Al día siguiente, un doctor de cabello canoso y ojos amables revisó mis estudios.
"Señora Sofía, sus fracturas están sanando bien, pero la conmoción fue severa", me explicó con voz pausada. "Necesita reposo absoluto. No debe moverse de la cama por lo menos una semana".
Asentí en silencio, agradecida por su tono calmado. Era un pequeño ancla en medio de la tormenta que se desataba dentro de mí. Por un instante, sentí un destello de esperanza, la idea de que podía recuperarme, de que podía encontrar la fuerza para lo que venía.
Pero la esperanza duró poco.
Ricardo entró en la habitación justo cuando el doctor se iba, con una sonrisa falsa pegada en la cara.
"Mi amor, qué buenas noticias", dijo, tomando mi mano. Su tacto me dio asco, pero no tuve fuerzas para apartarme. "El doctor dice que estás mejorando".
"Necesito quedarme aquí", dije, mi voz apenas un susurro.
"Claro, claro, lo que tú necesites", respondió él, demasiado rápido. Pero sus ojos se desviaron hacia la puerta, y vi una sombra de impaciencia en ellos.
Más tarde, mientras fingía dormir, lo escuché hablar por teléfono en el pasillo.
"Una semana es demasiado tiempo", siseó. "No puedo tenerla aquí, haciendo preguntas, con doctores decentes a su alrededor. Necesito controlarla".
Hubo una pausa.
"Busca otra clínica. Una más barata, más... discreta. Un lugar donde no hagan muchas preguntas y donde el personal sepa seguir instrucciones. Pagaré lo que sea necesario".
El frío volvió a invadirme. No solo quería deshacerse de mí, quería aislarme, controlarme. ¿Qué planeaba hacer?
Horas después, un nuevo "especialista" apareció en mi habitación. Era un hombre de aspecto grasiento, con una bata que le quedaba grande y una sonrisa servil. Ricardo lo presentó como el Doctor Morales, un amigo de la familia que se haría cargo de mi caso.
El Doctor Morales apenas me miró. Revisó mi expediente con desinterés y luego se dirigió a Ricardo.
"La podemos trasladar esta misma tarde a mi clínica privada", dijo. "Allí tendrá una atención más... personalizada".
El doctor de cabello canoso, que pasaba por el pasillo, se detuvo en la puerta.
"Disculpen que me entrometa", dijo con el ceño fruncido. "Pero no recomiendo el traslado. El estado de la paciente es delicado. Cualquier movimiento innecesario es un riesgo".
Ricardo le lanzó una mirada helada.
"Agradezco su preocupación, doctor, pero el Doctor Morales es una eminencia y confío plenamente en su juicio. Haremos lo que él considere mejor para mi esposa".
El buen doctor nos miró a ambos, su rostro lleno de sospecha y preocupación, pero no podía hacer nada. Ricardo era mi esposo, él tenía la última palabra. Se retiró en silencio, negando con la cabeza.
Cuando nos quedamos solos, Ricardo se acercó a mi cama. Acarició mi mejilla con una ternura que me revolvió el estómago.
"Tranquila, mi vida", susurró. "Todo es por tu bien. En la nueva clínica estarás más cómoda, más tranquila. Lejos de todo este ruido".
Sus palabras eran suaves como la seda, pero sus ojos eran duros como el acero. "Lejos de todo este ruido" significaba lejos de cualquier ayuda posible.
"Solo quiero que te recuperes pronto para que podamos superar juntos esta terrible pérdida", continuó, su voz quebrándose falsamente al mencionar a Mateo.
Era un actor consumado. Un monstruo que se escondía detrás de una máscara de esposo devoto.
Justo en ese momento, la puerta se abrió sin llamar.
Una mujer alta y delgada, vestida con ropa de diseñador, entró en la habitación como si fuera la dueña. Era Valeria. La reconocí de las fotos que Ricardo guardaba en una carpeta oculta de su computadora, fotos que había encontrado por accidente una noche de insomnio.
Su mirada se posó en mí, fría y desafiante.
"¿Todavía no está lista?", le preguntó a Ricardo, ignorándome por completo.
Ricardo palideció.
"Valeria, ¿qué haces aquí? Te dije que esperaras".
"Me cansé de esperar", respondió ella, cruzándose de brazos. "Este asunto se está alargando demasiado. Dijiste que te encargarías de ella y del niño. El niño ya no es un problema, pero ella sigue aquí".
La crudeza de sus palabras me dejó sin aire.
Ricardo la tomó del brazo y la sacó al pasillo, pero no cerraron la puerta del todo.
"¡Cállate!", le siseó él. "¿Quieres que nos oiga?".
"¿Y qué si te oye?", replicó Valeria, su voz cargada de desprecio. "¿Qué va a hacer? ¿Levantarse y pegarte? Ricardo, es hora de terminar con esto. Dale lo que el doctor te dio. Que duerma un largo, largo tiempo. Así podremos organizar el funeral de ese mocoso y seguir con nuestras vidas".
Escuché el sonido de un frasco de pastillas siendo presionado en la mano de Ricardo.
Mi corazón se detuvo.
Querían drogarme. Querían silenciarme para siempre.
Ricardo volvió a entrar, solo. Su rostro era una mezcla de pánico y determinación. Se acercó a mí con un vaso de agua y una pequeña pastilla blanca en la palma de la mano.
"Toma, mi amor", dijo, su voz temblando ligeramente. "Esto te ayudará a calmar el dolor".
Mis ojos se llenaron de terror. Miré la pastilla, luego su rostro, el rostro del hombre que había jurado amarme y protegerme, el hombre que ahora quería borrarme del mapa.
El dolor, el miedo y la traición se arremolinaron dentro de mí, una ola negra que me ahogaba.
Intenté gritar, pero de mi garganta solo salió un gemido ahogado.
Todo se volvió negro.





