Deja Que El Amor Crezca

Cuando Edwin llegó a la sala donde se encontraba Caroline, ya le habían practicado la cesárea. El bebé, una niña, era muy pequeña y delgada. Estaba acostada en su cuna y solo era un poco más grande que una muñeca. La madre, exhausta y abatida, yacía en la cama y parecía como si acabara de ver un fantasma. En cuanto pasó el efecto de la anestesia, la herida empezó a dolerle cada vez más. Cuando vio que Edwin había llegado, esperó que la reconfortara, pero fue en vano. Con gran pesar, se dio cuenta de lo frío que era. Aunque él no la regañó ni le gritó, su cuerpo se estremeció ante su gélida actitud.

Mucho después de dejar el hospital, su salud siguió deteriorándose con gran rapidez. Se lo habría contado a Edwin, pero como no quería molestarlo para que descansara lo suficiente por la noche, dormía sola con la niña mientras él dormía en la habitación de invitados. Esta situación continuó durante tres años. Los bebés prematuros suelen ser enfermizos y necesitar más atención, por lo que tarde o temprano el estrés implicado en su cuidado puede pasar factura a la persona que los cuida. Caroline hizo todo lo posible por atender bien a la niña, pero el desafío que suponía la agotaba físicamente y la debilitó. Su cuerpo, que antes era atlético y esbelto, pronto se transformó adoptando un aspecto flácido e hinchado.

No fue hasta que Edwin fue trasladado a un hospital de la ciudad como médico que Caroline y su hija lo siguieron a la ciudad. El día que se mudaron, Caroline perdió el conocimiento inesperadamente y tuvo que ser ingresada en el hospital. Después de un examen minucioso, los médicos descubrieron que tenía una hipoglucemia grave. Debido a su mala salud, empezó a hablar más despacio. A medida que pasaban los días, su memoria también empezó a fallar. Olvidaba muchas cosas y la única forma en que podía recordarlas era escribiéndolas.

Mientras tanto, las habilidades médicas de Edwin habían conseguido un gran reconocimiento. Gradualmente, sus padres volvieron a aceptarlo en sus vidas. A petición de ellos y también para complacer su propio deseo, reanudó sus estudios. Al final, consiguió matricularse en el doctorado en la Universidad de Medicina de Ciudad A. Aunque esto era muy bueno para su carrera, seguían teniendo dificultades económicas.

Cuando Caroline fue a inscribir a su hija en la guardería, se dio cuenta de que el salario de Edwin en ese momento apenas era suficiente para cuidar solo de él. Por este motivo, empezó a trabajar como limpiadora en la escuela de su hija para poder conseguir algo de dinero. Este era el único trabajo que había realizado en su vida anterior.

Después de su graduación, Edwin empezó a trabajar en el hospital afiliado a la universidad de medicina. Aunque después de esto los ingresos de Edwin aumentaron considerablemente, ella estaba acostumbrada a ser austera. Él le pidió a su padre que ayudara a Caroline a encontrar trabajo, pero como al hombre y a su esposa no les gustaba ella, se negaron a ayudarla. No tenían ninguna intención de decirles a sus amigos que tenían una nuera como Caroline, así que debido a esto ella no consiguió un trabajo mejor.

Más adelante, la madre de Edwin exigió que Caroline tuviera otro hijo para la familia. Seis meses después, volvió a quedarse embarazada. ¡Si hubiera sabido que esto marcaría el comienzo de su tragedia!

Al darse cuenta de que iba a tener otra niña, la madre de Edwin dijo que ya tenían una nieta y que no necesitaban otra. Hasta llegó a enviarle píldoras para que abortara, asegurando que su embarazo era totalmente inútil para ellos. Caroline estaba alarmada por el giro que habían tomado los acontecimientos. Como no sabía a quién más acudir, llamó a Edwin rápidamente para pedirle ayuda. Su marido la escuchó y guardó silencio durante un tiempo antes de dar su opinión. "Bueno, aún somos bastante jóvenes y creo que mi madre tiene sus razones. Si dice que quiere un nieto, obedécela y tómate esa medicina". Ella no tuvo más remedio que ceder ante la presión, y acabó tomándose las pastillas mientras lloraba amargamente.

En los años posteriores tuvo otros cuatro abortos. Como en los tres primeros embarazos esperaba niñas, le obligaron a abortar. Luego, sin saberlo, tuvo un aborto espontáneo y el bebé era un niño. Muchas veces, en presencia de Edwin, su suegra la acusaba de no poder conseguir un trabajo decente. La insultaba y decía que era una parásita que solo quería chuparle la sangre a su hijo. Decía que no era capaz de cuidar de una niña y que enfermaba al menos una vez cada tres días. Ni siquiera era capaz de tener un niño para la familia. ¡Ella no servía para nada! "¡Es totalmente inútil para la familia Han!", había dicho la madre de Edwin. Caroline se sentía profundamente ofendida. Nadie se preocupaba de cómo se sentía, siempre y cuando ellos se salieran con la suya. Le resultó aún más difícil enfrentarse a lo injusta que era su situación cuando oyó la respuesta indiferente de Edwin. "¿Qué ha dicho mi madre que estuviera mal?". Esa era la gota que colmó el vaso, su mundo se vino abajo.

