Contrato de Amor

Victoria despertó más por acción de la alarma programada que por desición propia. Extendió la mano y tomó su teléfono para descartar el molesto sonido. Volvió a dejar el aparato sobre la mesita de luz y se quitó las sábanas de encima, mientras el asistente personal del teléfono empezaba a reproducir datos importantes: estado del clima y tareas para el día, noticias, estado del tráfico y más información útil. Estiró los brazos sobre su cabeza y caminó descalza por el piso de madera lustrada hasta la cocina. Con un botón levantó las persianas automáticas, y pudo apreciar la espectacular vista del amanecer sobre la bahía de Nordelta. Tomó el control remoto y encendió uno de los televisores que tenía en su apartamento. Al encenderse, el presentador del canal de noticias favorito de Victoria, aquél que no estaba censurado por el gobierno de turno, empezó a brindarle información más detallada de cómo había amanecido la ciudad. Aunque los datos de los estados de los subterráneos y trenes no le servían de mucho, a Victoria le gustaba tener en su poder todo tipo de información, especialmente cuando su chofer insistía en tomar una ruta que se encontraba obstaculizada por una manifestación o un accidente vial.

La muchacha sacó de una de las alacenas una taza y una de las cápsulas de café para poder desayunar. En lo que el café caliente se servía, tomó un poco de fruta del refrigerador y algo de pan integral, aunque su nutricionista se lo había prohibido expresamente en su dieta para bajar de peso. Observó una de las pocas fotografías que había en su hogar: era un reflejo de ella misma, pero mucho más joven y delgada, en las Cataratas del Iguazú, bastante empapada y algo insolada, pero plena de haber vivido una aventura más. Esa fotografía se la había tomado Enrique, momentos antes de postrarse sobre su rodilla y pedirle casamiento, algo que ella aceptó sin titubear, y un año después, se había casado, muy enamorada y con el novio que había tenido desde los catorce años, con el que había compartido viajes por el mundo, momentos felices y dos hermosos hijos: Antonio y Geraldine. Pero la felicidad también tenía una fecha de vencimiento, pues debido a los embarazos, el estrés, la alta carga horaria y laboral que tenía sobre sus hombros, al haber heredado el estudio jurídico de su padre, y las discusiones con sus hijos, que ya eran adolescentes, Victoria había dejado de ser la muchacha delgada y esbelta que alguna vez fue. Ahora tenía cuarenta kilos de más. Enrique había brindado una opinión acorde a su profesión de médico, insistiendo en que el delgado y esbelto cuerpo de su esposa volvería a la normalidad con dietas y ejercicio físico; pero, aunque Victoria corriera hasta el fin del mundo, y sólo comiera ensaladas, no lograba recuperar los cincuenta kilos que había pesado antes de su boda, quedándose estancada en ochenta y siete kilos los cuales se resistían a abandonar su cuerpo por mucho régimen, tratamiento, ejercicio y liposucciones a los que la muchacha se sometiera.

Su guardarropa tuvo que ser renovado completamente: Lencería, camisas, blusas, faldas, pantalones, ¡incluidos sus zapatos! Pues sus pies habían aumentado de tamaño luego de dar a luz a los niños.

Victoria se miraba en el espejo y observaba cómo ese cuerpo, que antes había robado suspiros y atraído miradas en las playas de Aruba, ahora lucía un aspecto triste y andrajoso, como el de un globo al que habían inflado hasta su límite y luego desinflado. Su vientre prominente, sus brazos regordetes y piernas carnosas parecían haberle prometido no abandonarla nunca, pero Enrique aseguraba que era ese generoso busto y ese trasero monumental lo que más le gustaba de su nuevo ser. «Huesos para los perros», había dicho mientras jugaba con la oreja de su esposa en su boca.

