Cuando El Muerto Habla

De día, mi vida apestaba a cloro y a sudor, me la pasaba de rodillas, tallando pisos ajenos con un cepillo hasta que mis manos quedaban en carne viva.

Pero de noche, mi mundo olía a incienso, a flores de cempasúchil y a secretos, era Ximena, la maestra de ritos funerarios modernos, la que ayudaba a las almas a encontrar su camino y a las familias a cerrar sus heridas.

Mi trabajo era simple: dar paz a los que se iban y consuelo a los que se quedaban, un servicio muy bien pagado, por cierto.

Mi plan era juntar suficiente dinero para retirarme joven, comprar una casita en la playa y no volver a limpiar un baño en mi vida.

Estaba a punto de lograrlo, solo un gran trabajo más y sería libre.

Justo cuando pensaba en eso, mi celular, un viejo modelo que solo usaba para mis clientes nocturnos, vibró en mi bolsillo.

Era un número desconocido.

"¿Bueno?" contesté, con mi voz profesional, esa que no delataba que hace cinco minutos estaba luchando con una mancha de grasa en una cocina.

"¿Hablo con Ximena?" la voz del otro lado era grave, autoritaria, de esas que no están acostumbradas a que les digan que no.

"Ella habla", confirmé, mi corazón empezó a latir un poco más rápido.

"Necesito sus servicios, es un asunto de suma urgencia y confidencialidad", dijo el hombre, "El pago no será un problema".

La palabra "pago" siempre era música para mis oídos, pero la urgencia en su voz me puso en alerta.

"¿Qué tan urgente?" pregunté, mientras guardaba mis trapos y químicos de limpieza en una cubeta.

"Tan urgente que un auto la estará esperando en su puerta en veinte minutos", respondió él, "Le ofrezco quinientos mil pesos por una noche de trabajo".

Medio millón de pesos.

Casi se me cae el teléfono.

Con esa cantidad, no solo compraba mi casita en la playa, podía comprar la playa entera.

Mi retiro estaba llamando a mi puerta.

"Acepto", dije sin dudarlo, la codicia superando por un momento mi instinto de precaución.

Pero entonces, el hombre añadió algo que me heló la sangre.

"Hay una condición especial", su voz se volvió más sombría, "Mi hijo acaba de fallecer, era mi único heredero, necesito que usted, con sus... artes, se asegure de que su linaje no muera con él, necesitamos asegurar un heredero".

Me quedé en silencio, procesando la absurda y macabra petición.

¿Asegurar un heredero de un muerto?

Esto iba más allá de mis servicios habituales de guiar almas, era algo oscuro, algo que rozaba lo prohibido.

"Señor", empecé a decir, mi profesionalismo regresando de golpe, "Mis servicios son para dar paz al difunto, no para realizar... experimentos biológicos post mortem".

El hombre soltó una risa seca y sin humor.

"No sea ingenua, señorita Ximena, sé perfectamente lo que hace y lo que es capaz de hacer, he investigado sobre usted, su abuela era una leyenda en este campo y usted heredó su don", su voz era un cuchillo afilado, "Medio millón es la oferta inicial, pero si el trabajo requiere más... complejidad, estoy dispuesto a duplicarla".

Un millón de pesos.

La cifra bailaba frente a mis ojos.

Mi cerebro, pragmático y ambicioso, hizo los cálculos. El riesgo era altísimo, la petición era grotesca, pero la recompensa era la libertad absoluta.

"Un millón y medio", solté, probando los límites, "Y necesito el cincuenta por ciento por adelantado, transferido a mi cuenta antes de que suba a ese auto".

Hubo un silencio tenso en la línea.

Podía oír su respiración pesada.

"Hecho", dijo finalmente, "El dinero estará en su cuenta en cinco minutos, mi nombre es Velasco, Horacio Velasco, pregunte por mí cuando llegue".

Velasco.

El nombre me sonó, era el apellido de una de las familias más ricas y poderosas del país, dueños de un imperio empresarial que abarcaba desde la construcción hasta las telecomunicaciones.

La prensa siempre hablaba de ellos, de su fortuna, de sus escándalos, de su poder.

Y ahora, el patriarca de esa familia me estaba contratando para una tarea que sonaba a sacada de una película de terror.

Justo como lo prometió, cinco minutos después, mi celular vibró con la notificación de una transferencia por setecientos cincuenta mil pesos.

Miré la cifra en la pantalla y tragué saliva.

No había marcha atrás.

Veinte minutos después, un sedán negro, lujoso y con los vidrios polarizados, se detuvo frente a mi modesto edificio de apartamentos.

El chofer, un hombre corpulento con traje y cara de pocos amigos, me abrió la puerta sin decir una palabra.

El viaje fue en silencio, atravesando la ciudad hacia la zona más exclusiva, donde las casas no eran casas, sino fortalezas amuralladas.

Finalmente, el auto se detuvo frente a un portón de hierro forjado de al menos cinco metros de altura.

El nombre "Velasco" estaba grabado en una placa de bronce.

El portón se abrió lentamente, revelando un camino que serpenteaba a través de un jardín perfectamente cuidado pero extrañamente silencioso.

La mansión era una mole de mármol y cristal, imponente y fría, parecía más un mausoleo que un hogar.

Al bajar del auto, sentí un escalofrío recorrer mi espalda, y no era por el aire de la noche.

La puerta principal se abrió y un hombre mayor, de cabello plateado y traje impecable, me esperaba en el umbral, su rostro estaba marcado por el dolor, pero sus ojos, fríos y calculadores, me analizaron de arriba a abajo.

Era Horacio Velasco.

Junto a él, una mujer elegantemente vestida lloraba en un pañuelo de seda, su cuerpo temblaba, debía ser la Sra. Velasco, la madre.

"Señorita Ximena", dijo el Sr. Velasco, su voz era la misma de la llamada, "Gracias por venir tan rápido".

"Lamento su pérdida", dije, mi frase de cajón para estas situaciones.

La Sra. Velasco levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados me miraron con una súplica desesperada.

"Por favor", sollozó, "Ayude a mi hijo, es lo único que nos queda de él".

Su dolor parecía genuino, y por un momento, sentí una punzada de compasión.

Pero entonces, el Sr. Velasco me tomó del brazo, su agarre era firme, casi doloroso.

"El tiempo apremia", dijo en voz baja, guiándome hacia el interior, "El cuerpo se enfría, y tenemos que actuar ya".

Mientras caminábamos por un pasillo que parecía interminable, decorado con arte carísimo y muebles antiguos, el Sr. Velasco se detuvo.

"La petición es inusual, lo sé, y el riesgo es alto", me miró fijamente, "Por eso, he decidido aumentar la oferta a dos millones, el resto se le pagará al completar el trabajo".

Dos millones.

Mi corazón dio un vuelco.

Pero antes de que pudiera responder, mis ojos se posaron en una fotografía enmarcada en plata sobre una mesita.

Era un retrato familiar, el Sr. y la Sra. Velasco, y en medio de ellos, un joven sonriente, de cabello oscuro y ojos vivaces.

Sentí que el aire me faltaba.

Conocía esa sonrisa.

Conocía esos ojos.

El "difunto" hijo de la familia Velasco, el heredero por el que me pagarían una fortuna para profanar su cuerpo... era Mateo.

Mi Mateo.

El chico del que me enamoré perdidamente hace dos años, el que desapareció de mi vida sin dejar rastro, rompiéndome el corazón en mil pedazos.

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