Cerca de tu corazón

Corro lo más rápido que puedo por los pasillos de la escuela. Apenas salí de mi última clase los simios estaban esperando por mí y ni siquiera hubo una palabra de advertencia, me bastó con ver sus rostros sonrientes para saber que de aquí no me iba sin una golpiza.

Con lo mucho que me hubiera gustado patearles el culo, tuve que huir porque es obvio que si comienzo a pelear lo único que conseguiré es ser expulsado junto con ellos.

Por desgracia, en medio de mi escape, Liam me ve y se convierte en uno más de los persecutores, solo que a este sí le doy oportunidad para alcanzarme.

—¡Mason! ¡¿Por qué no solo intentamos defendernos?!

Frunzo el ceño y por mirarlo por un momento casi caigo al suelo.

—¡A ti no te persiguen! ¡Ve a tu auto, idiota!

Doblo por un pasillo que da hacia una puerta de salida por donde puedo escapar a la calle. Al intentar salir, maldigo por lo bajo porque tiene que estar bloqueado justo única vez que la quiero usar.

Sin otra opción más que quedarme ahí y esperar a que los monos no me noten, recargo mi espalda contra la pared.

De pronto escucho el silbido de unas zapatillas contra el piso y al ver que se trata de Liam, lo alcanzo justo a tiempo para arrastrarlo hacia el pasillo.

—¡Ay!

Cubro su boca porque detrás de él vienen los Sídorov. Lo sé porque sus risas nasales son un confiable indicador de su presencia. Ellos, después de mover su cabeza de un lado a otro, pasan sin siquiera notarnos. Tal vez creen que hemos ido hacia el otro lado de la escuela donde hay más posibilidad de hallar lugar para esconderse o mezclarse con los chicos que se dirigen hacia sus clases extracurriculares.

Dejo libre al principito que comienza a acomodar su ropa desarreglada.

—¿Por qué no los enfrentas?

—A ti te fue de maravilla la vez que decidiste defender a tu compañero.

Liam suspira, negando con la cabeza.

—Huir todos los días tampoco me parece un buen plan.

Salgo del escondite un momento. No hay señales de alguien rondando por ahí.

—Vamos —le digo.

Ambos damos largos pasos hasta el estacionamiento.

—Solo digo que si un día quieres pelear contra ellos…

—Estoy evitando a toda costa que eso suceda —admito, colocándome mejor la mochila—. Si reparto un par de golpes por ahí es obvio que los tres seremos expulsados.

—¿Qué?, pero estarías en todo tu derecho a defenderte. No hiciste nada malo, no como ellos.

—Aquí no hice nada malo.

Él iba a preguntar algo más, pero llegamos a su auto y no tuvimos más opción que apresurarnos a subir porque si seguimos expuestos esos monos nos encontrarán tarde o temprano. Camino a mi casa, porque parece que Liam no tiene una, en parte disfruto del silencio, pero también me molesta que mi acompañante no deje de fruncir el ceño.

—Si no querías huir conmigo debiste quedarte y pelear con esos simios.

—Estaba pensando que es momento de que alguien haga algo al respecto. — Suspira—. Como te dije hace unos días, ingresé a esta escuela el año pasado, pero como mucho me han molestado o encerrado de vez en cuando en un salón.

Río por lo bajo.

—¿No hiciste algo al respecto?

Él niega con la cabeza.

—No puedo moverme con tanta libertad como quisiera… Es decir, no acabaría expulsado, pero tampoco saldría sin problemas si mis padres se enteraran de que molí a golpes a esos simios solamente por un pequeño insulto.

Toso un poco para disimular la risa.

—¿Qué? —Él me observa con el ceño fruncido—. ¿No crees que sea capaz de defenderme?

—¿Acaso no puedo ahogarme con mi propia saliva? Esas cosas pueden pasar.

Liam enarca las cejas, volviendo a mirar el camino.

—Ya que estamos yendo para tu casa, ¿podemos hacer nuestras tareas juntos?

—Hum…

—Oh, vamos. Mason, es más sencillo cuando compartes tus problemas con alguien más.

—Tengo otras cosas que hacer aparte de la tarea.

—Puedo ayudarte con eso también —sugiere él—. Sé que estoy presionando mucho, pero no me gusta estar solo en casa… Es decir, disfruto de la soledad cuando quiero, aunque ahora no es el caso.

Froto mi cara con ambas manos.

