Despertar de un Mal Sueño

La noche fue una tregua frágil. Insistí en dormir con mis padres, aferrada a la mano de mi madre como si mi vida dependiera de ello, porque de hecho, así era. Les conté, entre lágrimas calculadas, que Miguel llevaba días presionándome, hablándome de escapar para "hacerse ricos" y que me amenazaba si le contaba a alguien. Vi la duda luchar contra el amor en sus rostros, pero mi terror parecía tan genuino que la balanza se inclinaba a mi favor. Miguel fue confinado a su habitación después de una severa reprimenda de mi padre, quien le prohibió acercárseme. Catalina, desde el pasillo, me lanzaba miradas de puro veneno, entendiendo perfectamente que había arruinado sus planes.

A la mañana siguiente, no me separé de mi madre ni un segundo. La seguí a la cocina, al patio, me senté a sus pies mientras cosía. Cada vez que Miguel o Catalina entraban en la habitación, yo me tensaba visiblemente, una actuación que estaba perfeccionando con cada hora que pasaba. Mis padres, viéndome tan vulnerable, redoblaron su vigilancia. Pensé que lo había logrado, que había evitado el desastre.

Fui ingenua.

Por la tarde, mientras mi padre estaba en el trabajo y mi madre preparaba la comida, empecé a sentir un extraño mareo. Mi cabeza se sentía pesada, mis párpados de plomo. Mi madre me miró preocupada.

"Mija, te ves pálida otra vez. ¿Te sientes mal?"

Asentí débilmente. Catalina, que estaba poniendo la mesa, se acercó con un vaso de agua.

"Pobrecita, Sofía. Debe ser por el susto de ayer. Toma un poco de agua, te hará bien", dijo con una dulzura empalagosa que me heló la sangre.

Miré el vaso. Olía normal. Pero la sonrisa de Catalina no lo era. Aún así, mi cuerpo se sentía débil, la sed era real. Bebí un sorbo, luego otro. Fue mi último error consciente. Lo siguiente que sentí fue el suelo corriendo a mi encuentro mientras la cocina se disolvía en un torbellino oscuro.

Desperté con el traqueteo de un motor viejo y el olor a diésel y polvo. Estaba en el suelo de un autobús destartalado, mi cabeza apoyada en una maleta sucia. Miguel estaba sentado en el asiento de al lado, mirando por la ventana con una sonrisa triunfante. El pánico me golpeó como una pared de ladrillos. Me incorporé de golpe, mirando a mi alrededor. Pasajeros con rostros cansados, campos secos pasando a toda velocidad por la ventana. Estábamos lejos, muy lejos de casa.

"¡Despertaste!", dijo Miguel, sin molestarse en ocultar su satisfacción. "Por un momento pensé que Catalina se había pasado con las gotas para dormir".

Las gotas. Catalina. La falsa preocupación, el vaso de agua. No fue un simple plan de Miguel, fue una conspiración. Me habían drogado y secuestrado. La rabia me ahogó.

"¿Dónde están mamá y papá? ¿Qué les hiciste?", grité, mi voz ronca.

"Tranquila, hermanita. Están bien. Catalina les dijo que te sentiste muy mal de repente, que tenías fiebre, y que yo, como el buen hermano que soy, me ofrecí a llevarte al doctor del pueblo vecino mientras ella los entretenía. Para cuando se den cuenta del engaño, estaremos a cientos de kilómetros".

Me levanté, tambaleándome, y corrí por el pasillo del autobús.

"¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Me secuestró! ¡Este no es mi hermano!", grité a los otros pasajeros.

Algunas cabezas se giraron. Una mujer me miró con lástima. Un hombre frunció el ceño. Pero antes de que nadie pudiera reaccionar, Miguel ya estaba a mi lado, sujetándome con fuerza por los hombros. Su rostro se transformó, adoptando una expresión de profunda tristeza y preocupación.

"Perdónenla, por favor", dijo con la voz quebrada, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran. "Mi hermanita no está bien. Está enferma, a veces se le va la cabeza y no reconoce a la gente. La llevo a un especialista que nos recomendaron. Es muy duro, pero es mi deber cuidarla".

Me sacudió suavemente, como si estuviera consolándome.

"Ya, ya, Sofía. Tranquila. Soy yo, Miguel. Todo va a estar bien".

Miré las caras de los pasajeros. La sospecha en sus ojos se desvaneció, reemplazada por compasión, pero dirigida a él. La mujer que me había mirado con lástima ahora asentía con comprensión. El hombre que frunció el ceño desvió la mirada, incómodo. Nadie me creyó. A sus ojos, yo era la niña loca y él era el hermano heroico y abnegado.

Me arrastró de vuelta a nuestro asiento, y yo, derrotada, dejé de luchar. Me empujó contra la ventana y se sentó, bloqueando el pasillo. El autobús siguió su camino, llevándome cada vez más lejos de casa, cada kilómetro un clavo más en el ataúd de mi esperanza. Había subestimado su crueldad y su astucia. Estaba sola, atrapada con mi verdugo, y el mundo entero era cómplice de su mentira. La desesperación era un sabor amargo en mi boca, más potente que cualquier droga que Catalina pudiera haberme dado.

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