Cuarenta problemas

Me niego a aceptarlo. De entre todas las personas que viven en Estados Unidos, es mi padre el que ha efectuado un pacto con el señor Bowman. No ha podido ser otra celebridad u otro empresario que dirige una multinacional. No, ha sido Dimitri Ivanov. Arrastro tanto los pies como la cola del vestido por las escaleras, sintiéndome demasiado exhausta pese al poco trabajo que he realizado esta noche. Leopold acaba de dejarme en la puerta de mi casa, y solo se ha marchado tras asegurarse de que no había nadie merodeando en el jardín o espiando la vivienda mientras se oculta en su vehículo. Sé que después de descubrir ese peligro al que me he expuesto, mi compañero no dejará de controlarme, como si fuese un bebé recién nacido que precisa de toda protección. Me quito la cremallera del vestido, lo dejo caer a mis pies y salgo de él con parsimonia. Me duele la cabeza. Las punzadas se asientan en mis sienes y cruzan el resto de mi cráneo, suscitando mis deseos de darme un golpe con la pared para comprobar si, de este modo, dejaré de tener molestias. Por fortuna, se impone la escasa cordura que conservo e impide que haga realidad mis pensamientos.

Estoy enfadada con mi padre por ser tan imprudente. Pero también estoy airada con Leopold.

Aunque sea mi superior, no tiene ningún derecho a introducirme en el programa de la asociación, el mismo que protege a mis clientes. Uno en el que, por cierto, he trabajado y dedicado gran parte de mis horas libres, para perfeccionarlo. La puerta del cuarto de baño está abierta y veo, desde mi inmóvil posición en el dormitorio, la bañera vacía. Mi cabello apesta a una extraña mezcla de tabaco, puros y alcohol. Ya sabes, tiene ese aroma propio de una fiesta; el que solo desaparece cuando lo enjabonas dos o tres veces con un champú cuya fragancia a frambuesa se olería a un kilómetro de distancia. A pesar de que sienta la necesidad de sumergirme en el agua cálida —también perfumada gracias a la liviana capa de pétalos de rosas— en la que arrugarme como una pasa, mi cansancio es superior a mis otros anhelos. He madrugado mucho. Si mal no recuerdo, me he despertado a las seis de la mañana, adelantándome al propio sol, e inmediatamente he realizado mi paseo matutino por la manzana. Descubrir la aplastante alianza de mi padre con Harold también me ha arrebatado el último ápice de energía que me quedaba, por lo que me apresuro a introducir las piernas en los pantalones de pijama, a quitarme el sujetador y a sustituir la desnudez de mi pecho por una delgada camiseta de seda.

A veces desearía no tener esta profesión. Solo a veces, por supuesto, puesto que con tan solo imaginar mi futuro atrapada entre las paredes de la industria familiar me entran ánimos de suplicarle a mi superior que me asigne más casos de los que ocuparme. Me tumbo en mi amplia cama, me hundo en la almohada y cierro los ojos. Espero no tener pesadillas, porque necesitaré todas mis energías para afrontar los problemas de mañana. Antes de que el sueño me arrastre lejos, consigo extender una mano para apagar la luz.

Y, en cuanto la oscuridad me engulle, dejo que mi cansancio se declare vencedor.

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