De Ama de Casa A Reina de Arte

La fiebre me quemaba por dentro, pero el frío de la noche de La Rioja se sentía peor, cada ráfaga de viento era un golpe. Llevaba ocho años casada con Máximo Castillo, ocho años en los que dejé los tablaos de Sevilla, mi pasión, mi vida, para apoyarlo.

Lo conocí cuando era un simple vinicultor, luchando por no perder el viñedo de su familia. Yo lo ayudé. No solo cuidé de su madre enferma y crie a nuestro hijo Leo, sino que gestioné las finanzas de la bodega en sus inicios. Y lo más importante, le di el secreto de mi abuela: una fórmula para un vino de postre que nos consiguió el primer gran contrato, el que lo puso en el mapa.

Él nunca lo reconoció. Para el mundo, y para él mismo, su éxito era solo suyo.

Esta noche era la fiesta de la vendimia, el evento más importante del año en la bodega. Pero yo no estaba allí. Estaba buscando a mi hijo. Máximo se lo había llevado de su clase de guitarra sin decirme nada.

Mi teléfono tenía docenas de llamadas perdidas a su número. No contestaba. La ansiedad se mezclaba con el malestar de la fiebre, creando un nudo en mi estómago.

Cuando por fin encontré el camino a la fiesta, el sonido de la música y las risas me golpeó. En el centro de todo, bajo las luces, estaba mi familia. Máximo, con una copa en la mano, sonreía. A su lado, mi hijo Leo, y junto a ellos, mis padres.

Pero no me miraban a mí.

Todos miraban a Sofía, mi prima. La que mis padres adoptaron y siempre prefirieron. La que ahora sostenía una botella de vino, presentándola como su gran idea.

Era el vino de mi abuela. Una variación, pero era mi fórmula.

Mi corazón se detuvo.

El teléfono de Máximo estaba sobre la mesa, a su lado. Vi cómo se iluminaba con mi llamada y cómo él, con una mirada rápida, lo ignoraba para seguir aplaudiendo a Sofía.

El mundo se sentía lejano, como si estuviera viendo una película de la vida de otra persona.

Caminé hacia ellos, mi cuerpo temblaba por la fiebre y la rabia.

"Máximo", mi voz salió ronca, quebrada. "¿Dónde estaba Leo? Te he llamado mil veces".

Él se giró, su sonrisa se borró al verme. Su cara se endureció.

"Lina, ¿qué haces aquí así? Estás montando una escena".

No me preguntó si estaba bien. No le importó mi preocupación.

Mi madre, que ahora prefería que la llamaran señora Salazar, como mi prima, me miró con desaprobación. "Lina, por favor. Es el gran día de Sofía. No lo arruines con tus dramas".

La palabra "drama" me golpeó. Mi búsqueda desesperada, mi miedo, eran un "drama".

Entonces, mi hijo Leo, mi pequeño Leo, me miró con los ojos llenos de lágrimas que no eran suyas.

"Eres mala, mamá", dijo, su vocecita una acusación. "Has hecho llorar a tía Sofía".

Miré a Sofía. Tenía los ojos húmedos, una expresión de víctima perfecta en su rostro. Se aferraba al brazo de Máximo, como si yo fuera una amenaza.

En ese momento, todo se rompió. Los ocho años de sacrificios, de amor no correspondido, de ser invisible, se hicieron añicos.

Era una extraña en mi propia familia. Una intrusa en la vida que yo misma había construido.

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