Pero más pronto que tarde, Enrique dejó de ver a Victoria como antes lo hacía: Donde antes había visto abundancia y curvas generosas ahora veía celulitis y estrías, donde había una prueba de valentía hacia la vida ahora había una fea cicatriz de cesárea; y donde sus ojos se habían deleitado con los generosos pechos de Afrodita ahora veían las tetas de una gorda. Poco a poco fue alejándose de ella, iniciando sutilmente y excusándose de que “había sido una jornada muy dura y complicada en el hospital” para huir y evitar la grotesca imagen de su esposa usando lencería de encaje para cuando ésta deseaba amor. Empezó a tomar guardias nocturnas y aceptar más y más trabajo, incluido su desempeño como profesor en la Facultad de Medicina; ejemplo que siguió su esposa trabajando todo el día en su buffet de abogados, aceptando casos y clientes. El arduo trabajo del matrimonio rindió sus frutos económicos y pudieron comprar un apartamento en Miami, uno en Recoleta y el apartamento en Nordelta, que rápidamente rentaron a turistas. Los caudales aumentaban, pero la pasión disminuía. Enrique hizo otro movimiento: Empezó a reducir los encuentros a sólo uno mensual. Victoria estaba cada vez más confundida y decidió trabajar más; las niñeras se encargaban de sus hijos y Enrique prácticamente vivía en el hospital. Antonio y Geraldine sólo conocían las voces de sus padres cuando estos discutían en su habitación, Victoria hablando del sentimiento de soledad que sentía al verse abandonada todo el día, y Enrique asegurando que su paciencia se estaba acabando.

Los encuentros se vieron reducidos, nuevamente. En lugar de ser mensuales pasaron a ser trimestrales y muy pronto se suspendieron, definitivamente. Victoria pasó a una actitud más ofensiva, gritando y exigiendo sus derechos como esposa, llorando por la falta de amor que sentía y la soledad a la que era sometida por su esposo. Le gritó que él ya no era el hombre dulce y cariñoso con el que se había casado, que ya no lo reconocía y que extrañaba a su marido. Sus palabras fueron respondidas por otras mucho más crueles, pues Enrique le aseguró que él tampoco la reconocía, la acusó de haber usado la maternidad como excusa para engordar, y que era normal no sentir deseo por alguien a quién no se sentía atraído.

Con lágrimas en los ojos, Victoria juró que no habían sido pocos los esfuerzos para recuperar su peso anterior, le rogó que confiara en ella y que volvería a ser la misma de siempre, eso siempre y cuando Enrique la apoyara. Enrique vio en ella el claro deseo y la firme convicción de mejorar y volver a ser lo que él tanto añoraba, de modo que le aseguró permanecer a su lado durante todo el proceso. Aunque a los pocos días nuevamente estaba internado en el hospital, trabajando de Sol a Sol, dejando sola a Victoria y a sus hijos que crecían a pasos agigantados.

A la muchacha se le ocurrió que una segunda luna de miel era lo que ambos necesitaban, con mucho esfuerzo convenció a su marido de pasar dos semanas en la toscana italiana; y mientras Enrique degustaba su paladar y ojos con la mejor pasta y hermosas mujeres, Victoria debía conformarse con una ensalada y carne blanca. No fueron pocas las ocasiones donde su esposo le ofrecía un gelato que, bajo el abrazador sol italiano, se derretía insinuante; pero la férrea voluntad de Victoria era más fuerte y lo rechazaba cortésmente.

Volvieron a Argentina un poco más unidos que antes, pero todo regresó a la normalidad cuando Enrique retornó a su trabajo como médico. Nuevamente los encuentros amorosos se redujeron, la pasión se apagó y la soledad ocupó el lugar de su esposo en la cama por las noches. Victoria lo amenazó con divorciarse, y Enrique, riendo, le respondió.

—¿Quién podría amar a una gorda como vos?

Luego de unos meses en los que Victoria solo trabajaba y se ejercitaba para poder volver a como era antes, descubrió el verdadero motivo del alejamiento de su marido al volver a casa más temprano, con Geraldine a quien le había llegado la menarquia en el colegio y no se sentía bien, razón por la cual su madre decidió retirarla y llevarla a casa para que esté cómoda. Al abrir la puerta del apartamento se escucharon ruidos y voces, pasos acelerados y objetos moviéndose. Le indicó a su hija que se quede dónde estaba, temiendo de que haya delincuentes en casa. Tomó la maza que usaba la cocinera para hacer milanesas, y se preparó para abrirle la cabeza de un golpe al malnacido que esté en su hogar. Pero cuando abrió la puerta de su habitación no encontró a un ladrón, sino a su esposo que se estaba vistiendo apresuradamente, sudoroso y rojo. A Victoria le bastó dos segundos entender la situación y otros tres más en encontrar el motivo: estaba en el vestidor, poniéndose la ropa tan apresuradamente como su marido y con un evidente estado de nerviosismo en el cuerpo. La muchacha la miró con los ojos abiertos de par en par, mientras intentaba cubrir su cuerpo desnudo con la ropa que tenía entre los brazos. El divorcio no se hizo esperar. Victoria le exigió a Enrique la mitad de todos los bienes, incluidos los apartamentos en Miami y Nueva York, quedándose ella con el apartamento en Nordelta y Enrique con el de Recoleta, donde se fue a vivir con Valeria, la muchacha de diecinueve años con la que había engañado a Victoria, una de sus estudiantes de la facultad de medicina a la que les daba clases.

