Cuando la noche cae

Desde muy pequeña me enseñaron a que debo ayudar a todo aquel que lo necesite y que debo hacer todo lo que esté a mi alcance para ayudar a los enfermos. Adoro ayudar a las personas, por eso quiero seguir con mis estudios de medicina, pero si no hago mis votos me tendré que ir del convento y eso implicaría dejar mis estudios, pero si hago los votos… podría seguir estudiando, pero me cierro a toda posibilidad de cumplir mi sueño de ser enfermera, madre y esposa.

El doctor Durad me ha asignado el área de emergencias; ahora que lo pienso, él siempre me asigna esté zona y no entiendo porque, lo bueno es que he hecho amistades e incluso me llevo bien con el Doctor Durad, ya que está casi siempre en esta área. Llego al ala en donde me toca hacer parte de mi servicio y me pongo a ayudar a las personas como siempre, cambio vendajes, sano heridas y costuro algunas. Al no tener vendas, me encamino al almacén para buscar más.

—Anne… como siempre, estas dispuestas a ayudar a todos.

Me detengo en seco al oír la voz del señor Alphonse, mi corazón se agita al igual que mis pensamientos, una extraña sensación va creciendo dentro de mí y no entiendo que ocurre conmigo, porque siempre que el señor Alphonse está cerca de mí, me pongo de esta forma, mis pobres nervios están a flor de piel, pareciera que cualquier ruidito me podría asustar.

Alphonse es un ministro bastante serio, todas las veces que le he visto está fumando un cigarro. Me giro sobre mis talones y volteo a verlo, su ojo negro se clava sobre mí con intensidad; siempre he sentido curiosidad por saber cómo perdió su ojo izquierdo. Pasa una de sus manos por su cabello negro azabache, luego con la otra quita el cigarro de sus labios, a pesar de haberse despeinado un poco, su coleta sigue intacta.

—Señor Alphonse… le recuerdo que no puede fumar aquí adentro— Le reprocho suavemente, como siempre lo he hecho.

Extiendo mi mano hacia él, pidiéndole el cigarro, antes de entregármelo, le da una última calada al cigarro y luego veo como saca el humo por la nariz; me sorprende lo hábil que es para eso y sé que no debería impresionarme, puesto que lleva tiempo fumando, aun así, me gusta verlo, incluso ha hecho formas con el humo. Una vez que está satisfecho con su última calada, me entrega el cigarro, pero noto como frunce suavemente el ceño.

—Me disculpo… olvido por completo que no debo hacerlo, es una costumbre bastante arraigada y creeme Anne, estoy tratando de dejarlo.

—Entiendo señor Alphonse, me alegra saber que está tratando de dejar este mal hábito, pero solo le pido que dentro del hospital se abstenga de sacar su caja de cigarrillos, pero conociéndolo, veo muy difícil que pueda dejar de fumar en un futuro cercano.

Arquea su ceja derecha al escuchar mi pequeña risita, para luego acomodarse el saco, parece que se ha indignado por mis palabras, pero es la verdad, el ministro Roux está muy apegado a su tabaco y no le culpo, su trabajo debe de ser muy laborioso y difícil. Tener que mantener segura la ciudad de París no es tarea fácil. Igual que él, arqueo levemente mi ceja derecha mientras apago el cigarro en un cenicero que tenemos ahí cerca; según el director de la clínica, al poner ceniceros dentro del hospital quiere incitar a las personas a no fumar dentro de las instalaciones, pero creo que está causando el efecto contrario.

—¿Necesita algo, señor Alphonse?

—Sí, quería que me revisaras una herida que tengo en la espalda— Contesta con total normalidad.

No pude evitar sorprenderme por lo tranquilo que está y más por lo despreocupado de su voz, solté un leve resoplo y no pude evitar regañarlo, otra vez. Le repito el sermón de siempre, que debe tener cuidado y que tiene que empezar a bajar el riesgo en su vida, él asiente suavemente con la cabeza y como siempre, se disculpa por lo descuidado que es, pero son cosas que pasan ¿A diario? lo dudo mucho, pero tampoco conozco el estilo de vida del señor Alphonse, supongo que tiene algo que ver con bajar el estrés del trabajo, he leído que algunas personas usan actividades extremas para aliviar sus malestares y parece ser que este es el caso.

—Vaya al cuarto de siempre, iré por mis cosas.

—Gracias, Anne— Contestó con suavidad y ligereza.

Sin mediar más palabras, veo como el ministro se aleja por el pasillo, volviendo a sacar otro cigarro y se pone a fumar, puse los ojos en blanco y retomé mi camino, todavía tengo que ir a buscar las vendas y gazas, de paso, busco antisépticos y otras cosas. Una vez que tengo mis cosas entre mis manos, me dirijo hacia donde siempre atiendo al señor Alphonse. Por petición de él, me pide atenderlo en una habitación aparte.

Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza, él se encuentra sentado en un banco de madera con el torso descubierto, tiene sus codos apoyados sobre sus piernas y con sus manos sostiene su cabeza con firmeza, entre sus dedos puedo ver que tiene un rosario de plata.

Al ver al ministro en esa posición, recuerdo que había escuchado entre las hermanas que su familia y él son muy devotos a Dios, van todos los días a misa, al menos él junto con su señora madre y hermana, pero su padre.... parece que el señor Roux se mantiene alejado de todos desde su enfermedad, es una pena.

Sin hacer mucho ruido, entro a la habitación y dejo mi pequeña maleta sobre una mesa, puedo notar que él me mira de reojo por unos instantes para luego cerrar el ojo y seguir con su oración. De la maleta saco un pequeño bote de alcohol, gasas, vendas, aguja e hilo, todo lo voy poniendo sobre una charola de metal, luego la llevo a otra mesa que está cerca de él.

—Veamos que tiene en esta ocasión señor Alphonse— Un suspiro de pesadez se me escapa al final.

Abro los ojos de par en par al ver que tiene una herida bastante profunda en la espalda, parece que lo han apuñalado, apoyo con suavidad las yemas de mis dedos por los bordes de la herida y veo algo incrustado dentro, jalo un poco de su piel para ver mejor, pero al escuchar que ha soltado un pequeño gruñido, dedico dejarlo de momento.

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