Mi sueño siempre fue estudiar en el extranjero, recibir clases de los mejores coreógrafos del mundo. La academia en la que estaba ofrecía un programa de intercambio con una prestigiosa escuela en Rusia, era la oportunidad de mi vida, pero el costo era exorbitante. El fideicomiso de mis padres no era suficiente.
Después de semanas de darle vueltas, tragué mi orgullo y decidí llamarlo. Era la única persona que podía ayudarme. La llamada fue incómoda, su voz sonaba distante al otro lado de la línea.
-Ricardo, hola, soy Sofía.
-Lo sé -respondió secamente-. ¿Qué quieres?
Le expliqué la situación, la beca parcial que había conseguido, el dinero que me faltaba, mi voz temblaba un poco, odiaba tener que pedirle algo.
Su respuesta fue peor de lo que imaginé, una risa fría y cargada de desdén.
-¿Estudiar en el extranjero? Sofía, por favor, sé honesta. ¿Es por Camila, verdad? ¿No soportas verme feliz con alguien más y quieres llamar mi atención?
Me quedé en silencio, completamente paralizada. ¿Camila? No sabía de quién hablaba.
-No sé de qué...
-No te hagas la tonta -me interrumpió-. Camila Soto, mi novia, sé que la has visto en las revistas, no finjas que no sabes quién es. Tu obsesión es enfermiza.
Colgué el teléfono, mis manos temblaban tanto que apenas pude sostenerlo. Abrí mi laptop y busqué el nombre: Camila Soto. Era una modelo famosa, increíblemente hermosa, y las fotos de ella y Ricardo inundaban las noticias de espectáculos. Se veían felices, la pareja perfecta.
El dolor fue agudo, una punzada en el pecho que me robó el aliento. No era solo el rechazo, era la acusación, la forma en que convirtió mi sueño en una patética artimaña por celos.
De repente, los recuerdos me asaltaron, imágenes de un pasado que ahora parecía una mentira. Recordé a Ricardo sentado en primera fila en cada una de mis presentaciones escolares, sus aplausos siempre los más fuertes, recordé las noches en que se quedaba despierto conmigo cuando estaba enferma, leyéndome hasta que me dormía.
Él me había tratado con una ternura y una preferencia que me hicieron sentir especial, única. Me compraba regalos caros sin motivo aparente, elogiaba mi talento para la danza frente a sus amigos, siempre diciendo "Sofía tiene un don, llegará lejos".
Ahora entendía que todo era un espejismo.
Recordé la época justo antes de mi confesión, él se había vuelto más cercano, sus comentarios eran ambiguos, llenos de dobles sentidos que mi corazón adolescente interpretó como una señal. Una vez, mientras veíamos una película, me dijo: "Eres tan parecida a ella, tienes sus mismos ojos".
Nunca dijo a quién, y yo, en mi fantasía, creí que se refería a una mujer que él había amado, y que yo podía llenar ese vacío.
Otra vez, después de una presentación exitosa, me abrazó y susurró en mi oído: "Me haces sentir orgulloso de una forma que no puedo explicar".
Esas palabras, esos gestos, fueron el combustible de mi amor, la razón por la que me atreví a confesar mis sentimientos. Él me había guiado por ese camino, me había hecho creer que había una posibilidad.
Y luego recordé su rechazo, cada palabra grabada en mi memoria con fuego.
-¿Cómo puedes pensar algo así, Sofía? -dijo esa noche, su voz goteando decepción y asco-. Tengo casi el doble de tu edad, soy tu tutor legal, tu tío. Lo que sientes no es amor, es una fantasua infantil y perturbadora.
La vergüenza me quemó por dentro. Me sentí sucia, anormal.
-Pero tú... tú me hiciste creer...
-¿Yo? -se rio sin humor-. Yo solo he sido bueno contigo, te he dado un hogar, te he cuidado, y así es como me pagas, ¿con esta clase de ideas retorcidas? Eres una carga, Sofía, siempre lo has sido desde que tus padres murieron.
Esa fue la palabra final, la que me rompió por completo. "Carga". No era su sobrina, no era una persona, era un peso, una obligación.
-Tu obsesión es un problema -continuó, su voz implacable-. Crees que el mundo gira a tu alrededor, pero solo eres una niña con delirios de grandeza. Olvida estas tonterías, o te arrepentirás.
El recuerdo era tan vívido que sentí el mismo frío helado de esa noche. La acusación de celos por su nueva novia, su negativa a ayudarme, todo encajaba. Él no solo me había rechazado, me había degradado, me había pintado como una loca obsesionada para poder seguir con su vida sin culpa. Y yo le había creído.





