Cuando el Amor Se Vuelve Miedo

Después de la paliza por el agua derramada, esperé a que la noche cayera y la casa quedara en silencio. Con el cuerpo adolorido, me escapé por la ventana de mi pequeño cuarto y corrí.

Corrí hasta la casa de mis abuelos, que vivían a unas diez cuadras.

Toqué la puerta con desesperación. Mi abuela, una mujer dulce de cabello blanco, abrió la puerta y su rostro se transformó al verme.

"¡Elena, mi'jita! ¿Qué te pasó?"

Me abrazó y yo me rompí. Lloré como no había llorado en años, soltando todo el dolor y la confusión. Mi abuelo salió, y su cara bonachona se endureció al ver mis moretones.

"Fue Carmen, ¿verdad? Esa mujer está loca. Esto no puede seguir así."

Por primera vez en mucho tiempo, sentí una pequeña chispa de esperanza. Me sentaron en su sofá, me trajeron un té de manzanilla y me prometieron que hablarían con ella, que me protegerían.

Pero la esperanza duró poco.

Apenas una hora después, el coche de mi madre se estacionó bruscamente frente a la casa. Entró sin tocar.

Mis abuelos se pusieron de pie, listos para enfrentarla.

"Carmen, ya fue suficiente. Mira cómo tienes a la niña," dijo mi abuelo, con voz firme.

Mi madre no discutió. No levantó la voz. Simplemente sacó su celular del bolsillo.

Su rostro era una máscara de frialdad. Desbloqueó el teléfono, buscó algo en su galería y se lo mostró a mis abuelos.

Se los puso justo enfrente.

Yo no podía ver la pantalla, solo el brillo del teléfono reflejado en sus caras.

La transformación fue instantánea y aterradora.

La cara de mi abuela pasó de la preocupación a la incredulidad, y luego al horror más absoluto. Se llevó una mano a la boca, ahogando un grito.

Mi abuelo, el hombre que me había prometido protección, palideció. Sus ojos se abrieron como platos y retrocedió un paso, como si el teléfono le hubiera dado una descarga eléctrica.

Apartó la mirada del celular y me miró.

Pero ya no era la mirada de mi abuelo. Era la misma mirada que veía en los ojos de mi madre. Una mezcla de asco, miedo y odio.

"Sácala de aquí, Carmen," dijo mi abuelo, con la voz temblorosa. "No la quiero en mi casa."

Mi abuela, que seguía temblando, asintió con la cabeza.

"Que Dios nos perdone," susurró. Luego se dirigió a mi madre. "Haz lo que tengas que hacer. Termina con esto. Por el bien de todos."

Mi cerebro no podía procesar lo que estaba pasando. ¿Terminar con qué?

Mi madre guardó su celular, me tomó del brazo con una fuerza brutal y me arrastró hacia la puerta.

"¡Abuelo! ¡Abuela! ¿Qué vieron? ¡Ayúdenme!", grité.

Pero ellos ni siquiera me miraron. Se quedaron parados en medio de su sala, como estatuas de sal, mirando al vacío.

En el camino a casa, el silencio en el coche era denso, pesado. Podía sentir la satisfacción de mi madre. Había ganado, otra vez.

Este patrón se repitió con una exactitud escalofriante.

Una vez, busqué a mi tía, la hermana de mi madre. La misma reacción: primero compasión, luego vio el video, y finalmente, repulsión. "Eres un monstruo, Elena. Deberías estar muerta."

Otra vez, a un tío, el hermano de mi padre. Lo mismo. Vio el video y me dijo que yo era una maldición para la familia.

Todos. Cada persona en la que intenté buscar refugio, cada familiar que al principio me ofreció su ayuda, cambiaba radicalemente después de ver ese maldito video en el celular de mi madre.

Se convertían en sus aliados. No solo aceptaban el abuso, lo alentaban.

Me arrinconó en la cocina cuando llegamos.

"¿Ya te quedó claro?", me preguntó, su voz goteando veneno. "¿Entiendes que nadie, nunca, te va a ayudar?"

"¿Qué hay en ese video, mamá? ¿Qué les enseñas? ¿Qué hice tan malo para que todos me odien?", le supliqué, las lágrimas corriendo por mi cara.

Ella sonrió. Una sonrisa torcida y sin alegría.

"Algún día lo sabrás. Y ese día desearás no haber nacido."

Esa noche, encerrada en mi cuarto, mientras escuchaba a mis hermanas reír en la sala, sentí un terror que nunca antes había conocido. No le tenía miedo a los golpes. Le tenía miedo a ese video. A ese secreto que era tan horrible que convertía el amor en odio y la compasión en un deseo de muerte.

Sabía que mi única opción era escapar, pero esta vez no a la casa de un familiar. Tenía que ir más lejos. Con la poca fuerza que me quedaba, busqué mi viejo celular, el que mantenía escondido debajo de una tabla suelta del piso.

Marqué el único número que me quedaba.

Diego. Mi novio.

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