Un mes antes...
Había notado que miraba con desaprobación todas las cosas que hacía, especialmente si se trataba de nuestra habitación.
—¿Por qué siempre haces un desastre en el baño? —se quejaba Sebastián.
Me acerqué para ver de qué hablaba, pero no había nada fuera de lo ordinario.
—¿De qué hablas? Todo está en su lugar, cariño.
Él me miró con furia.
—Tus productos de mierda. ¡Recógelos! No puedo afeitarme con tantas cosas —me sentí avergonzada por incomodarlo tanto, me preparé para recogerlos—. No es como si te hiciera más joven, eres una vieja, acéptalo —me gritó la última parte.
Me mordí el labio; teníamos la misma edad. Si yo era una vieja, él también lo era. No quería pelear, no hoy, era el aniversario de nuestro matrimonio y quería que pudiéramos pasarlo de la mejor manera, aunque él me hacía muy difícil tener paciencia.
—Voy a hacer una reserva en nuestro restaurante de siempre —comenté con alegría.
Desde el espejo me lanzó una mirada malhumorada mientras se afeitaba.
—No tengo tiempo.
Su respuesta me dejó sorprendida; él jamás rechazaba una salida con nadie.
—Pero… —traté de expresarme.
—¿No ves que estoy ocupado con mi trabajo? No tengo tiempo de ir a un restaurante.
—¿Y qué pasa? Siempre sacas el tiempo para ir.
—Si estás tan desocupada, ve tú sola. ¿Hasta cuándo vas a seguir con este numerito de recién casada? Somos adultos y tenemos responsabilidades —proclamó girándose para verme con una expresión enojada.
—Yo solo quería pasar tiempo contigo… —pronuncié con voz dulce.
Su expresión pareció suavizarse por un momento, pero no me dijo nada. Para compensarlo, decidí enviar su marca de comida tailandesa a la empresa; me había esforzado para conseguir que fuera la mejor de la ciudad y le envié gran variedad para que pudiera comer a gusto. Nada parecía ser suficiente para él.
—Karen, ¿No tienes gusto? ¿Qué fue lo que enviaste a la empresa? —me cuestionó colérico.
—Envié comida tailandesa, ¿no es tu favorita?
—Estoy harto de esa marca; siempre la piden para todos en la oficina. ¿Estás diciéndome que soy un empleado común? ¿No merezco algo especial? —me cuestionó aún más furioso—. Y mira esta casa, parece un tiradero. ¿Qué haces cuando sales de la oficina? No sé, ni por qué me casé contigo.
Agaché la cabeza y contuve las lágrimas. Ni siquiera notó el vestido nuevo que había comprado para hoy.
—Lo siento, había investigado en internet y vi que era el mejor de la ciudad.
Chasqueó su lengua.
—Haces un pésimo trabajo —su mirada parecía recorrer mi piel, porque mis brazos comenzaron a erizarse— ¿Y qué llevas puesto? Vístete decentemente, eres una mujer casada, no una zorra de la calle, no me hagas pasar vergüenza.
Se sentó en el sofá y encendió la televisión.
—Prepara la maldita cena y la quiero lista en treinta minutos.
Me cambié a ropa de cocina y fui a la cocina para hacer lo que él me pidió. Por momentos como estos, lo odiaba con cada parte de mi ser. A lo largo de los años, había estado haciendo estas cosas que hacían que mi corazón se entristeciera. Parecía solo tener estos estallidos de ira mientras estaba conmigo, porque con cualquier otra persona, era un excelente amigo o jefe.
Tenía una expresión amable y un carácter asertivo que las personas solían adorar. Era muy fácil para él hacer amigos, especialmente en el ambiente comercial, lo que ayudaba mucho a la empresa. Aunque no era perfecto, cuando comenzó, lo hizo prácticamente conmigo. Los errores que cometió hicieron que lo pusieran como gerente general.
Los ejecutivos reprobaban su comportamiento, y su madre era muy crítica con sus acciones. En aquella época, tuve que disculparme, aceptar muchas culpas, así como aprender. Tomé todo lo que ellos ofrecían para hacer el trabajo, hasta el punto que mi esposo venía suplicándome que lo ayudara cuando cometía un error. Fui quien sostuvo su mano y él parecía olvidar sus inicios, porque ahora tenía éxito en el cargo.
Ganaba mucho más que yo, aunque compartíamos los gastos. No dudaba en echarme en cara el hecho de que parecía tener más éxito, la gente parecía perseguirlo a todas partes.
—¿Ya está lista la cena? —gritó desde la sala.
—Aún no —fue mi respuesta.
Escuché el ruido de movimiento. Cuando me acerqué para ver qué pasaba, él parecía listo para irse.
—¿Qué haces? —lo cuestioné secándome las manos.
—Me largo, eres una perra inútil —me respondió abriendo la puerta—. No sirves ni siquiera para cocinar.
En cuanto la puerta se cerró, las lágrimas comenzaron a salir por mis ojos, haciendo que me sintiera completamente vacía. Me culpaba por no haber hecho lo suficiente; quizás él tenía razón, porque estaba dedicándome a hacer más cosas externas y no en la relación. Necesitaba aprender a ser una mejor esposa.
Cuando sentía que todo estaba perdido, el sonido del teléfono llamó mi atención.
—¿Sí? —respondí con un sonido de tristeza.
—¡Oh, querida! ¿Estás bien? Suenas terrible. ¿Estás llorando? —era la voz de mi suegra. Me limpié las lágrimas y mordí mi labio conteniendo las ganas que tenía de decirle la verdad.
—No, no… solamente tengo un terrible resfriado —traté de excusarme.
—Ay, querida, enviaré mi sopa favorita de pollo para ayudarte —su voz me hizo sentir comprendida.
—Beverly, eres muy dulce.
—Eres mi nuera, y te quiero. Sabes que estaré contigo en cualquier situación, solamente tienes que decirme —sus palabras me recordaron el amor que tenía en este matrimonio, ahora solamente cruzábamos por un bache, todos los matrimonios los pasaban.
—Gracias, Beverly, espero que cuando esto se pase podamos pasar tiempo juntas.
—Lo haremos, deben venir este fin de semana. ¿Y mi hijo? ¿Dónde está? —eso me hizo sentir algo nerviosa.
—Ah, él… salió para comprarme algo de comer.
Hubo una breve pausa por parte de ella.
—Debería estar contigo, ese niño, no aprende nada. Por algo existe él envió a domicilio.
No tenía idea de que responderle.
—No seas dura con él, es un buen esposo— trate de excusarlo, sintiendo dolor en mi corazón.
—Cariño, dile que me llame en la semana. Hace mucho no lo hace, parece más como si tu fueras mi hija, mientras que ese bribón, solo me llama cuando hay una crisis en la empresa.
—Lo siento, se encuentra bajo mucha presión, hay mucho trabajo en la empresa.
—Eres un amor, siempre viendo lo bueno de la situación. Mi hijo es afortunado de estar contigo.
Tan sólo si ella supiera la verdad de su hijo.





