Yvonne se arrastró hasta la puerta principal, con pasos pesados, como si le hubieran drenado hasta la última gota de energía.
Se quitó los zapatos y se quedó parada un momento, sus ojos recorriendo la casa oscura y vacía. Una sonrisa vacía, sin un ápice de calidez, se dibujó en sus labios.
Solo ahora se dio cuenta de lo tonta que había sido. Esta casa siempre había estado sin vida, al igual que el corazón de Julian. Había pasado años cuidando un lugar que en realidad era frío, silencioso, sin sentido. Se había convertido en nada más que un objeto de compasión.
No le sorprendía que él no estuviera en casa. Había pasado el día con Rita, celebrando su embarazo. Lo más probable era que ahora estuviera con ella, disfrutando de esos momentos que solo ellos compartían, soñando con la familia que formarían juntos.
Antes de esa noche, Yvonne solía cocinar una cena completa, preparar la mesa y dejar las luces encendidas, esperando tonta y pacientemente su regreso.
Pero esta vez no lo hizo. Ni siquiera encendió las luces. Caminó descalza hacia la vacía sala de estar, con el cuerpo moviéndose en piloto automático.
Cuando llegó al sofá, una mano salió de las sombras y la jaló contra un pecho firme.
Su grito de sorpresa llenó la habitación justo cuando una lámpara se prendió, bañando el rostro de Julian en una luz suave y dorada. Sus rasgos, perfectos y distantes, parecían esculpidos en piedra.
"Soy yo", susurró, presionando un dedo contra sus labios.
Ella se quedó congelada, sorprendida por la repentina cercanía. Por más que se decía a sí misma que dejara de preocuparse, su corazón la traicionó, palpitando al verlo.
Julian la soltó tan rápido como la había jalado. La breve calidez desapareció, dejándole esa misma indiferencia, mientras su voz se volvía fría, casi reprochante. "¿Dónde has estado todo el día? Intenté llamarte una y otra vez, pero nunca contestaste".
La realidad la golpeó de nuevo. La pregunta era casi absurda. ¿No debería ser ella quien le exigiera dónde había pasado el día?
Quiso gritarle la verdad, pero las palabras nunca salieron de su boca. En su lugar, curvó los labios en una sonrisa débil y firme y respondió: "Sí".
¿Sí? ¿Qué significaba eso? Él estaba a punto de presionar más, pero entonces captó su mirada.
Algo en su calma indiferencia hizo que la irritación desapareciera. Sus palabras salieron más suaves, inciertas. "¿Estás bien? Luces pálida... ¿Estás enferma?".
Yvonne bajó la mirada al suelo, dándose cuenta de que la preocupación que alguna vez había deseado ya no tenía el mismo peso.
El cansancio la oprimía, sin dejar espacio para seguir jugando el papel de la esposa comprensiva. Su voz era débil, casi distante. "Estoy cansada. Necesito descansar".
Se giró hacia las escaleras, pero antes de que pudiera dar más de dos pasos, el brazo de Julian la envolvió y la jaló bruscamente contra él.
Su cuerpo se estremeció por la fuerza y, por instinto, sus manos volaron a proteger su estómago. La rabia ardió con fuerza en su pecho. "¿Qué crees que haces?", espetó.
Él la miró fijamente, frunciendo el ceño. "Estás embarazada, ¿verdad?".
La mujer contuvo el aliento por instinto. ¿Él ya lo sabía? ¿Pero cómo?
Una pregunta salvaje pasó por su mente: si había descubierto su embarazo, ¿la elegiría a ella o seguiría aferrándose a Rita?
"Yo…". La admisión temblaba en sus labios, pero el repentino y estridente sonido de teléfono cortó el momento.
Julian tomó el teléfono y contestó la llamada. Una voz suave y llorosa llegó a través del auricular, temblando de dolor. "Jules, me resbalé en el baño y me duele muchísimo el estómago. ¿Puedes venir? El bebé…".
El rostro del hombre se endureció al instante, y agudizando su tono, respondió con urgencia: "No te muevas. Estoy en camino".
La llamada terminó y, sin dudarlo, apartó a Yvonne dirigiéndose hacia la puerta con pasos largos y decididos.
La visión de Yvonne se nubló por las lágrimas, la punzada cortó profundo. Una súplica de Rita y él podía abandonarla sin mirar atrás.
Una amargura como nunca antes había sentido le subió por la garganta. Por una vez, quería obligarlo a decir la verdad, saber dónde residía su lealtad. ¿Alguna vez estuvo con ella, o siempre había sido de Rita?
Corrió hacia adelante, agarrando su manga con desesperación. Sus labios se abrieron, pero antes de que pudiera rogarle que se quedara, la voz del hombre sonó cortante. "Sea lo que sea, guárdalo para cuando regrese".
La contención de Yvonne se hizo añicos. Su voz temblaba violentamente mientras gritaba: "¿A dónde vas? ¿Quién era esa mujer? Eres mi esposo, Julian. ¿Cómo puedes...?".
Las palabras que quería lanzarle se quedaron atrapadas en su garganta. En ese instante, ella se dio cuenta: quizá se había equivocado desde el principio.
Esos dos meses de cenas habituales y gestos fugaces la habían engañado para que creyera en algo que nunca fue real. Se había permitido soñar con un matrimonio que solo existía en su imaginación, olvidando que Julian nunca le había ofrecido su corazón.
Su matrimonio siempre había sido una transacción, nada más que una ilusión cuidadosamente escenificada.
La mano de él se movió con precisión fría para apartar sus dedos de su manga. Sus ojos, afilados y despiadados, la inmovilizaron como una cuchilla. "Yvonne, deja de engañarte a ti misma. Te lo dije desde el principio: no te quiero. Lo que sea que haga no es asunto tuyo".
La crueldad de su tono le vació el corazón. Su pecho se oprimió dolorosamente ante su franqueza. Ella aflojó el agarre y un sollozo entrecortado se escapó de sus labios mientras susurraba: "Lo siento… fui demasiado lejos…".
Julian se detuvo solo el tiempo suficiente para lanzarle una mirada silenciosa y cortante. Sin otra palabra, se dio la vuelta y salió, la puerta cerrándose tras él con contundencia.
El eco de ese sonido se lo dijo todo. El eco de ese sonido se lo dijo todo: cualquier frágil lazo que hubiera existido entre ellos acababa de romperse.
La escalofriante mirada de Julian se negaba a abandonar sus pensamientos, reproduciéndose como un cruel recordatorio del que no podía escapar.
Se le revolvió el estómago y tropezó hacia el baño, con la mano apretada sobre la boca, hasta que se derrumbó frente al inodoro.
No salió nada más que agua; no había comido casi nada en todo el día y, sin embargo, su cuerpo se convulsionaba como si la castigara aún más.
Los espasmos sacudían su estructura y las lágrimas le nublaban la vista. Con dedos temblorosos, apoyó la palma sobre su vientre plano, una risa rota escapándose entre el dolor. "Pobrecito, no podrías haber elegido un peor momento para llegar. Soy la única en este mundo que te desea".





