Condena

La mano que tenía en mi vientre la deslizó con suma facilidad y rapidez dentro de mi pantalón mientras que sus labios hacían un recorrido húmedo hasta mi oreja. No podía moverme ni hablar, estaba tan drogada que lo único que podía sentir era el calor concentrándose en esa zona que se humedecía cada vez más rápido. Una pequeña parte de mí sabía que estaba haciendo mal, que debía apartarlo y darle en los huevos, pero me sentía muy excitada ante el roce de sus dedos y esos besos que dejaba sobre mi piel.

Por inercia separé mis piernas y sus dedos presionaron mi punto más sensible por encima de mi ropa interior, aflojándome un gemido sonoro. Estiró sus dedos por el medio de mis labios con suavidad, presionando con un poco más de fuerza y prolongando las corrientes y agudizando el calor en mi interior.

«¿Qué me pasa? ¿Por qué me estoy dejando meter mano por este man?».

-¿Te calienta que te toquen mientras estás drogada? -murmuró en mi oído, presionando con un poco más de fuerza mis nervios-. Eres tremenda, mamacita.

Adentró su mano por mi ropa interior y tocó directamente mi vagina, esparciendo mi humedad por mis labios menores antes de esconderlos de un solo golpe en mi interior, curvando y presionando con precisión. No simuló penetrarme con suavidad y cuidado, lo hizo rápido, fuerte y profundo. Mi mente quedó en blanco, no podía pensar en otra cosa que no fuera en llegar a ese éxtasis que se avecinaba brutal. Me sentía muy ligera y plena, siendo atendida de manera ruda por un hombre con experiencia.

Andrés es tres años mayor que yo, pero él siempre me toma con suavidad y mucho amor. Sus dedos no tienen la misma potencia que los de este malnacido y supongo que es mucho más bestia en la cama.

Sus dedos estaban tocando donde mejor se sentía y la misma presión me tenía a tope. Gemía y movía las caderas a la par, queriendo más, necesitando que esa liberación llegara cuanto antes. Su otra mano masajeó uno de mis senos por encima de mi blusa mientras sus dedos salían y entraban de mí con ímpetu y rudeza. Me sentía muy caliente y mis paredes ardían de ansía.

-¿Te das cuenta dónde quedó tu grosería, mi Juli? -dejó sus dedos en mi interior, moviéndolos en círculos con suma rapidez y mis piernas flaqueron-. Mira lo mojada que estás por mí y lo mucho que me aprietas. ¿No quieres que me salga de aquí?

Tomó mi mano y la llevó a su erección, haciéndome frotarlo con suavidad mientras sus dedos seguían moviéndose libremente en mis adentros.

-Me gustaría romperte y hacerte tragar todas tus palabras -presionó con rudeza y exploté, mordiendo mis labios con fuerza y moviendo mi mano por mi propia cuenta en su erección-. Que rico, mi Juli.

Abrí los ojos y su sonrisa descarada sacudió todo mi cuerpo. Aunque me liberé como nunca lo había hecho, todavía sentía muchas ganas de estar completamente llena. Ese calor en mi interior no mermaba y su gran erección se me apetecía mucho.

-¿Te han comido la lengua, Julianita? -se burló, sacando sus dedos de mi pantalón y llevándolos a su boca-. Estabas bien cargada, ¿eh? No solo te sientes sino también sabes muy rico.

-Malparido...

El timbre de la casa sonó y nos separamos a toda velocidad. Marcos se sentó en el sofá y siguió jugando en el play como si nada estuviera pasando. Yo me quedé ahí, temblando y recuperando el aliento mientras procesaba lo que había acabado de pasar y había permitido. El timbre sonó varias veces más y me acomodé la ropa lo mejor que pude y le abrí la puerta a mi hermano. Su efusividad no tardó en disipar lo que sea que pasó entre ese malnacido y yo y la realidad me golpeó en el maldito orgullo.

Me sentía sucia, asquerosa y que le seguía los pasos a mi mamá. ¿Cómo fui capaz de permitirle que me tocara? ¿Por qué no lo separé de mí? Sabía que ese malnacido no era de fiar y que detrás de su falsa preocupación había algo más.

-¡¿Qué más, Juli?! -golpeó mi cabeza y se tiró en el sofá junto al perro ese-. ¿Me puedo unir, Marcos?

-Claro, campeón -me miró de reojo y sonrió ladeado.

No le dije nada porque mi hermano estaba justo ahí y lo menos que quería era que se enterara lo que había acabado de suceder con el novio de mi mamá. Me sentí muy mal, pero yo misma lo permití y no me voy a echar a la pena ni a victimizar por eso. Estaba drogada y, aunque no es excusa, debí ponerme un alto desde el principio.

-¿Vas a salir, Juli? -inquirió mi hermano.

-Sí, voy a salir con Andrés.

-¡Bien! Dale mis saludos y que cuándo viene a jugar.

-Yo le digo.

Estaba a punto de salir de la casa, cuando escuché la voz de Marcos:

-No llegues tan tarde, Juli. Cuídate y no tomes mucho -llevó su mano a su boca y, con disimulo, lamió descaradamente sus dedos-. Espero la pases bien...

Le saqué el dedo del medio y azoté la puerta con furia. Ahora ese lagarto no va a dejarme en paz cada vez que estemos a solas. Bajé las defensas con él de una manera que no me puedo perdonar.

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