Como un fénix renacido

Dos horas después, Christina regresó a la hacienda de la familia Marshall.

Apenas entró, su hermanastra, Zoe Marshall, le cerró el paso. Con el rostro contraído por el disgusto, le exigió: "¿Dónde estabas? Sabías perfectamente que esta noche tenías que ir al hospital a disculparte con la señorita Willis y, aun así, ¡desapareciste! ¿Te das cuenta de la vergüenza que le has causado a la familia Marshall?".

Christina se detuvo, impasible ante la furia que ardía en los ojos de Zoe. Su expresión era serena y su voz, aunque apacible, sonaba firme. "Solo soy una hija ilegítima. La reputación de la familia Marshall no es mi responsabilidad. Si tanto te importan las apariencias, señorita Marshall, quizá deberías enfocarte en tus propios actos. Ser la amante de alguien también es una vergüenza para la familia".

Zoe estalló, con el pecho agitándose de rabia. "¡Cómo te atreves! Eres igual que tu madre: ¡una descarada! Ella destruyó a una familia y tú eres aún peor. Por celos de la señorita Willis, le arruinaste la vida y la dejaste con una discapacidad permanente. ¡Por tu culpa, nuestra familia se ganó el odio de todos! Si no fuera por ti, ¡tal vez alguien se interesaría en mí!".

La madre de Christina había sido la amante de Cade Marshall.

Tras la muerte de su madre, Christina, como hija ilegítima de Cade, fue relegada a vivir sola en el campo durante años.

No la aceptaron de vuelta en la familia Marshall hasta que cumplió diez años. Pero nadie pudo prever el caos que su regreso desataría.

Christina había intentado matar a Carrie, pero fracasó y la dejó con una discapacidad permanente.

Aquel recuerdo no hacía más que alimentar el odio de Zoe hacia ella.

Después de que Christina fuera encarcelada, la reputación de Zoe quedó manchada por su parentesco.

Hubo incontables momentos en los que Zoe deseó que Christina muriera en prisión antes de ser liberada.

Pero, para su sorpresa, redujeron la condena de Christina en repetidas ocasiones hasta que finalmente quedó en libertad.

Y, para colmo, ¡Cade la había aceptado de vuelta en la familia Marshall!

La mirada gélida y venenosa de Zoe se clavó en ella, como un depredador que acecha a su presa. ¿Por qué esa mujer despreciable no podía simplemente desaparecer para siempre?

La malicia de Zoe era tan evidente que Christina estaba lista para responder, pero una empleada apareció de repente.

"Señorita Christina Marshall, el señor Marshall le pide que vaya a su habitación y se cambie. En breve visitará a la señorita Willis".

"Entendido", respondió Christina con frialdad. Cuando la empleada se fue, pasó junto a Zoe camino a su habitación, pero se detuvo en seco.

"Zoe, te equivocas", dijo, girándose hacia ella con una sonrisa ladina. "Yo nunca podría ser como mi madre. Ella era amable y gentil, siempre devolvía bien por mal. Yo, en cambio, no soy tan indulgente. Si alguien se atreve a lastimarme, se arrepentirá por el resto de su vida".

Zoe se quedó inmóvil, atrapada por la mirada escalofriante de Christina. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras el sudor frío se adhería a su piel.

Christina la despidió con la mirada y continuó hacia su habitación.

Una vez dentro, observó el vestido que Cade había escogido para ella: un vestido blanco, demasiado recatado e inocente para su gusto.

Un brillo burlón asomó en los ojos de Christina. ¿Se suponía que debía ponerse eso? ¿Acaso Cade esperaba que, al usar ese atuendo, se convirtiera en una mujer dócil y le pidiera perdón sinceramente a Carrie, rogándole que la perdonara?

Con un rápido gesto, arrojó el vestido a la basura. Momentos después, su teléfono vibró con un mensaje de texto.

"Señorita Marshall, hemos completado una evaluación médica completa de las tres jóvenes. Su situación... no es buena. A menos que podamos contactar al doctor Cullen Wade, pero, hasta donde sabemos, ya tiene un compromiso para el próximo mes".

