Corazón Roto, Alma Vengativa

La ceremonia comenzó con los discursos habituales. El rector, un hombre de aspecto severo y reputación intachable, habló sobre la integridad y el honor de la UNAM.

Cada palabra era una ironía que me quemaba por dentro.

Finalmente, llegó el momento que todos esperaban. El subdirector, un hombre con una sonrisa más política que sincera, subió al podio.

"Y ahora, con gran orgullo, quiero presentar a la estudiante que obtuvo el puntaje más alto en el examen de admisión a nivel nacional. Un verdadero prodigio de las matemáticas. ¡Démosle un fuerte aplauso a Sofía!"

Los aplausos resonaron en el auditorio.

Desde mi asiento, vi a Camila levantarse. Caminó hacia el escenario con una confianza ensayada, una sonrisa radiante y falsa pegada en su rostro. Llevaba mi nombre, mi futuro, como si fuera un trofeo que había ganado limpiamente.

La rabia, fría y afilada, se asentó en mi estómago.

Mientras ella subía los escalones, la gente a mi alrededor comenzó a murmurar.

"Oye, ¿esa no es Camila? La gemela tonta".

"Sí, se parece, pero dicen que la genio es Sofía".

"Pero mira, en el programa dice Sofía. ¿Será que nos confundimos?".

Los murmullos eran un zumbido bajo, una corriente de duda que comenzaba a extenderse. Eso era bueno. Era el primer paso.

Camila llegó al podio, su sonrisa era perfecta para las cámaras que la enfocaban. Tomó el micrófono.

"Gracias, señor rector, subdirector. Es un honor increíble estar aquí..."

No la dejé continuar.

Me puse de pie. Mi voz, clara y firme, cortó el aire del auditorio.

"Esa mujer que está en el escenario es una impostora".

El silencio fue instantáneo y total.

Todos los ojos, miles de ellos, se giraron hacia mí. Pude ver el pánico en el rostro de Camila, un destello fugaz antes de que lo reemplazara con una expresión de confusión herida.

El director de la UNAM frunció el ceño, su mirada era penetrante.

"¿Disculpe? ¿Quién es usted y qué significa esta interrupción?".

Caminé por el pasillo central, avanzando hacia el escenario con pasos firmes.

"Mi nombre es Sofía. Y la mujer que está usando mi nombre, que está parada en ese escenario, es mi hermana gemela, Camila".

El caos estalló. Los murmullos se convirtieron en un clamor. Los periodistas presentes olieron la sangre y sus cámaras comenzaron a disparar flashes sin cesar.

Camila rápidamente recuperó la compostura. Las lágrimas brotaron de sus ojos, una actuación digna de un premio.

"Sofía, por favor, no hagas esto", sollozó. "Sé que estás celosa porque yo entré y tú no, pero esto es demasiado. Estás humillándome a mí y a nuestra familia".

Justo en ese momento, mis padres se abrieron paso entre la multitud. Mi padre me miró con una furia contenida.

"¡Sofía, ya basta! ¡Pídele perdón a tu hermana ahora mismo y vámonos de aquí!".

"No me iré a ninguna parte", respondí, mi voz era un témpano de hielo. "No hasta que la verdad se sepa".

El director, un hombre que valoraba el orden por encima de todo, golpeó el podio.

"¡Silencio! ¡Esto es una institución académica, no un circo! Señorita", dijo, dirigiéndose a Camila, "presente su identificación oficial, por favor".

Camila sonrió con suficiencia a través de sus lágrimas falsas. Sacó de su bolso una cartera y extrajo una credencial de elector.

"Por supuesto, señor director".

Se la entregó al subdirector, quien la examinó y luego se la pasó al director.

El director la miró detenidamente. La foto era mía, pero el nombre era el de ella, una falsificación experta. No, esperen. El nombre era el mío, Sofía. La foto era mía. Todo parecía estar en orden. Pero la persona que la sostenía era Camila.

"La identificación parece legítima. Tiene el nombre de Sofía y su foto", anunció el director, su tono era severo mientras me miraba. "Jovencita, estas son acusaciones muy graves. Si no puede probar lo que dice, la seguridad la escoltará fuera del campus y enfrentará consecuencias".

Mi madre suspiró con alivio.

"Gracias, director. Mi hija Sofía a veces es... inestable. Está muy afectada por no haber sido aceptada".

Camila asintió, secándose una lágrima inexistente.

"Siempre ha sido muy competitiva".

Sentí una punzada de dolor. La traición de mi propia familia, tan pública, tan cruel. Pero la aparté. No era momento para la debilidad.

Entonces, vi a Mateo. Estaba de pie cerca del escenario, mirándome con una expresión de lástima y decepción. En mi vida anterior, su traición fue la que más me dolió.

El director se dirigió a él.

"Joven, usted es amigo de la familia, ¿no es así? ¿Puede confirmar la identidad de la señorita en el escenario?".

Mateo me miró a los ojos. Vi una lucha en su interior, un destello de la amistad que una vez compartimos. Pero luego miró a mis padres, a la presión, a la mentira que todos habían acordado mantener.

Bajó la cabeza y dijo, con la voz apenas audible pero clara para los que estaban cerca:

"La que está en el escenario es Sofía. La conozco desde que éramos niños".

El mundo a mi alrededor pareció desmoronarse por un segundo, un eco de la desesperación que sentí en mi vida pasada.

El murmullo de la multitud se volvió en mi contra.

"Qué loca. Quiere robarle el lugar a su hermana".

"Pobre chica, la envidia la consumió".

Camila me miró con una sonrisa triunfante y cruel. Mis padres me miraban como si fuera basura.

Estaba sola. Completamente sola.

Pero esta vez, estaba preparada.

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