Siete años después, el amor que Ricardo me había prometido se sentía como un recuerdo lejano y borroso.
Estábamos en la inauguración de la galería de arte de Valeria Soto, una de sus clientas más jóvenes e influyentes. Yo estaba a su lado, sonriendo como la perfecta pareja, mientras él recibía felicitaciones por el diseño del lugar.
Pero algo en su actitud era diferente, había una distancia entre nosotros, una frialdad que no podía ignorar.
En un momento de la noche, me excusé para ir al tocador. Al regresar, lo busqué con la mirada entre la multitud. Lo encontré en un rincón apartado del salón principal, en el balcón que daba a un jardín interior.
No estaba solo.
Valeria Soto estaba con él, de espaldas a mí, su risa era un sonido agudo y coqueto. Ricardo la tenía acorralada contra la barandilla. Vi cómo su mano subía por la espalda de ella, cómo sus dedos se enredaban en su cabello.
Y entonces, la besó.
No fue un beso robado o accidental, fue un beso largo, apasionado, lleno de una familiaridad que me heló la sangre.
Me quedé paralizada, el ruido de la fiesta se desvaneció y solo podía escuchar el latido ensordecedor de mi propio corazón.
La sombra de mi pasado, esa entidad de dolor y traición, se despertó dentro de mí, susurrándome al oído con una voz burlona.
"Te lo dije. Son todos iguales. Te lo advertí" .
Me di la vuelta antes de que pudieran verme y salí de la galería como si el edificio estuviera en llamas. No llamé a un taxi, simplemente caminé sin rumbo, dejando que la noche fría de la ciudad me envolviera.
Cuando finalmente llegué a nuestro apartamento, horas después, la puerta estaba abierta.
Entré con cautela, el corazón todavía martillándome en el pecho.
En medio de la sala, había una caja de cartón.
Dentro, apiladas sin ningún cuidado, estaban mis cosas, mis libros de derecho, las fotos de mi madre, los pequeños recuerdos que había acumulado en siete años. Las cosas que convertían ese lugar en un hogar.
Mi hogar.
El aire se me escapó de los pulmones. Era como si él ya me hubiera borrado, como si yo ya no existiera en ese espacio.
Escuché la puerta principal abrirse de nuevo.
Era Ricardo, y no venía solo. Valeria Soto entró detrás de él, mirando nuestro apartamento con una expresión de claro desdén.
"Ay, Ricardo, este lugar es… un poco aburrido, ¿no crees? Necesita un toque más moderno, más… yo" , dijo ella, arrugando la nariz.
Mi presencia en la habitación parecía invisible para ella.
Ricardo ni siquiera me miró, su atención estaba completamente en Valeria.
"No te preocupes, mi amor" , le dijo él, con la misma voz suave que una vez usó conmigo.
"Lo remodelaremos por completo, lo dejaremos exactamente como a ti te gusta" .
Mi mente retrocedió en el tiempo, a una conversación de hace años, justo cuando nos mudamos. Yo le había dicho que quería pintar una pared de azul, mi color favorito.
"Claro que sí, mi amor" , me había respondido él.
"Haremos de este lugar nuestro nido, exactamente como a ti te gusta" .
Esa pared nunca se pintó de azul.
Ahora, por ella, estaba dispuesto a cambiarlo todo.
La traición no fue solo el beso, fue esto. Fue el desprecio, el borrado de nuestra historia, la facilidad con la que me reemplazó.
La sombra en mi interior ya no susurraba, gritaba.