Christina apretó el teléfono; sintió una opresión en la garganta y una punzada aguda en el pecho.

Su mayor arrepentimiento era haber traído a la ciudad a las tres hijas de Wendy Clarke.

Tras la muerte de su madre, Christina quedó sola en el campo, valiéndose por sí misma. Los cuidadores que Cade contrató la trataban con desdén y crueldad. Así fue hasta que apareció Wendy.

"¿Quién es esta niña? Ni siquiera sabe llorar bien", había dicho Wendy. Sus ojos amables y su cálida sonrisa fueron como una luz en la oscuridad, un consuelo en su solitaria vida en el campo.

Durante esos años oscuros, Christina sufrió abusos y negligencia. Tras la muerte de su madre, la indiferencia de su padre dejó un vacío en su corazón. Fueron la bondad de Wendy y el cariño de sus tres hijas lo que la ayudó a resistir.

Wendy había sido el tipo de madre que cualquiera habría deseado.

Aunque mantenía en secreto la identidad del padre de sus hijas, Wendy se aseguró de que nunca les faltara amor.

Pero luego, Wendy también falleció.

Christina prometió cuidar de sus hijas.

Cuando regresó con la familia Marshall, su preocupación por las tres niñas no disminuyó. Ellas no soportaron separarse de Christina e insistieron en seguirla a la ciudad.

Entonces, sobrevino el desastre.

Los recuerdos de hace tres años regresaron con una claridad abrumadora.

Una habitación pequeña y tenuemente iluminada. El hedor a sangre y podredumbre impregnaba el aire. Con ropas raídas, tres niñas idénticas yacían inmóviles en una cama. Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas abiertas que sangraban y supuraban fluidos espantosos. La escena era una pesadilla.

Sus rostros pálidos, marcados por la desesperación, perseguirían a Christina para siempre. Una de ellas, Elaine Clarke, con los labios agrietados y secos, susurró con dificultad: "Christina, me duele mucho".

Christina se agachó y, con sumo cuidado, tomó a cada una en sus brazos y se las llevó a casa. Pero en el momento en que salió de esa habitación, sintió como si le hubieran arrancado el corazón, dejando solo un dolor agudo y desgarrador.

No había logrado proteger a las hijas de Wendy de principio a fin. Se sintió una completa fracasada.

Desbloqueó su teléfono y abrió la noticia de hace tres años.

Dos titulares aparecían uno al lado del otro.

Uno decía: "La hija menor de la familia Marshall, Christina Marshall, arrestada por homicidio premeditado".

El otro: "Tres jóvenes de dieciséis años brutalmente agredidas; los crueles métodos del agresor dejan a las víctimas con secuelas permanentes".

Christina apartó la vista de la pantalla y respiró hondo para calmarse.

"Entiendo", murmuró, apretando los puños. "Voy a ver al doctor Wade. Por favor, asegúrate de que Elaine y las demás estén bien cuidadas".

"Entendido".

Tras colgar, Christina envió rápidamente un mensaje a su asistente: "Revisa la agenda del doctor Wade para el próximo mes. Necesito todos los detalles sobre ese renombrado médico general y cirujano".

La respuesta llegó de inmediato: "El doctor Wade tiene programada una cirugía para la señorita Willis el próximo mes".

Christina entrecerró los ojos y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

¡Qué coincidencia!

¿Cómo era posible que la causante de tanto sufrimiento estuviera por someterse a una cirugía mientras las víctimas seguían padeciendo?

"Averigua las preferencias de él y envíame su itinerario completo", ordenó Christina.

Luego, como si una idea se le ocurriera, frunció levemente el ceño. "Además, investiga si alguien me ha estado ayudando en secreto todos estos años".

Siempre había sospechado que parte de la reducción de su condena se debía a alguien que trabajaba tras bastidores a su favor.

Pero no tenía idea de quién podría ser.

...

A las ocho de la noche, Christina se puso un vestido ajustado y siguió a Cade hasta el auto.

