Justo cuando mi mano tocó la manija fría del coche de Leonor, dos guardias de seguridad de la finca me agarraron por los brazos. Eran hombres grandes, sus agarres como grilletes de acero.
"La señora Castillo quiere verlo," dijo uno de ellos, su voz sin emociones.
Me arrastraron de vuelta a la casa, ignorando mis protestas. El lujo y la celebración se habían transformado en un caos tenso. Patrick estaba en un sofá, pálido y sudoroso, con un médico a su lado.
"Es un ataque de pánico," decía el médico. "Pero su presión arterial es peligrosamente baja. Sufre de anemia severa, necesita una transfusión urgente."
Scarlett se paseaba nerviosa. "¿Y qué? ¡Llévenlo al hospital!"
"El hospital más cercano está a una hora," respondió el médico. "Y no tenemos su tipo de sangre en el stock de la clínica local. Es AB negativo, muy raro."
Un silencio pesado llenó la habitación. Scarlett me miró, y sus ojos se iluminaron con una idea terrible.
"Él," dijo, señalándome. "Máximo es AB negativo."
El médico me miró. "¿Es cierto?"
Asentí en silencio. Era una cruel coincidencia del destino.
"Perfecto," dijo Scarlett. "Sácale la sangre que Patrick necesite."
"Señora Castillo," intervino el médico, su tono volviéndose serio. "No puedo hacer eso sin el consentimiento del señor Sullivan. Además, he revisado su historial. El señor Sullivan tiene una condición cardíaca leve. Donar una gran cantidad de sangre podría ser muy peligroso para él."
Scarlett se rio, un sonido feo y sin humor.
"¿Peligroso? Su vida entera ha sido un peligro para mi paciencia. Es mi esposo, su cuerpo me pertenece. ¡Hazlo ahora, o te despediré y me aseguraré de que nunca más trabajes en Mendoza!"
Me empujaron a una silla. El médico, con las manos temblorosas, preparó la aguja. Me miró con lástima.
"Lo siento," susurró.
No me resistí. ¿Qué sentido tenía? Estaba atrapado. La aguja se hundió en mi brazo. Vi mi sangre, mi vida, fluir a través de un tubo hacia una bolsa que salvaría al amante de mi esposa.
Sentí un mareo, el mundo empezó a girar. El rostro preocupado del médico era lo último que veía con claridad.
"Ya es suficiente," dijo el médico. "Ha donado 450 mililitros. Más sería fatal."
"¿Es suficiente para Patrick?" preguntó Scarlett, sin siquiera mirarme.
"Por ahora, sí. Lo estabilizará."
"Bien."
Sentí que me desvanecía. Mi corazón latía de forma errática. Scarlett se acercó, no a mí, sino al médico.
"Asegúrate de que Patrick esté cómodo. Yo me quedaré con él."
Me dejó allí, desplomado en la silla, al borde del colapso. Mi visión se volvió negra mientras escuchaba su voz tranquilizando a Patrick, demostrando una total y absoluta indiferencia por mi vida.





