"Te lo ruego, Iván. Sálvame."
La voz de Luciana, normalmente tan imperiosa, sonaba débil y quebrada a través del teléfono, una súplica desesperada que me llegó hasta los huesos.
Pero no sentí nada.
"Te daré lo que quieras, dinero, propiedades, lo que sea. Por favor, solo sálvame."
Me reí, un sonido seco y sin alegría.
"Luciana," dije con calma, "¿recuerdas lo que me dijiste hace tres años? Cuando me sacaste de la cárcel, arrastrándome como a un perro, para que le diera mi riñón a tu amado Máximo."
Hubo un silencio al otro lado de la línea, solo el sonido de su respiración agitada.
"Me dijiste que era mi expiación," continué, mi voz tan fría como el hielo. "Que era mi deber pagar por haber 'matado' a Máximo en ese yate. Un hombre que, convenientemente, resultó no estar muerto en absoluto."
"Iván, yo…"
"No," la interrumpí. "Déjame refrescarte la memoria. Me dijiste que un don nadie como yo debería estar agradecido por tener la oportunidad de salvar a alguien tan importante como él."
El recuerdo era tan vívido que podía sentir el frío suelo de la sala de visitas de la prisión bajo mis pies. La forma en que me miró, con esa mezcla de desprecio y poder, como si yo fuera un insecto que podía aplastar en cualquier momento.
"Te dije la verdad," mi voz se endureció. "Te dije que ya no tenía dos riñones. Que doné uno en la cárcel para salvar a un compañero a cambio de protección, para sobrevivir en el infierno al que me arrojaste."
"Y tú te reíste," susurré, el dolor de esa humillación todavía fresco. "Te burlaste de mí. Creíste que era una mentira patética para evitar la cirugía. Me arrastraste a ese hospital y me pusiste en la mesa de operaciones."
Morí en esa mesa.
Mi corazón se detuvo, mi cuerpo finalmente cedió bajo la tensión y la pérdida de sangre. Mi última visión fue la de su rostro impaciente, esperando que mi sacrificio redimiera un crimen que nunca cometí.
"Ahora me pides que te salve," dije, volviendo al presente. "La vida tiene un sentido del humor muy retorcido, ¿no crees?"
Colgué el teléfono antes de que pudiera responder.
Miré mi reflejo en la ventana de mi lujoso apartamento en Puerto Madero. El mismo apartamento que una vez compartí con ella.
Todo había vuelto a empezar.
Desperté hace una hora en esta misma cama, con el sonido de un estruendo y un grito ahogado.
"¡Ay, me caí! ¡Iván, creo que me rompí la pierna!"
La voz lastimera de Máximo Trebor resonó desde el pie de la escalera de mármol. El mismo truco. La misma actuación. El primer incidente que ella usó para pintarme como un monstruo celoso y violento.
En mi vida anterior, corrí hacia él, presa del pánico, tratando de ayudar, solo para ser acusado de haberlo empujado.
Esta vez, no me moví.
Me quedé en la cama, escuchando fríamente el drama que se desarrollaba. Escuché sus gemidos exagerados, el sonido de Luciana corriendo escaleras abajo, sus gritos de preocupación.
"¡Máximo! ¿Estás bien? ¡Iván! ¿¡Qué le has hecho!?"
Su acusación llegó puntual, como un guion bien ensayado.
Me levanté lentamente de la cama. La ira que sentí en mi vida pasada, la desesperación, la injusticia… todo se había transformado en una calma glacial.
Ya no era el ingenuo bailarín de tango que creía en sus promesas.
El recuerdo de su rostro en la prisión, frío y despiadado, borró cualquier rastro del amor que una vez sentí. Ella no era la mujer vulnerable que yo había cuidado. Era una depredadora, y yo había sido su presa.
Pero ya no.





