Las palabras de mi padre pretendían darle a Damien una lección sobre su lugar y su deber hacia mí. Le estaba diciendo que yo debía ser su mundo, la mujer a la que debía honrar por encima de todas las demás. Recuerdo la sensación de mi pequeña bota sobre su ancho hombro, mientras el corazón me latía con fuerza en el pecho. Fue la primera vez que me di cuenta de que estaba enamorada de él.
Era demasiado joven y enamorada, para ver la vergüenza que se reflejaba en sus ojos. Después de ese día, no volví a pedírselo, pues respetaba demasiado su orgullo. Ahora, veía cómo se arrodillaba voluntariamente, con mucho gusto, por otra mujer: por Eve, mirándola con una ternura que hacía que me dolieran los ojos. Ver eso, se sentía como un profundo e insoportable dolor físico, por lo que me obligué a apartar la mirada.
Pateé a mi poderoso caballo negro, Midnight, el cual estaba castrado y lo puse a galopar. Lo empujé cada vez más rápido, mientras el viento me azotaba la cara, disipando temporalmente la tormenta de mi corazón, pues necesitaba sentirme libre y escapar de la sofocante realidad de mi vida. El establo tenía una desafiante pista de obstáculos, con saltos altos y giros cerrados. Guie a mi caballo hacia él, llevándolo hasta sus límites. Nos acercamos a un oxer alto, Midnight se armó de valor y saltó. En esa fracción de segundo, oí un fuerte crujido; la cincha de la silla se había roto. Salí despedida del caballo y aterricé con fuerza en el implacable suelo, sintiendo un profundo dolor en la pierna. Midnight, asustado y sin jinete, se agitó salvajemente, poniendo sus poderosas pezuñas cerca de mi cabeza. En medio del dolor, busqué a Damien, pero seguía con Eve, de espaldas a mí, completamente ajeno a mi situación. Se suponía que era mi guardián designado durante estas lecciones. Era su único deber oficial; sin embargo, había fracasado porque estaba demasiado ocupado mimándola.
"¡Damien!", grité, con la voz entrecortada por la desesperación y la agonía. Por fin se dio media vuelta, con los ojos desorbitados, y con una velocidad sorprendente, ya estaba a mi lado. Agarró las riendas de Midnight y le dio una orden en voz baja, calmando al instante al frenético animal. Era un maestro domando a las bestias, una habilidad que había aprendido en las calles. Su trabajo era mantenerme a salvo, pero estaba tan concentrado en Eve que casi me matan.
Lo siguiente que supe fue que estaba en una cama de hospital con una pierna rota. Damien, aparentemente atormentado por la culpa, se ofreció a cuidarme. Era un enfermero perfecto, atento y amable, que me traía la comida, me leía y se aseguraba de que nunca sintiera dolor.
Durante unos días, una parte tonta de mí permitió que creciera un poco de esperanza. Quizá sí le importaba; tal vez el accidente le había hecho darse cuenta de algo. Pero entonces veía cómo se le iluminaban los ojos cada vez que Eve lo visitaba, y las sonrisas secretas que compartían cuando pensaban que yo no estaba mirando. Ante eso, mi esperanza se marchitaba.
Se me estaba curando la pierna y una noche, me desperté con la necesidad de ir al baño, pero el yeso me lo impedía, así que cojeé lentamente por el silencioso y estéril pasillo del ala privada del hospital. Fue entonces cuando oí voces procedentes de una pequeña alcoba cercana al puesto de enfermeras; eran Javier y Damien. "Esta vez te excediste; ¿cortarle la correa de la silla? Podría haberse roto el cuello", dijo Javier en voz baja.
En ese momento, sentí un escalofrío, y me apreté contra la pared, con el corazón latiéndome con tanta fuerza que podía escucharlo.
La respuesta de Damien fue aterradoramente tranquila: "No esperaba que el caballo se asustara así. Mis cálculos indicaban que solo sufriría una caída leve, quizá un esguince. Suficiente para asustarla y hacerla más dependiente. Pero esa pierna rota... fue un error".
Él había calculado mi caída. No había sido un accidente, sino un plan.
"¿Así que esta es tu penitencia? ¿Jugar al cuidador devoto?", le preguntó Javier.
"La llevaré a cabo. Entonces todo esto habrá terminado, se pondrá bien y podremos seguir adelante", respondió Damien.
Ante eso, sentí náuseas y una frialdad que se extendía desde el pecho a todo el cuerpo; un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del hospital. Él me había hecho esto a propósito, para "asustarme y controlarme". Me mordí el labio con tanta fuerza que saboreé la sangre, pero no sentí el dolor, pues la agonía en mi corazón era mucho mayor, ocultando todo lo demás. Esto no era solo traición, sino que era monstruoso.





