El aire acondicionado del hospital era helado, pero no tanto como el vacío que sentía en el pecho. Las luces del techo eran demasiado brillantes, lastimaban mis ojos.
Intenté moverme, pero un dolor agudo y punzante en mi rodilla derecha me detuvo en seco, un recordatorio brutal de que todo había terminado. Mi carrera como bailarina, mi sueño, mi vida entera, se había hecho añicos en una sola noche.
Mateo, el hombre que había amado durante cinco años, el coreógrafo que había prometido llevarme a la cima, me dio una copa de champán antes de la función. "Para la buena suerte, mi estrella", dijo con esa sonrisa que antes me derretía.
Confié en él, como siempre. Bebí sin dudar. Minutos después, en el escenario, sentí un mareo abrumador, mis piernas flaquearon y mi rodilla cedió con un chasquido horrible que resonó en mi cabeza más fuerte que la música.
Ahora, en esta cama estéril, la neblina de los sedantes comenzaba a disiparse, pero no lo suficiente. La puerta de la habitación estaba entreabierta, y a través de ella se filtraban voces que no deberían estar juntas. Eran Mateo y Camila. Mi mejor amiga, mi rival.
"¿Estás segura de que nadie sospechará?", susurró Mateo, su voz cargada de una ansiedad que nunca le había escuchado.
La risa de Camila fue baja y cruel. "Claro que no, mi amor. Todos vieron cómo Sofía se desplomó sola. Un trágico accidente. La pobre, tan talentosa y con tan mala suerte".
Sentí que el corazón se me paraba. El frío del aire acondicionado se convirtió en un hielo que me quemaba por dentro.
"Su rodilla está destrozada, Mateo", continuó Camila, con un falso tono de lástima. "Nunca volverá a bailar. El papel principal es mío, por fin. Y tú... tú serás el coreógrafo más famoso de todos, conmigo como tu musa. ¿No es lo que siempre quisimos?".
"Sí, pero... ¿Sofía?", preguntó él, y por un segundo, una estúpida parte de mí tuvo esperanza.
"¿Sofía? Ella ya no importa. Es un obstáculo menos. Ahora podemos estar juntos sin escondernos. Te amo, Mateo".
El sonido de un beso, húmedo y prolongado, fue la confirmación final. La traición era completa, absoluta. Me habían destruido el cuerpo y el alma, y ahora se besaban fuera de mi puerta, celebrando mi ruina. Las lágrimas quemaban mis ojos, pero me negué a dejarlas salir. No les daría esa satisfacción.
Poco después, la puerta se abrió por completo y Mateo entró, su rostro era una máscara de preocupación. Se acercó a la cama, tomó mi mano. Su tacto, que antes me daba seguridad, ahora me producía náuseas.
"Mi amor, despertaste", dijo, su voz suave y llena de una ternura fingida que me revolvió el estómago. "¿Cómo te sientes? El doctor dijo que la operación fue... complicada. Pero no te preocupes, estaré aquí para ti, siempre".
Lo miré, viendo por primera vez al monstruo que se escondía detrás de esa cara bonita. Cada palabra era una mentira. Cada caricia, un insulto. Quería gritarle, abofetearlo, exponer su farsa, pero una frialdad calculadora se apoderó de mí. El dolor se transformó en una ira gélida.
De repente, su teléfono sonó. Vio la pantalla y su expresión cambió. Era ella.
"Tengo que contestar, es importante del teatro", mintió descaradamente. Se alejó unos pasos. "¿Qué pasa, Cami? ¿Estás bien?... ¿Te sientes mal? Tranquila, voy para allá ahora mismo".
Colgó y se volvió hacia mí, su falsa preocupación apenas disimulaba su prisa. "Lo siento, mi vida. Camila se siente muy abrumada por lo que te pasó, está teniendo un ataque de pánico. Tengo que ir a calmarla. Volveré en cuanto pueda, te lo prometo".
Ni siquiera esperó una respuesta. Salió corriendo de la habitación, dejándome sola con el eco de sus mentiras y el dolor insoportable de mi rodilla. Unos minutos después, escuché a dos enfermeras hablando en el pasillo.
"Pobre la chica de la 203", dijo una. "Su novio no se ha despegado de la otra bailarina, la tal Camila. Dicen que ella está devastada por su amiga, pero no parece".
La otra enfermera resopló. "Devastada, claro. La vi sonriendo cuando pensó que nadie la miraba. Y él la trata como si fuera de porcelana. A esta no la viene a ver ni por error".
Cada palabra era una puñalada. El corazón, que pensé que ya no podía romperse más, se hizo mil pedazos. La desesperación amenazó con ahogarme, pero entonces, en medio de la oscuridad, surgió una idea. Una locura. Una última y desesperada jugada.
Con un esfuerzo sobrehumano, me estiré hasta alcanzar mi bolso en la mesita de noche. Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban de rabia y dolor. Busqué un número en mis contactos, uno que había guardado hace mucho tiempo por si acaso.
Un hombre que siempre me había mirado con una intensidad que me asustaba y me intrigaba. Un empresario poderoso que una vez, en una fiesta, me había dicho que haría cualquier cosa por mí.
Alejandro.
Marqué su número, el corazón me latía con fuerza contra las costillas. Contestó al segundo tono, su voz profunda y tranquila.
"¿Sofía?".
Tragué saliva, reuniendo todo el coraje que me quedaba. "Alejandro, soy yo. Necesito hacerte una pregunta".
Hubo un silencio al otro lado de la línea, expectante.
Respiré hondo, mi voz salió firme, sin un atisbo de duda. "Tu propuesta de matrimonio... ¿sigue en pie?".