Y aunque sus hijos iban y venían de Nordelta a Recoleta y viceversa, muy pronto le pidieron al Juez de Familia, que intervenía en la causa del divorcio, que sea Enrique el que posea la tutela exclusiva, y se instalaron definitivamente en el apartamento con su padre y su nueva esposa. Así que ahora Victoria vivía completamente sola, en ese enorme apartamento. La mujer apartó los recuerdos de su cabeza y tomó el café ya listo para ser bebido. De igual manera, tomó los panes y se los sirvió en un plato, se sentó en la mesa a desayunar y escuchar las noticias que seguían mencionando.

Finalizó con calma su desayuno y se alistó para esperar a que Martín, su chofer y asistente personal, fuera a buscarla para ir al oficina a trabajar. Cuando la manecilla más larga de su reloj alcanzó las doce y la más corta quedaba fija en el número ocho, tomó sus llaves, su cartera de marca francesa y salió de su apartamento. Cerró dando dos giros, llamó al elevador y descendió hasta el lobby de entrada; en la calle Martín ya estaba esperándola, conduciendo el automóvil de alta gama que servía para llevar y traer a la señora del hogar a su oficina y viceversa. Esa era su rutina: apenas sí salía para hacer alguna compra esporádica o cuando tenía cita con el médico, pero si requería adquirir algún presente para un evento, como un cumpleaños o casamiento, siempre mandaba a Martín a hacer las compras por ella, excepto las que tenían que ver con la manutención de la casa, eso era tarea de Carolina y Mirta, las dos empleadas domésticas que se encargaban de la limpieza y las comidas.

—Buenos días, señora —saludó Martín a su empleadora cuando esta ascendió al vehículo que conducía.

—Hola, Martín. Buen día, ¿cómo estás? —le preguntó con una sonrisa triste y rutinaria que el asistente ya conocía bastante bien. Había sido testigo de los llantos ahogados de su jefa en ese auto y en el anterior, había tenido que bajar a la farmacia a comprarle pañuelos descartables, maquillaje y calmantes para ayudarla a componerse, más de una vez le había comprado algún pedazo de tarta de chocolate con un latte, buscando que el azúcar le dé las endorfinas que andaba necesitando.

—Bien, señora. Gracias por preguntar —respondió el caballero de casi cuarenta años—. ¿Necesita que haga alguna parada en especial antes de que la deje en la oficina?

—No, gracias. Vamos derechito al estudio —respondió la mujer. Tomó su teléfono y empezó a leer los correos que le habían llegado. Martín la miró por el espejo retrovisor y pudo apreciar como su ceño se combaba sobre sí mismo, estrujando sus cejas castañas prolijamente depiladas. Al parecer, alguno de los correos que había leído con sus bellos ojos verdes tenía noticias no tan alentadoras. Sus labios carnosos se fruncieron, y una mano blanca, con uñas esculpidas, rascó la graciosa nariz griega que el cirujano plástico de su empleadora había moldeado, operación que formó parte de sus regalos de sus quince años.

Aprovechó un semáforo en rojo para poder hablar con su jefa.

—Señora, disculpe que la moleste mientras trabaja —empezó tímidamente. Victoria levantó la vista de su teléfono y lo miró, indicando que podía continuar—,pero quería preguntarle si mañana podría tomarme el día.

—¿Mañana? —repitió Victoria, algo sorprendida—. Me dejás en una posición algo… complicada, Martín. Mañana tengo varias reuniones y la función de Madame Butterfly en el Teatro Colón. ¿Puedo saber por qué me lo pedís con tan poca anticipación?

—Lo lamento mucho, señora. Es que… mañana es el cumpleaños de mi hija y… Usted sabe… Esto de la leucemia…

—Ah. Eso cambia totalmente las cosas.