—Tengo que ir al supermercado por algunas cosas, pensaba hornear galletas…

—¡Hornear galletas! —Liam casi brinca en el asiento—. Ahora no voy a dejarte hasta que me convides algunas.

Olvidé mencionar que era un tiempo para mí, pero supongo que por hoy puedo hacer una excepción. Liam parece un niño emocionado por un nuevo juguete y se siente bien entusiasmar así a alguien; no veo razón para apagar esa alegría con mis quejas.

En menos de quince minutos estamos en mi casa por lo que le pido al principito que me espere afuera mientras busco la lista de compras, algunas bolsas de tela y dinero. Cuando regreso a la entrada de la casa, él agarra las bolsas que le entrego para que pueda cerrar la puerta con llave.

—¿Por qué trajiste tantas bolsas? Podemos empujar el carrito hacia el auto y…

—Dijiste que me ayudarías con las tareas extras antes de las tareas de la escuela —le digo, sonriendo al final—. Mason no va al supermercado en auto.

Liam cierra la boca y asiente.

—Bien, será la primera vez que Liam cargue bolsas pesadas.

Niego con la cabeza mientras bajo por las pequeñas escaleras de la entrada.

—Si un solo vegetal acaba en el suelo, volverás al supermercado a buscar otro.

Él protesta, pero corre hasta alcanzarme y caminar lado a lado conmigo.

—¿Qué más hace Mason? —pregunta, jugando con una bolsa de color gris.

—Caminar en silencio.

Liam lanza un dramático suspiro.

—Bueno, te cuento lo que hace Liam. —Ríe, casi enredándose con las bolsas —. A esta hora llego a casa, como algo porque siempre tengo hambre, duermo un par de horas, hago esto y aquello y comienzo a hacer la tarea.

—Espera, ¿qué es esto y aquello?

Él mueve sus cejas arriba y abajo.

—¿Mason no caminaba en silencio?

Lo golpeo con una bolsa de color verde.

—Chistoso, ahora dame una explicación de lo que significa o voy a deducirlo por mi cuenta y no creo que saque buenas conclusiones.

El principito mueve sus labios de un lado a otro, luego señala hacia su izquierda.

—¿Aquí es donde haces tus compras?

Miro el pequeño supermercado.

—Trae un carrito —le pido.

Pensé que se quejaría, pero no hizo más que correr hacia la fila de carritos al lado de la puerta de entrada. Se tarda en regresar porque comienza a jugar con el carrito hasta casi chocar conmigo.

—Ey, contrólate o me encargaré de llevarlo.

Sostengo el carrito de compras para que no me atropelle.

—Voy a entrar —anuncia, tratando de meterse dentro de lo que se supone solo sirve para las compras.

—Espera, no seas infantil.

Liam ignora todo lo que digo ahora que está sentando dentro del carrito.

—Me importa una mierda si parezco infantil. Si todavía puedo caber en esta cosa, todavía puedo disfrutar de ciertos placeres de la vida.

Ruedo los ojos, empujando el carrito con él adentro. A decir verdad, creí que estaría más pesado, pero no siento que esté empujando una roca del tamaño de un planeta.

Dentro no hay gran cantidad de personas y nadie parece estar enojado porque un adolescente esté metido en un carrito de compras así que me ocupo de revisar la lista para saber dónde ir. De repente el carrito se mueve demasiado. Al mirar qué está sacudiéndolo casi no creo lo que veo. Liam está sacando frituras del último estante sin pensar que un solo movimiento fuerte podría tirarlo a él y toda una estantería repleta de papas fritas de distintos sabores.

—¡Bájate! No necesito eso.

Él deja cuatro paquetes de papas fritas sabor barbacoa y dos tubos de sabor clásico.

—Tú no, yo sí —insiste, volviendo a sentarse en el carrito—. No me mires como un padre soportando a su niño malcriado, tengo dinero para pagar por todo lo que compre y suficiente hambre para comerlo casi todo.

Ruedo los ojos y vuelvo a empujar el carrito hasta la sección de lácteos.

—Dime, ¿de qué exactamente haremos las galletas? —pregunta él mientras busco queso chédar.

Quizás el fin de semana haga hamburguesas y para eso necesito…

—Mason.

—Si en algún momento tengo hijos, cosa que dudo, jamás los traeré al supermercado. —Volteo a ver a mi sonriente socio—. ¿Qué quieres ahora?

