," dijo, su tono ahora un poco más suave, la voz que usaba cuando quería algo de mí. "Pero no puedes culpar a Mateo. Él es mi hijo. Es el hijo de Ana."
Ana. Mi hermana. Siempre Ana.
Su mano se posó en mi hombro, un gesto que pretendía ser reconfortante pero que se sentía como una jaula.
"No te preocupes," continuó. "Mañana te compraré otro gato. Uno más caro, si quieres."
La frialdad de su oferta me recorrió por completo. Un escalofrío me sacudió. Me aparté de su toque, y fue la primera vez en ocho años que lo hice.
"No quiero otro gato," dije, mi voz finalmente temblando con una emoción que no era tristeza, sino una rabia helada. "Quiero irme."
Ricardo me miró, y por un segundo, vi una genuina sorpresa en su rostro, rápidamente reemplazada por su habitual arrogancia.
"No seas ridícula. ¿A dónde irías?"
"A cualquier lugar lejos de aquí."
Su mano intentó tocar mi mejilla, un gesto posesivo que había llegado a odiar. Su aliento cálido rozó mi piel, pero yo sentía un frío que me calaba hasta los huesos.
"Estás cansada, eso es todo. Descansa un poco. Mañana todo se verá mejor."
"No," dije, mi voz más firme. "No habrá un mañana aquí para mí."
El recuerdo de los últimos ocho años me inundó. El recuerdo de las tazas de té amargo que su madre me obligaba a beber cada noche, un brebaje para "regular mi cuerpo", que en realidad era para evitar que quedara embarazada. El recuerdo de las dos veces que, a pesar de todo, el embarazo ocurrió, y las visitas silenciosas y aterradoras a una clínica clandestina para "resolver el problema". Ricardo no quería otro hijo. Quería preservar la línea de sangre pura de Ana. Yo solo era un útero temporal, un cuerpo para calentar su cama, pero nunca una madre para un nuevo heredero.
Ocho años.
Ocho años de beber ese té amargo.
Ocho años de ser una cáscara vacía en una casa llena de recuerdos de otra mujer.
"Me voy, Ricardo," repetí, mirándolo directamente a los ojos. "Esta vez, de verdad."
Cuando intentó agarrar mi brazo de nuevo, di un paso atrás, esquivando su toque con una agilidad que me sorprendió a mí misma. La sorpresa en su rostro se convirtió en una mueca de disgusto. El juego había terminado.