—Lo lamento mucho, en serio. Si no fuese por eso usted sabe que siempre le aviso con tiempo.

—Martín… —la mano de Victoria tomó con fuerza el hombro de su empleado—. No hace falta que me expliques más nada. Este puede ser el último cumpleaños de Delfina y tenés derecho a pasarlo con ella. Tomate el día tranquilo con goce de sueldo.

Los ojos del conductor se llenaron de lágrimas.

—Gracias, señora. Muchas gracias —suspiró el hombre y dejó que su jefa vuelva a su trabajo mientras él se dedicaba al suyo. Una vez que llegaron a la oficina, Martín estacionó el automóvil y descendió de él con prisa para abrirle la puerta a su jefa. La acompañó todo el trayecto hasta el lobby de recepción, donde Lourdes, la primera secretaria, la esperaba con el reporte diario de las actividades del día.

—Doctora, muy buenos días —la saludó con una sonrisa.

—Buen día, Lourdes. —Victoria la saludó con una cordial sonrisa. Había aprendido por parte de su padre que un trato respetuoso, pero formal, era la mejor manera de tener contentos y en pleno funcionamiento a toda la planta de empleados. Era mejor ser una jefa amable que una tirana. Premiaba el esfuerzo de la gente a la que tenía a cargo, se había aprendido los cumpleaños de todos y cada uno, incluidos los pasantes, y les regalaba el día. En la fecha del Día de la Mujer, a cada empleada le permitía irse temprano, y para el Día del Hombre todo el personal masculino era agasajado con un desayuno. Lo mismo el día de la madre y del padre. Eran esos pequeños detalles los que le habían otorgado a Victoria un equipo de trabajo fiel y con buen desempeño. «Empleados felices trabajan más», había dicho sabiamente su padre—. ¿Qué tenemos para hoy?

Lourdes inició a detallar toda la agenda laboral de su jefa, poniendo especial énfasis en las reuniones de los casos más importantes, los llamados telefónicos y los clientes a los que tenía citado, pero Victoria se enfocó en lo último que ella dijo.

—Y por último, a las nueve tiene citados a los… aspirantes para el puesto de secretario —finalizó.

—¿Podes hacerme un resumen de ellos? —preguntó Victoria, dejando su cartera en su escritorio y tomando asiento en su sillón.

—Estos son los currículums… —inició Lourdes. Mientras le explicaba, uno por uno, las características de cada aspirante—. ¿Está segura de que no quiere que yo los entreviste por usted, doctora?

—No te preocupes, ya haces demasiado por mí —sonrió Victoria y tomó sus lentes ojo de gato para ver mejor a causa de su astigmatismo—. Hacelos pasar de uno en uno, por favor.

—Sí, doctora —asintió Lourdes y se retiró de la oficina.

—Señora, disculpe que me meta, pero… —empezó Martín. Victoria lo observó a través de sus lentes—. ¿Está segura de esto? Usted sabe perfectamente que yo puedo encargarme…

—Martín… Hay necesidades que ni vos podes cubrir —le sonrió con pena—. Además ya mucho abuso de tu generosidad y buena voluntad.

—No es ninguna molestia, señora…

Tuvo que callar, porque el primer aspirante, un hombre de unos treinta y tantos, entró a la oficina.

Fue un desfile de lo más penoso, otro más como había ocurrido desde el día en que había publicado el anuncio, pues ninguno de ellos cumplía con los requisitos mínimos que Victoria buscaba. Al momento en el que la mujer les explicaba en qué consistía el trabajo, todos alegaban diciendo que no podrían cumplir con esos requerimientos, amparándose en que tenían familia, o que ese no era el “trabajo de un hombre”. En las dos horas que duró esa procesión, Victoria pensó seriamente en decirle a Martín que retire el anuncio de todas las plataformas en los que se había publicado, dándose por vencida en su búsqueda. Estaba por llamar al interno de su asistente, cuando Lourdes tocó suavemente la puerta abierta de su jefa, anunciando su presencia.

—¿Sí, Lourdes? —preguntó Victoria, retirándose sus lentes.

—Perdón, doctora, pero… —suspiró avergonzada su empleada—, hay un muchacho que viene por el trabajo.

Victoria se fijó en su fino reloj de pulsera antes de responder nada: ya pasaban de las once.

—¿A esta hora? —preguntó estupefacta—. ¿No lo citaste a las nueve?