—Te preguntaba qué galletas haríamos.

Rasgo el final de la larga lista de compras y se la entrego.

—Esos son los ingredientes que me faltan. Haz algo útil, ve por ellos mientras yo busco la demás comida para existir.

Liam asiente y baja del carrito con la pequeña lista.

—¡Te encuentro en la sección de chocolates! —le grito al recordar que debo regresar con él.

No sé si me escuchó, pero no me importa demasiado, lo buscará cuando acabe con mis compras.

Al fin tengo mi momento de paz para escoger lo que hace falta. Empiezo por los lácteos. Me tomo mi tiempo para escoger vegetales frescos, frutas de estación, reviso si llegaron las nuevas especias que me aseguraron —cuando vine la última vez— tendrían a partir de este mes y hago una selección meticulosa de carne para las hamburguesas que deseo comer el sábado o el domingo. Feliz de que el carrito de compras esté medio lleno, voy hacia la sección de chocolates donde encuentro al principito sosteniendo un canasto con varias barras de chocolate, los ingredientes que necesito para hacer las galletas y dos bolsas de dulces.

—¿Cómo puedes necesitar todo eso?

Él voltea para verme, sonriendo de manera inocente.

—Tengo hambre, todo lo que mis ojos vean y me guste no se salvará de ser devorado.

Antes de que decida llevarse hasta las conservas, lo arrastro conmigo para pagar todo lo que compramos, pero cuando paso por la sección de revistas me detengo un instante para ver si no está aquí la nueva entrega de Cupcake, una revista que siempre me gusta consultar porque explica muy bien cómo decorar pasteles y otras delicias dulces. Podría ver tutoriales o algunos cursos gratuitos por internet, pero esta revista junta los mejores consejos de dos de mis chefs pasteleros favoritos y me ahorra mucho tiempo de investigación.

—¿Qué estamos mirando?

Liam se para a mi lado.

—Nada.

Esa revista está agotada en todos los lugares donde pregunté. Se supone que este mes sería un número especial, pero tampoco me puse a pensar que toda una ciudad querría leerlo.

—Mason, deberías leer Mira y cocina, Cocina y otras manías o El maravilloso mundo de los postres —sugiere el principito—. Además de tener varios consejos de expertos, tienen especiales sorpresa con diferentes chefs todos los meses.

Abro y cierro la boca varias veces.

—¿Por qué sabes todo eso si tu única especialidad es comer?

Liam se encoje de hombros.

—Uno debe saber de todo en esta vida, ¿no?

Sonriendo con picardía, se adelanta hacia las cajas de pago automático.

Negando con la cabeza, voy a hacer lo mío que es pagar por todo esto.

Luego de unos pacíficos minutos, él aparece con cara de necesitar algo.

—No me digas, necesitas bolsas para tus cosas.

Liam sonríe, inclinando un poco su cabeza y pestañeando rápidamente.

—¿Por favor?

Le presto dos bolsas, lo que me deja con un problema porque tengo que sobrecargar las demás y correr el riesgo de tener la mitad de mis alimentos en el suelo antes de llegar a casa.

A la salida del supermercado, Liam se ve demasiado serio.

—No te llevas la peor parte —le digo—. Quien tiene como cinco kilos de cosas en cada brazo soy yo.

Él sonríe, sonrojándose un poco.

—Eres gracioso.

—Algo que me he estado preguntando es ¿cómo un chico que parece encajar mejor en una institución de prestigio terminó en una escuela como la nuestra?

El principito rasca un lado de su mejilla.

—Porque un día le dije a mis padres que… No hubo una buena… Es decir, no me… Por una y otra razón decidí estudiar donde ahora estudio. No es una historia muy interesante.

Le creería si no hubiera tardado más tiempo en decir nada que en responder. La charla muere sin siquiera haber empezado porque llegamos a mi casa y él corre hasta subir las escaleras de la entrada. Luego de maniobrar las bolsas y el giro de las llaves en la cerradura, llegamos a la cocina donde me libero del peso de las compras.

—¿Qué hay de ti? —pregunta—. ¿Por qué Brody dijo que podías arrinconarme contra una pared exigiendo un teléfono?

Busco los condimentos que compré porque me gusta organizarlos según la cantidad que queda en comparación a los que ya tenía.

—Bueno, parece que no lo dirás. —Escucho el crujido de una bolsa mientras él habla—. Entonces pregunto otra cosa: ¿cómo aprendiste a cocinar?