Él la miró, y una expresión de desaprobación cruzó su rostro. Luego, como si recordara algo, dijo con voz grave: "Ahora que has salido de prisión, es momento de reflexionar y comenzar de nuevo. Cuando lleguemos, ofrécele a la señorita Willis una disculpa sincera. Solo si ella te perdona mejorará tu reputación, y quizá entonces la familia Reed te acepte".

Christina solo respondió con un suave "Mmm".

El plan de Cade sonaba perfecto, pero a Christina le parecía ingenuamente inútil.

La brecha entre ella y Carrie era insalvable. ¿Cómo podrían reconciliarse?

En la habitación 301, Carrie estaba sentada con una amplia bata de paciente, sus ojos fijos en Christina. El odio y la burla llenaban su rostro. "Christina, ¿no viniste a disculparte sinceramente conmigo? ¡Entonces, arrodíllate!".

"Carrie, no te alteres", dijo Simon Gilbert con voz suave y tranquilizadora mientras le acariciaba la cabeza. Ahora, un ligero ceño fruncido se dibujaba en su rostro. "El médico dijo que debes mantener la calma. Si no quieres verlos, solo diles que se vayan".

Luego miró a Christina, y su fría y compleja mirada se posó en ella.

Años atrás, Christina lo había pretendido con una insistencia agobiante, pero él la había rechazado una y otra vez. Suponía que el amor de ella se había convertido gradualmente en odio, y que por eso había recurrido a intentar matar a Carrie, la mujer que él más amaba, para vengarse. Ese recuerdo solo profundizaba el asco que Simon sentía por ella.

La expresión de Christina se endureció, y su indiferencia creció bajo la intensa mirada de Simon.

"Señorita Willis, todo esto es culpa de Christina. ¡Me aseguraré de que le pida disculpas ahora mismo!", dijo Cade, intimidado por la ira de Carrie, y le lanzó una mirada fulminante a su hija.

Christina dio un pequeño paso adelante y se encontró con la mirada cautelosa de Simon antes de detenerse.

"Aquel día, en el último segundo, cambié el cuchillo. ¿Sabes por qué?". Mientras el rostro de Carrie se contraía por el pánico, Christina soltó una risa fría. "Porque a veces, vivir con las consecuencias es un castigo peor que la muerte. Carrie, mira con atención. Observa cómo batallarás con el precio que pagarás por tus actos".

De inmediato, los ojos de Carrie se enrojecieron y gritó, temblando de rabia: "¡Cómo te atreves a decir esas barbaridades! ¡Asesina!".

Pero Christina se mantuvo tranquila, observando sin parpadear cómo el odio y la ira de Carrie explotaban.

Su falta de remordimiento solo acrecentaba el disgusto de Simon.

"¡Discúlpate!", exigió Simon, con la voz gélida y la mirada penetrante clavada en Christina. "A menos que quieras que salgan a la luz tus secretos de la cárcel".

"Han pasado tres años y sus métodos siguen siendo igual de ruines, señor Gilbert", respondió Christina con una leve sonrisa, sosteniéndole la mirada. "Pero, ¿por qué debería temer? Solo expóngalo si quiere".

Cade, que ya hervía de ira, notó que Christina estaba a punto de llevar a Simon al límite. Levantó la mano, dispuesto a abofetearla. "¿Estás loca? ¿Qué comportamiento es este?".

Pero justo cuando la bofetada estaba a punto de caer, alguien le detuvo la mano en el aire.

"No hay necesidad de alterarse tanto, señor Marshall. Christina no ha dicho nada fuera de lugar". Una voz serena cortó la tensión. Christina se giró, sorprendida, y encontró a Harold de pie, con una leve sonrisa en los labios mientras su mirada se posaba en Carrie y Simon. "He oído que ustedes dos intentaban intimidar a mi prometida para que se disculpara?".

¿Prometida? Cade se quedó inmóvil, atónito.

El rostro de Simon se ensombreció y entrecerró sus fríos ojos. "¿Desde cuándo Christina es tu prometida?".

Imperturbable, Harold tomó la mano de Christina y depositó un suave beso en la punta de sus dedos. Su sonrisa se ensanchó mientras la miraba fijamente. "Me enamoré de la señorita Marshall en el instante en que la vi. Lo juro".

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