Esa noche, fingí estudiar el tema que Máximo me había dado.
Me senté en mi escritorio, con los apuntes esparcidos, mientras mi hermano y Roy entraban y salían de mi habitación, trayéndome café y bocadillos, observando cada uno de mis movimientos con una falsa preocupación.
"No te esfuerces demasiado, Lina. Ya eres la mejor", decía Máximo.
"Sí, descansa un poco. Scarlett nos ha dicho que está muy impresionada con tu talento", añadía Roy.
Scarlett.
Siempre Scarlett.
La hija del diplomático, la chica perfecta, la que les había robado el juicio a los dos hombres que yo más quería.
Les sonreí y asentí, como la hermana y amiga obediente que siempre había sido.
Pero en cuanto se fueron, mi sonrisa desapareció.
Abrí mi portátil y entré en el blog de literatura de Scarlett, "Letras de Seda".
Era un blog muy popular, donde ella publicaba reseñas y análisis con un estilo pretencioso y supuestamente sofisticado.
Y allí estaba.
Una nueva entrada publicada hacía apenas una hora.
El título era: "Un análisis preliminar: El eco de las voces olvidadas en el Siglo de Oro".
Leí el texto. Las ideas, la estructura, incluso algunas frases, eran un calco de los borradores que yo había dejado a la vista sobre mi escritorio.
No había duda.
Me estaban espiando.
La confirmación me golpeó con fuerza, pero no con sorpresa. Era la misma estrategia de mi vida pasada.
Me robaban las ideas poco a poco, construyendo su coartada para el día del examen.
Cerré el portátil. La rabia era una brasa ardiente en mi pecho, pero mi mente estaba fría y clara.
Ya no era la víctima indefensa.
Ahora conocía sus movimientos, sus intenciones. Y tenía una semana para preparar mi contraataque.
Decidí tenderles una trampa.
Al día siguiente, les anuncié a todos mi plan.
"Me voy a la casa rural de la abuela en la montaña. Necesito silencio absoluto para concentrarme, sin teléfono, sin distracciones".
Mi madre me apoyó de inmediato.
"Claro que sí, hija. Te prepararé comida para toda la semana".
Máximo y Roy intercambiaron una mirada rápida, casi imperceptible.
"Es una gran idea, Lina", dijo Máximo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Pero es un poco peligroso que vayas sola. ¿Por qué no te acompañamos?".
"No, de verdad. Necesito estar sola", insistí. "Además, ¿qué podría pasarme en el pueblo de la abuela?".
Roy me puso una mano en el hombro.
"Tiene razón. Pero por si acaso, llévate esto".
Me entregó un llavero. Era un pequeño oso de peluche, aparentemente inofensivo.
"Es un amuleto de la suerte. Te protegerá".
Lo cogí, sintiendo el plástico duro bajo el suave peluche.
"Gracias, Roy. Lo llevaré siempre conmigo".
Lo que no sabía era que yo ya sabía lo que era en realidad.
Un micro rastreador GPS.
El mismo que usaron en mi vida anterior para seguirme y asegurarse de que no cambiara de planes.
La trampa no era para mí.
Era para ellos.
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