—Siempre tuve que cocinar para mí mismo. Pensé que si así iba a ser para siempre entonces era buena idea aprender.

—Eso suena razonable. Ahora, siguiente pregunta: ¿dónde están tus padres?

Saco un frasco vacío de adentro de la nevera. Creo que debo comenzar a recordarle a Brody que no deje estas cosas ahí.

—Otra pregunta que no quieres responder.

—Deja de comer, comenzaremos a hacer galletas —Llevo hasta la pequeña mesa los ingredientes que necesitamos—. Te enseñaré a hacerlas, presta atención.

Él se deshace de sus papas fritas y parece dispuesto a escuchar.

—Podríamos haber comprado la masa para galletas —opina, robando algunas chispas de chocolate que caen de la bolsa cuando la vierto en el tazón—. Te advierto que deberás hacer todo el trabajo porque no te garantizo que me salgan bien.

—Prefiero hacer las cosas yo mismo. —Me acerco hacia el horno para colocar la temperatura ideal de precalentado—. No te preocupes, conmigo supervisándote es imposible que hagas un desastre en mi cocina.

Liam ríe y escucho que revuelve las pequeñas chispas que irán en las galletas.

—Deja de comer todo lo que encuentras. —Regreso a la mesa y aparto el tazón con chocolate de sus manos—. Ahora presta atención.

Le pido que bata la mantequilla con el azúcar hasta obtener una mezcla con textura de crema completamente homogénea mientras yo comienzo a tamizar harina.

—Esto lo sabe hacer mi madre, yo soy un desastre —comenta mientras trata de integrar los ingredientes.

—¿No hacías galletas con tus amigos?

Liam niega con la cabeza, esforzándose por batir lo que está en el bol más grande.

—La verdad es que nunca fui de esos chicos que disfrutan de una tarde cocinando galletas.

—Lamento aburrirte con mis muy tranquilas tareas de abuelito —bromeo, observando cómo se ve lo que estuvo batiendo.

—Lo que quiero decir es que antes era muy… No tenía los pies bien puestos en la tierra. Ahora intento cambiar eso porque sucedieron cosas que me llevaron a pensar que era mejor comportarme. —Sonríe, batiendo un poco más la mezcla que acaba de formarse—. A decir verdad, me gusta pasar el tiempo así.

Agrego harina lentamente a lo que está revolviendo, pero me aparto cuando Liam comienza a soplar y causa que un poco de harina explote por los costados.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa? —Ríe—. ¿Esto?

Él pellizca un poco de harina de la mesa y la arroja hacia mi cara.

—Detente.

—¡Como en las películas!

Toma un puñado de harina y la arroja contra mí.

—¡Deja de hacer eso! —Casi rompo el tazón lleno de harina cuando lo dejo contra la mesa. —¡Si no vas a tomarte esto en serio, no hagas nada!

Liam parece petrificado en el lugar, pero rápidamente baja la mirada.

—Lo siento, a veces no puedo regular muy bien mi temperamento. —Me apoyo en la mesa—. No te preocupes, no sucede seguido y no comenzaré a golpearte porque sí. A pesar de ser tranquilo la mayoría del tiempo, todavía tengo que ir a terapia para controlar algunos impulsos, pero no es nada grave.

Él asiente, sonriendo un poco.

—Está bien, era esperable que hicieras eso. —Sacude los restos de harina que quedaron en su camisa rosa—. Puedo ser un poco infantil y molesto de vez en cuando; me lo dijeron muchas veces.

Busco algo para limpiar el desastre de harina que hay en la mesa.

—Y no has cambiado a pesar de que suelen decirte eso.

—No. —Ríe—. Antes era peor, ahora por lo menos hago estas cosas con moderación.

Terminamos de preparar la masa para las galletas. Después Liam le agrega tantas chispas de chocolate que al final parecen galletas marmoladas, pero por lo menos no juega con los ingredientes ni se los come a pesar de que vea con mucho cariño las chispas que sobraron.

Antes de guardarlas, agarro un poco y se las dejo en la mano.

—Por tu esfuerzo.

Liam sonríe y comienza a comérselas.

—Me haces parecer una mascota que recogiste en la calle, se portó mal y ahora que reflexionó sobre su comportamiento merece una recompensa.

—No podrías haberlo dicho mejor —agrego, sonriendo sin querer.

