Corazón Cautivo, Alma Libre

Sofía sintió un calor recorrerle el cuerpo, una sensación extraña que nublaba sus sentidos.

La música de la fiesta en casa de su tía Isabel se oía lejana, distorsionada.

Catalina, su prima, le había ofrecido un cóctel de frutas, "para que te animes, prima", le dijo con una sonrisa que ahora Sofía interpretaba de otra manera.

Intentó enfocar la vista, pero todo daba vueltas.

Un mareo intenso la hizo tambalearse.

De repente, sus piernas flaquearon y sintió que caía.

Instintivamente, extendió los brazos buscando apoyo y se aferró a lo primero que encontró: un brazo fuerte, un pecho firme.

Levantó la mirada con dificultad.

Un hombre alto, de rasgos serios y ojos penetrantes, la sostenía.

Era Alejandro De la Vega.

El arquitecto más reputado de Cartagena, el hombre del que Catalina hablaba sin cesar.

Sofía, en su confusión, se apretó más contra él, buscando seguridad en medio del torbellino que sentía.

"Ayúdame", susurró, con la voz pastosa.

Alejandro frunció el ceño, una mueca de evidente desagrado cruzó su rostro.

Detestaba el contacto físico inesperado, y más aún de una desconocida que parecía estar ebria o algo peor en una reunión social.

Los rumores sobre la sobrina recién llegada de la señora Isabel ya habían llegado a sus oídos: una joven arribista, con una reputación dudosa de su pueblo.

Esta situación parecía confirmar lo peor.

Sin embargo, la mujer se aferraba a él con la desesperación de quien se ahoga.

"Suélteme, por favor", dijo él, con voz fría, intentando separarla con delicadeza pero firmeza.

Ella pareció no oírle, o no poder obedecer.

Sus ojos estaban vidriosos, desenfocados.

La ayudó a incorporarse un poco, sintiendo la flacidez de su cuerpo.

Un murmullo recorrió el salón.

Doña Mercedes, su tía, lo miraba con desaprobación, mientras Catalina fingía preocupación.

Sofía, todavía bajo el efecto de la bebida adulterada, sintió una extraña necesidad de cercanía, de protección.

El hombre que la sostenía le parecía un ancla en medio de la tormenta que era su cabeza.

"No me dejes caer", balbuceó, y sin ser consciente de sus actos, sus manos subieron torpemente por el pecho de Alejandro, como buscando un abrazo.

"Eres... tan fuerte", dijo, con una sonrisa boba.

Alejandro sintió una oleada de repulsión.

El aliento de ella, aunque no olía a alcohol fuerte, tenía un deje dulzón y extraño.

Sus acciones eran completamente inapropiadas.

"Señorita, compórtese", espetó él, tratando de zafarse.

Pero ella se colgó de su cuello momentáneamente, desequilibrándolo.

La escena era bochornosa.

Alejandro, con el rostro contraído por el disgusto, la apartó con más brusquedad de la que pretendía.

"Está usted fuera de lugar", le dijo, con la voz cortante.

Vio la confusión en los ojos de ella, pero también una vulnerabilidad que lo inquietó fugazmente, aunque la desechó de inmediato.

Claramente, esta mujer no estaba en sus cabales.

"Catalina", llamó a su prima, que se acercó rápidamente. "¿Qué le ocurre a tu prima?"

Catalina puso cara de circunstancias. "No lo sé, Alejandro. Quizás el viaje, el calor...".

Pero sus ojos brillaban con una luz que no era precisamente de preocupación.

Doña Mercedes se acercó. "Alejandro, querido, no te molestes con esta... persona. Claramente no sabe comportarse".

Alejandro ignoró el comentario de su tía.

Recordó haber visto a un mesero con agua fresca.

Tomó una copa y se acercó a Sofía, que ahora estaba sentada torpemente en un sofá, sostenida por Catalina.

"Beba esto", le ordenó, más que ofrecer.

Sofía lo miró, sus ojos intentando enfocar.

Con ayuda de Catalina, bebió un poco de agua.

El líquido fresco pareció despejarla mínimamente, pero el mareo persistía.

Alejandro la observó un instante más, su juicio ya emitido: una mujer vulgar y aprovechada.

Se dio media vuelta y se alejó, buscando aire fresco en el balcón, queriendo limpiarse la sensación de su contacto.

Poco a poco, la bruma en la mente de Sofía comenzó a disiparse, pero fue reemplazada por una oleada de recuerdos dolorosos y una conciencia aguda de su situación.

No, no había transmigrado. Esta era su vida, su terrible realidad.

Recordó el escándalo en su pueblo: la trampa del alcalde, las acusaciones falsas de seducción, la reputación destrozada de su familia.

Había venido a Cartagena buscando un nuevo comienzo, un refugio, pero parecía que los problemas la seguían.

La mirada de desprecio de Alejandro De la Vega se clavó en su mente.

El murmullo de los invitados. La sonrisa maliciosa de Catalina.

Se dio cuenta de que su prima probablemente había puesto algo en su bebida.

El terror la invadió. Este incidente solo alimentaría los chismes.

Comprendió la magnitud del desastre.

Ella, Sofía Ramírez, la "buscafortunas", la "manipuladora", acababa de protagonizar una escena vergonzosa con uno de los solteros más codiciados y respetados de Cartagena.

Su tía Isabel la había acogido con reservas, y ahora esto.

Su motivación de limpiar su nombre, de encontrar un lugar donde su talento fuera reconocido, parecía una utopía.

Quería llorar de impotencia y rabia.

¿Cómo podría defenderse? ¿Quién le creería?

Estaba atrapada en la narrativa que otros habían creado para ella.

Y Alejandro De la Vega, con su porte de hombre íntegro, ya la había sentenciado.

Se levantó con dificultad, sintiéndose observada por todos.

La música seguía sonando, pero ahora le parecía una burla.

Vio a Alejandro en el balcón, de espaldas.

Necesitaba disculparse, aclarar las cosas, aunque fuera inútil.

Se acercó a él con pasos vacilantes.

"Señor De la Vega", comenzó, con la voz aún temblorosa.

Él se giró lentamente, su expresión impasible, fría.

"Yo... lamento mucho lo de hace un momento. No sé qué me ocurrió".

Una oleada de vergüenza la recorrió.

Alejandro la miró de arriba abajo, su escepticismo era palpable.

"¿Ah, no? Parecía muy segura de lo que hacía", replicó él, con ironía.

Sofía sintió que el color se le subía al rostro.

"Le aseguro que no soy así. Creo que... creo que alguien puso algo en mi bebida".

Él arqueó una ceja. "¿Y a quién se le ocurriría hacer algo así y con qué motivo?"

Su tono era acusador, como si ella estuviera inventando excusas.

"No lo sé", admitió ella, sintiéndose cada vez más pequeña. "Pero yo no..."

"No se moleste, señorita Ramírez", la interrumpió él. "Sus... excusas no me interesan. Solo le pido que mantenga la compostura por el resto de la velada, si es capaz".

Sofía se quedó sin palabras, la humillación era profunda.

Él no le creía, la despreciaba abiertamente.

Asintió con la cabeza, incapaz de mirarlo a los ojos.

"Con permiso", murmuró, y se retiró rápidamente, sintiendo las miradas clavadas en su espalda.

Buscó un rincón apartado, deseando que la tierra se la tragara.

La fiesta, que debía ser su presentación en sociedad, se había convertido en su peor pesadilla.

Su corazón estaba cautivo por la angustia, pero una chispa de rebeldía, un anhelo de libertad y justicia, se negaba a extinguirse en su alma.

No se dejaría vencer tan fácilmente.

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