Salí de la galería como una autómata, sin sentir el frío de la noche de Buenos Aires.
Terminé en "El Bandoneón Melancólico", un bar de tango exclusivo, oscuro y lleno de humo, el tipo de lugar al que nunca iría. Pedí un whisky, luego otro. El alcohol no quemaba tanto como la vergüenza.
Reviví cada momento de los últimos cinco años.
Recordé vender el reloj de mi madre para pagar su primera exposición.
Recordé trabajar turnos de dieciocho horas en la pastelería para financiar el alquiler de su primer estudio.
Recordé las noches en que me decía que yo era su salvadora, su única creencia en un mundo que lo había despreciado.
Yo creía que estaba salvando a un artista, puliendo un diamante en bruto. Pero él solo me veía como un escalón.
Un escalón que ya no necesitaba.
"¿Catalina?".
Levanté la vista. Era León Sullivan, el arquitecto que estaba diseñando mi nueva pastelería de lujo. Un proyecto que ahora estaba muerto.
Su rostro mostraba una genuina preocupación.
"¿Estás bien? Te he estado llamando".
Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas que había contenido finalmente empezaron a caer.
"Mi negocio... quebró", logré decir. "Y Mateo... él...".
León se sentó a mi lado, su presencia era sólida y reconfortante. No dijo nada, solo me pasó un pañuelo.
Justo en ese momento, la puerta del bar se abrió y entró Mateo, con Sasha colgada de su brazo y un grupo de nuevos amigos riendo a carcajadas.
Sus ojos se encontraron con los míos. Su sonrisa se torció en una mueca de burla.
"Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí", dijo en voz alta, acercándose a nuestra mesa. "Catalina Castillo, ahogando sus penas. ¿Tan rápido te has buscado un acompañante? ¿Cuánto te cobra por hora, guapo?".
La humillación volvió, fresca y brutal. Me encogí en mi asiento, deseando que la tierra me tragara.
Pero León no se movió.
Se levantó lentamente, su altura superaba a la de Mateo. Su calma era más intimidante que cualquier grito.
"Creo que te estás confundiendo", dijo León, su voz era seda y acero. "Yo no cobro. Es un placer estar con una mujer de la calidad de Catalina".
"¿Calidad?", se burló Mateo. "¿Esa mujer arruinada?".
"El valor de una persona no se mide por el saldo de su cuenta bancaria, Mateo. Algo que tú estás aprendiendo muy rápido y de la peor manera".
La tensión era palpable. Mateo, enrojecido de ira, dio un paso adelante.
"¿Y tú quién te crees que eres para hablarme así? Soy un Lester".
León sonrió, una sonrisa afilada que no llegó a sus ojos.
"Y yo soy León Sullivan. El hijo adoptivo de los Lester. Tu hermano".
El shock en el rostro de Mateo fue mi primera pequeña victoria de la noche.
"Pero no te preocupes", continuó León, volviéndose hacia mí. "No dejaré que mi desafortunada conexión familiar te moleste".
Y entonces, ante los ojos atónitos de Mateo y de todo el bar, León se inclinó y me besó.
No fue un beso agresivo, sino protector. Un escudo contra la crueldad del mundo.
Cuando se apartó, miró directamente a Mateo, cuya cara era una máscara de furia y celos.
"Ahora, si nos disculpas, mi hermano, Catalina y yo tenemos cosas más importantes de las que hablar".