***

Al salir del trabajo apenas dieron las dos de la tarde. Clover curioseó tanto como pudo hasta que le dije desde la puerta que iba a ver a mi terapeuta. Al instante dejó de preguntar y volvió a sus quehaceres en la tienda porque, como todos los que escuchan esa palabra, se impresionó hasta tragarse la lengua. Creo que ella pensaba que yo era de esos chicos que arreglan sus problemas echándoselos a los demás.

Las sesiones, a pesar de no ser tan seguidas como antes, me ayudan a no volverme loco en vez de tratarme porque lo estoy. Antes no creía que alguien fuera capaz de estudiar para entender las miserias mentales de los demás. Esa fue una de las razones por las que me costó tanto poner un pie en el consultorio de la doctora Payne. Otra razón, tal vez la menos importante, es que al principio no me ilusionaba con la idea de que alguien pudiera acomodar con éxito una cabeza llena de pensamientos y recuerdos torcidos.

Hasta hace poco no podía verme de otra manera que no fuera una persona llena de mierda y años desperdiciados en una vida miserable. Por esto también ir a terapia fue una guerra conmigo mismo, una tan fuerte que al final pensé seriamente si el mal estaba a mi alrededor o era yo el que se hacía daño y culpaba a los demás de eso. Cuestión que todavía no he resuelto, entre otras tantas que siguen ahí mordiendo y arañando de vez en cuando.

Paciencia y temperamento, por ejemplo, son cosas que de vez en cuando debo recordar tengo y necesitan ser controladas. Sin embargo, he progresado hasta el punto de sentirme bien, cómodo, tranquilo, y de algún modo feliz por esta vida sin preocupaciones mayores a dos simios queriendo jugar un rato.

Es más, en la sesión de hoy la doctora Payne propuso como tarea que sea más abierto a las experiencias normales en la vida de un adolescente, como lo es conocer gente de mi edad e intentar hacer amigos.

Otra cosa que trato siempre de sacar de mi sistema es que no me considero un chico, tampoco un hombre, solo alguien que vivió tantas malditas experiencias que bien podría tener la mente de un viejo de setenta años, veterano de guerra y con más groserías memorizadas que cualquier exconvicto.

Por otro lado, habiendo tocado el tema de que ahora tengo un nuevo compañero que me sigue a todos lados, mi terapeuta tiene razón al decirme que me siento incómodo con la situación porque yo mismo intento aislarme lo más posible. No lo explicó con esas palabras, pero se entiende que ahora tengo esta especie de autoflagelación por esos años de culpa y violencia, condimentos de un círculo vicioso que apenas pude dejar atrás.

De la sesión salí con el cerebro revuelto. En ese sentido no he cambiado mucho.

Al salir del consultorio de la doctora Payne, llegué a mi casa, me puse ropa de gimnasia y salí a correr como todos los días. Después debo regresar y seguir con la demás rutina de entrenamiento que armé esta semana. Ahora es solo un relajante y divertido pasatiempo.

Relajado luego de cinco minutos de respirar aire fresco, alcanzo mi teléfono y reviso las tres únicas redes sociales que manejo: Twitter, Pinterest y Tumblr. Como no hay nada interesante en las otras, vuelvo a Twitter para ver si encuentro algún chisme interesante rondando por ahí. La red del pajarito no defrauda, al instante noto un hilo que es tendencia. Este hilo trata sobre malas experiencias en el amor, como si no bastaran los cuentos de farándula para aclarar y mostrar que hay personas idiotas en el mundo y otros mucho más estúpidos que salen con esos idiotas.

Aparte de mensajes depresivos, también hay varios tweets de un influencer famoso en este último par de meses. Este tipo está quejándose porque su exnovio era una perra en celo que solo quería tener sexo y no le interesaba construir una relación juntos.

No sé cuál es el problema. Existen las relaciones de amistad, las amorosas y luego vienen los subtipos de esas relaciones que son los amigos sexuales y los amantes. Tal vez haya más, pero hasta ahora las que conozco se clasifican de ese modo. En este caso el idiota se consiguió un compañero sexual que tenía bien puesta la cabeza en lo que estaba haciendo y quería.

Un silbido se me escapa porque el idiota del que tanto habla este otro idiota se llama Liam. Podría tratarse de otro Liam; es un nombre muy común y no tendría que asociarlo al chico que conozco. Leo los demás tweets al tiempo que comienzo a hacer mi camino a casa. Varios dicen que ese chico no merece tanta condena, otros le reclaman que para qué se hicieron novios siendo tan tóxicos, y así hay infinidad de opiniones que nadie pidió al respecto.

