El olor a desinfectante y el frío de la tumba todavía se sentían en mis huesos, un recuerdo helado de mi muerte. Pero cuando abrí los ojos, no vi la oscuridad, sino la brillante luz del sol de la tarde entrando por una ventana que conocía muy bien. Estaba de vuelta en 2023, en la casa de mi madre, el lugar donde empezó mi pesadilla. El sonido de las risas de mi hermana Isabella y mi esposo Marco Antonio llegaba desde la sala. Un escalofrío me recorrió la espalda. En mi vida pasada, morí sola y abandonada, solo para que ellos dos se casaran y se quedaran con todo lo que era mío. Esta vez, las cosas serían diferentes.
Entré a la que solía ser mi habitación y encontré un desorden de cajas y ropa que no era mía. Eran las cosas de Isabella. Empecé a mover una de las cajas para hacer espacio en la cama, pero la voz de mi madre me detuvo en seco.
"¡Sofía! ¿Qué estás haciendo?", gritó mi madre, Sra. Ramos, desde la puerta. Su cara estaba tensa, con esa expresión de desaprobación que yo conocía tan bien.
"Mamá, solo estoy haciendo un poco de espacio para dormir. Son solo un par de días", respondí, tratando de mantener la calma.
"Esta ya no es tu habitación", dijo con dureza. "Le di este espacio a tu hermana. Tú tienes tu propia casa con Marco, ¿por qué no te vas para allá?".
Isabella apareció detrás de ella, con una expresión de falsa inocencia. "Hermana, no te enojes. Mamá solo pensó que no te importaría. Como casi nunca vienes, pensé que podía usar el espacio para guardar mis cosas nuevas".
Mi esposo, Marco Antonio García, se acercó y puso una mano en mi hombro. Su toque, que antes me daba seguridad, ahora se sentía como una jaula. "Sofía, mi amor, no te alteres. Tu mamá tiene razón. Además, la casa de tu mamá es pequeña, no hay por qué pelear por un cuarto".
Miré a Marco, el hombre al que había amado con todo mi ser. En mi vida anterior, él siempre defendía a Isabella. Él le consiguió un trabajo en su empresa, la llevaba de compras, la escuchaba más que a mí. Ahora, al verlos a los tres juntos, entendí que su traición no fue algo repentino, había estado creciendo lentamente, justo frente a mis ojos.
"Marco, esta era mi habitación. Solo necesito un lugar donde quedarme esta noche", insistí, mi voz temblaba un poco por la ira contenida.
"Ay, hermanita, no seas tan dramática", dijo Isabella, abrazando el brazo de nuestra madre. "Si quieres, puedo sacar un par de cosas, pero la verdad es que no tengo dónde ponerlas. Marco ha sido tan bueno conmigo, me compró tantas cosas que ya no quepo en mi propio cuarto".
Sonrió, una sonrisa triunfante dirigida directamente a mí. Mi madre la miró con orgullo. "Ves, Sofía. Tu hermana es muy considerada. Deberías aprender de ella. Siempre estás causando problemas".
La cena de esa noche fue una tortura. Me senté a la mesa mientras mi madre no paraba de servirle comida a Marco y a Isabella, ignorándome casi por completo. Hablaban de un viaje de negocios al que Marco iba a llevar a Isabella, de lo inteligente y talentosa que era ella, y de cómo seguramente conseguiría un ascenso pronto.
"Sofía, deberías apoyar más a tu hermana", dijo mi madre, mirándome por primera vez en toda la noche. "En lugar de estar de amargada, deberías alegrarte por su éxito. Una mujer casada como tú debería ser más generosa".
No pude más. La ira que había estado guardando explotó. "Generosa, ¿cómo? ¿Dándole mi cuarto, mi esposo, mi vida entera?", dije en voz alta, mi voz resonando en el silencio repentino.
Isabella soltó un pequeño grito ahogado y se escondió detrás de Marco. "Hermana, ¿por qué dices eso? Yo nunca te haría algo así".
Marco me miró con el ceño fruncido, su expresión era fría y decepcionada. "Sofía, ya basta. Le estás faltando el respeto a tu madre y a tu hermana. Pide una disculpa ahora mismo".
"¿Disculparme por decir la verdad?", repliqué, poniéndome de pie. Sentí que las lágrimas querían salir, pero las contuve. No les daría esa satisfacción. "No tengo nada por lo que disculparme".
Marco se levantó también, su rostro era una máscara de furia. "No sé qué te pasa últimamente, pero no voy a tolerar esta actitud. Nos vamos a casa".
Me agarró del brazo, pero me solté. "No. Vete tú. Yo me quedo aquí".
Salimos de la casa de mi madre y la discusión continuó en el coche. Marco no entendía por qué estaba tan molesta. Para él, yo era la que estaba equivocada, la que era egoísta y celosa.
"Siempre has sido así con Isabella", me gritó. "Nunca has podido soportar que le vaya bien. Ella es tu hermana, deberías estar feliz por ella".
"Ella no es el problema, Marco. El problema eres tú. El problema es que tú siempre la pones a ella primero", respondí, mi voz finalmente quebrándose. "Desde que nos casamos, siempre ha sido Isabella, Isabella, Isabella".
Él suspiró, un sonido de pura frustración. "Eres imposible. No se puede hablar contigo cuando te pones así".
En ese momento, lo vi con total claridad. No había amor en sus ojos, solo fastidio. Para él, yo era una carga, un obstáculo para su felicidad con mi hermana. Recordé algo que había descubierto en mi vida anterior, justo antes de morir: Marco tenía los papeles del divorcio listos desde el primer año de nuestro matrimonio. Nunca tuvo la intención de quedarse conmigo. Solo me estaba usando.
Ese pensamiento me dio una fuerza helada. Ya no había dolor, solo una determinación fría. "Tienes razón", dije con una calma que lo sorprendió. "No se puede hablar conmigo. Para el coche".
"¿Qué?", preguntó confundido.
"Dije que pares el coche. Me bajo aquí".
Él se detuvo en la orilla de la calle. Sin decir una palabra más, abrí la puerta y salí. Caminé por la acera oscura sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. El aire de la noche era frío, pero por dentro, yo sentía un fuego que comenzaba a arder.
Al día siguiente, los chismes ya habían comenzado a esparcirse por el vecindario. Las vecinas chismosas, amigas de mi madre, me miraban con desaprobación cuando salí a la calle. Murmuraban entre ellas, diciendo que yo era una mala esposa y una mala hija, que no valoraba a mi familia.
"Pobre Sra. Ramos, tener una hija tan malagradecida", escuché decir a una de ellas.
"Y el pobre Marco, tan buen hombre. No se merece una esposa así", añadió otra.
Ignoré sus palabras y seguí caminando. Sabía que Marco no haría nada para defenderme. Como siempre, él estaría ausente en los momentos en que más lo necesitaba, probablemente consolando a Isabella por mi "terrible" comportamiento. Pero ya no importaba. Esta vez, no iba a esperar a que me destruyeran. Iba a luchar.