Ella, que había sido una mujer alegre y animada, se deprimió enormemente. Lloraba por las cosas más triviales y pasaba mucho tiempo abatida. Edwin no podía comprender cómo había llegado a ese punto. Por eso, no empatizaba con su sufrimiento y en lugar de preocuparse, empezó a sentir repulsión por ella. Al principio, cuando la veía llorando intentaba consolarla, pero después de un tiempo, empezó a ignorarla y a tratarla con indiferencia. Cuando Caroline se dio cuenta de lo irritado que se ponía él cada vez que la veía llorando, decidió llorar únicamente cuando estaba sola. A menudo cambiaba de actitud y, cuando él estaba cerca, se mostraba más alegre.

Como su esposo no le ofrecía amor, ella centró toda su atención en su hija y se apegó mucho a ella. Desafortunadamente, su hija se parecía más a Edwin. Sin importarle cómo se sintiera Caroline, la niña se mostraba indiferente y la trataba con frialdad. Incluso prefería estar cerca de su padre.

A los treinta y seis años, Caroline finalmente tuvo un hijo varón. Ese día, al salir del quirófano, débil y necesitada de cariño, vio a sus padres alrededor de su cama. Edwin se sentó en el borde de otra cama con su hijo recién nacido en brazos, rodeado por su hija y su madre. En ese momento, la madre de Edwin anunció que quería llevarse a su nieto con ella para criarlo "adecuadamente". Obviamente, la madre de Caroline no estaba de acuerdo y se lo dijo a la cara de la madre de Edwin. Entonces las dos mujeres se enzarzaron en una gran disputa.

La madre de Edwin empezó a decirles cosas ofensivas. "¡Mi nieto no se quedará con una mujer que se acostó con un hombre despreocupadamente y se quedó embarazada antes de casarse! ¡Me preocupa que crezca y se convierta en un gamberro y no llegue a ser nada en la vida! No puedo permitir que eso ocurra".

Cuando oyó esas duras palabras, la madre de Caroline tuvo un ataque al corazón y tuvieron que reanimarla en el hospital. Edwin estaba del lado de Caroline en lo referente a no permitir que su madre se llevara al niño, pero eso no impidió que su mujer acabara odiando a su suegra.

A medida que su hijo crecía, Caroline no mostraba mucho entusiasmo. Era como si hubiera perdido el interés por los aspectos habituales de la vida cotidiana. A veces se quedaba como en trance, ignorando inconscientemente su entorno. Muchas veces se negaba a ayudar a su suegra cuando hacía las tareas del hogar y cuidaba a los niños. Cuanto más se cansaba la mujer, más feliz se sentía Caroline. Pero, en realidad, no tuvo mucho tiempo para ser realmente feliz. Después de que su madre sufriera el infarto en el hospital, su salud también empeoró. Como estaba muy débil tuvieron que hospitalizarla varias veces. En los años siguientes, Caroline no tuvo ningún deseo o esperanza, ni se mostraba decepcionada por todo lo que había ocurrido; simplemente siguió sobreviviendo.

No fue hasta que su madre murió de un infarto cuando finalmente empezó a sentir el sufrimiento que le había deparado la vida. Ella se sentía como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Mientras miraba el cuerpo sin vida de su madre, no pudo reunir fuerzas ni para llorar. 'En realidad, la muerte no es tan mala. Todos morimos al final de todos modos', pensó. Un año después, su padre también murió de depresión. De repente, ella se sintió totalmente sola en el mundo, ya que no quedaba nadie que la quisiera.

Su estado empeoró cuando llegó a la menopausia. Se sentía abrumada por un profundo anhelo de ver a sus padres, así que una tarde fue al cementerio a visitar su tumba, pero se perdió en el camino de vuelta. Como estaba oscureciendo y seguía sin encontrar el camino, llamó a la policía. Enseguida la llevaron al hospital donde trabajaba Edwin, porque era la única dirección que recordaba. Cuando Edwin la vio salir del coche de policía, sus ojos tenían una expresión de desprecio. Ella se quedó atónita al ver su actitud.

Al día siguiente, decidió ir a comprar algo de ropa. Fue una decisión que se le ocurrió de repente. Además, obligó a su hija a pedir permiso en el colegio para que la acompañara al centro comercial. Allí compró ropa de la talla que usaba antes de quedarse embarazada. Cuando se la vistió en casa, Edwin la criticó de forma desconsiderada: "¡Esa ropa es muy fea!". "Bueno, a mí me gusta", respondió ella.

Con el tiempo se habían distanciado e incluso dormían en habitaciones diferentes porque ella padecía insomnio como resultado de la menopausia. Al día siguiente por la mañana, no salió de su habitación a la hora habitual. Cuando Edwin se levantó para prepararse para el trabajo, no había ni rastro de ella. Le resultó extraño porque normalmente se levantaba temprano para prepararle el desayuno. Él la llamó varias veces pero no obtuvo ninguna respuesta. Al instante se dio cuenta de que algo andaba mal. Cuando empujó la puerta de su habitación y la abrió, la encontró acostada en la cama frente a la ventana.

"¿Caroline?", volvió a llamarla, pero ella no se movió. Se acercó y tiró de ella, pero permaneció totalmente inmóvil. Inmediatamente Edwin se dio cuenta de lo que ocurría. Extendió la mano para tocar la arteria en el cuello, pero su piel estaba fría y rígida.

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