—¡Eso hice! ¡Acabo de revisar el e-mail que le mandé, y ahí dice clarito que el horario de las entrevistas era a las nueve! —se excusó la muchacha.

—¿Te dijo algo de por qué viene a esta hora? —le preguntó Victoria. La muchacha suspiró, pese a que sabía que la culpa no era suya, se sentía en falta con su jefa.

—Sí. Dijo que se durmió —respondió. Victoria levantó una ceja, incapaz de creerle— ¿Quiere que le diga que se vaya?

—No, no… —suspiró Victoria, rascándose una ceja—. Decile… decile que pase.

—Pero, doctora… Está fuera de horario… Vino tarde, eso no habla nada bien de él —insistió Lourdes.

—Sí, lo sé. Pero no estoy en condiciones de rechazarle una entrevista a nadie. Dejá que entre —suspiró.

—Sí, doctora. —Lourdes se alejó de la puerta y Victoria se puso de pie para recibir al aspirante, acomodó su pantalón pallazo, alisándolo con las manos, y observó como su secretaria regresaba con un muchacho joven, alto, de cabello castaño claro, largo hasta los hombros.

—Pasá —le ordenó Lourdes al joven.

—Gracias —masculló. Tenía una voz clara y varonil, algo gruesa, pero seductora. Lourdes cerró la puerta de la oficina de su jefa, dejándola a solas con el muchacho. Victoria le alcanzó su mano para estrecharla a modo de saludo, mano que fue tomada con fuerza por parte del joven—. Muchas gracias por recibirme, doctora. Y disculpe por el atraso… Me dormí.

—Está bien. Tomá asiento, por favor —le ofreció la mujer al muchacho. Ella rodeó el escritorio y observó el mensaje que Lourdes le había mandado a través del servicio de mensajería electrónica que usaban por computadora con todos los datos del entrevistado.

—Yo soy Daniel Mitre, doctora —inició el joven, pero Victoria lo interrumpió.

—Sí. Acá tengo tus datos —le dijo sonriendo—. Veo que tenés un… interesante historial laboral.

—Uno hace lo que puede con lo que tiene —sonrió con nerviosismo Daniel.

—Y cursaste la carrera de Licenciatura en Educación Física hasta el primer año… —leyó Victoria. Daniel se movió incómodo en la silla— ¿Dejaste la universidad?

—Sí… Para poder trabajar y ayudar a mi mamá en la casa —respondió. La mujer lo miró a través de sus lentes.

—¿Estás soltero? —preguntó, pero inmediatamente reformuló su pregunta— Quiero decir… si tenés novia.

—Es… una pregunta algo personal… —se escudó Daniel.

Victoria entrelazó sus dedos y posó las manos en su escritorio.

—Voy a explicarte en qué consiste este trabajo.

—Me imagino que en archivar papeles y tomar llamados… —rio Daniel, pero su entrevistadora negó con la cabeza.

—No. De hecho es mucho más que eso… —le corrigió—. Por una cuestión… legal… mis asistentes publicaron el anuncio como un puesto en un estudio jurídico. Pero el verdadero trabajo es… más íntimo de lo que te pensás. Te explico: lo que yo estoy buscando es un acompañante.

—¿Un qué? —preguntó Daniel, estupefacto.

—No te confundas. No es ese tipo de acompañante, sino en el sentido literal de la palabra acompañante. Tu trabajo sería acompañarme: si yo tengo un casamiento o una cena, o deseo ir al teatro, o al cine, o a cenar, vos estarías conmigo. No tendrías que pagar absolutamente nada: ni el traslado o la comida, o el entretenimiento, que pudiésemos consumir. Solamente tendrías que acompañarme, sentarte conmigo a conversar y que me escuches de mi día a día. Si deseo hacer un viaje, te lo comunicaré con tiempo para que te vayas preparando. Por eso necesito disponibilidad full-time. ¿Tenés pasaporte?

—No —susurró Daniel.

—Y me imagino que VISA tampoco —adivinó Victoria. El movimiento de cabeza de lado a lado de su interlocutor fue toda la respuesta que recibió—. Eso se puede solucionar fácil. Tengo contactos en la embajada estadounidense y…

—Espere un momentito… —le rogó el muchacho—. Yo aún no le dije que sí.

—Perdonáme, soy muy acelerada —se excusó Victoria—. Si aceptas yo correría con todos los gastos administrativos para que tengas tu pasaporte y la VISA. Obviamente tendrías el sueldo que le corresponde a un secretario jurídico recién ingresado, obra social, seguro de sepelio, de accidente de riesgos del trabajo, ante papeles todo normal, como si fuese un trabajo más, pero la realidad será algo totalmente diferente. Si tuvieras un título te diría que vengas a cumplir horario laboral, pero tengo una propuesta para ofrecerte.

—¿Cuál sería? —quiso saber.

—El trabajo es tuyo, siempre y cuando, me cumplas con estos requerimientos: Primero que nada, no tolero la impuntualidad. Hoy te dejé pasar porque es la primera entrevista, pero no pensés que me vas a dejar plantada, esperando, dos horas en el restaurante o en una fiesta. Mi plazo máximo de tolerancia es quince minutos sin aviso, una hora si me avisas que algo pasó. Si no llegás, te lo descuento del sueldo. Segundo: Tenés que volver a estudiar.

—Creo que eso es una decisión mía —se defendió Daniel.

—Por supuesto que sí, yo te estoy dando las opciones: ¿querés el trabajo? Tenés que volver a estudiar; si no te interesa, no estudias y seguís haciendo trabajitos para juntar la plata para vivir —masculló con firmeza Victoria—. Si decidís aceptar el trabajo vas a tener que rendirme cuentas de tus exámenes, como en cualquier trabajo. Cuanto más alta sea la nota, más beneficios vas a tener, si llegás a desaprobar no vas a tener beneficios.

—¿Y qué beneficios serían esos? —quiso saber Daniel con mala cara.

—Lo que vos quieras: puede ser dinero, ropa de marca, entradas VIP para los eventos que más te interesen…

—Todo eso me lo puedo comprar con el sueldo que usted me daría.

—No soy tan tonta, Danielito. Te voy a dar lo que le corresponde a un secretario jurídico, y dudo que un secretario jurídico pueda pagar el acceso al vestuario de los jugadores de Estudiantes de La Plata con su sueldito.

—¿Cómo sabe que…?

—Digamos que tengo unos empleados muy eficientes.

—Eso es una invasión a la privacidad.

—Prefiero el término inteligencia. Pero sigamos. Ya te dije la puntualidad y tu responsabilidad de estudiar. Sólo me queda decirte que vas a tener que cumplir con un cierto nivel estético y de vestimenta.

—No me voy a cortar el pelo.

—No hace falta. Pero basta con que te lo recojas cuando vayamos a un evento formal. El nivel que yo te pido es pulcritud y estilo. ¿Alguna vez viste la película Mujer Bonita?

—No.

—Bueno. Deberías verla, es un clásico del cine. Y te va a dar una idea de lo que busco en mi acompañante.

—¿Algo más, doctora?

—Sí. Necesito que me des tu horario detallado: actividades recreativas o deportivas, sociales, culturales, todo lo que, de alguna manera, pueda impedir la disponibilidad que necesito.

—No voy a dejar a mi grupo de amigos de fútbol por usted.

—No pretendo eso. Es solamente con fines informativos, y para que mis asistentes organicen mi agenda social conforme tus actividades.

—¿Y de cuánto sería mi sueldo si yo acepto?

Victoria le alcanzó la hoja del contrato con el señalador adhesivo indicando el monto que Daniel iba a recibir. El muchacho abrió los ojos de par en par.

—¿Todo esto sólo por acompañarla a comer y coger con usted de vez en cuando? —preguntó. Victoria lo miró sobre sus lentes.

—Yo no dije nada acerca de relaciones íntimas… —masculló.

—Pero…

—Te lo dije: No es ese tipo de acompañante. No serías ni un escort, ni un taxiboy, ni un prostituto, ni nada. Para ser más específica: entre nosotros no va a haber sexo. Sólo quiero tu compañía, y yo puedo pagar por ella. ¿Está claro?

Daniel asintió con la cabeza.

—¿Alguna duda?

—¿Dónde firmo?

Victoria le indicó las hojas donde iban insertas las rúbricas del muchacho. Cuando éste dejó la pluma, Victoria le tendió la mano con una sonrisa.

—Bienvenido, Daniel. Comenzás de inmediato. Buscá a Lourdes y ella llamará a Martin para que te lleve a comprar ropa más formal.

Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.