Al entrar en mi casa voy directo a mi cuarto porque quiero averiguar más acerca de este chisme. De repente, el tono de llamada del móvil corta el desliz de mis dedos sobre la pantalla.

—Llamaste justo a tiempo, acabo de regresar de correr.

—Yo estoy comiendo como ballena —admite el principito, pero su tono de voz no es alegre—. Somos tan opuestos.

—¿Y me llamaste para…?

—¿Querrías ir al Zoológico conmigo mañana? Iba a ir con mi papá, pero tuvo que volver a su trabajo antes de lo esperado.

Me acuesto en la cama, colocando una mano detrás de mi nuca.

—Seguro, no tengo nada que hacer mañana y jamás he ido.

Lo cierto es que mi antigua casa quedaba cerca del zoológico y aun así jamás pude conocerlo.

Liam exhala con fuerza, luego escucho el crujido de una bolsa de frituras.

—¿Te pasa algo?

—Estoy enojado por algo que pasó y comer me ayuda a calmarme, por así decirlo.

Me enderezo.

¿Debería o no mencionar eso que vi?

—¿Tiene algo que ver con MK Angus?

—Esperaba que de todos los chicos que conozco tú no te enteraras de eso.

Él se oye más enfadado que antes.

—El imbécil confesó ciertas cosas en un hilo de Twitter. Por desgracia, tengo Twitter.

El principito vuelve a exhalar, maldiciendo al final.

—¡Maldito hijo de puta! Oh, lo siento, eso no era para ti.

—No te preocupes. —Rasco mi nuca no sabiendo muy bien qué decir—. Si te hace sentir mejor, cuando nos conocimos los dos estábamos vestidos con peste. Se podría decir que no tenemos mucha suerte en la vida.

—¿Puedo ir a tu casa? Por favor, no quiero estar solo en mi habitación comiendo todo lo que encuentro.

Esperaba pasar tiempo a solas… Bueno, no es como que sea necesario, puedo hacerlo otro día.

—Te espero.

Al terminar la llamada me doy cuenta de que ya no podré seguir con el resto del entrenamiento que había planeado. Armando un nuevo plan, alcanzo ropa limpia y me apresuro a entrar al baño para tomar una ducha antes de que Liam llegue.

Diez minutos más tarde, salgo de mi cuarto hacia la cocina porque todavía tengo tiempo hasta que llegue el principito y voy a aprovechar ese tiempo para comenzar a hacer la cena.

En la cocina, miro los alrededores notando que a algunas cosas les vendría bien una limpieza rápida, también he dejado varios platos sucios en el fregadero y unas cuantas manzanas que compré están por rodar de la encimera de mármol. Antes que nada, consigo lo que necesito para empezar con la rápida limpieza. Hacer eso ya es común para mí, no despierta esa sensación nueva y relajante que nació cuando llegué a la casa de Brody por primera vez hace como dos años atrás. En esa época sentía que era un cadáver sacado de una tumba profanada más que un adolescente, pero mi tutor hizo un buen trabajo ayudándome a salir adelante. Me dio libertad para hacer lo que me pareciera cómodo, hasta tengo autorización para mover algunos muebles en su casa o arreglar una que otra cosa si es que lo considero necesario.

Por un tiempo no hacía más que encerrarme en mi cuarto, golpear el saco de boxeo tanto como pudiera, escuchar música hasta reventar mis oídos y tratar de asimilar que esta nueva vida no venía con los peligros que había en la anterior. Pasaron bastantes días hasta que me animé a colaborar en el jardín con él o ayudarlo en otras cosas. Brody me enseñó a usar la máquina para cortar el césped y el hacha porque quería convertir un tronco grueso y grande en asientos que rodearan la mesa de jardín que consiguió por ahí. Fue una tarde agradable.

Dejo caer en agua hirviendo los vegetales que empecé a cortar cuando acabé de ordenar la cocina. Lo primero que hice cuando llegué a la casa de Brody, estando a solas, fue cocinar un caldo de pollo. No sé qué me llevó a elegir esa comida en especial, aunque si vamos por el hecho de que estaba por primera vez en mi vida en una casa normal, diría que fue para amigarme con la sensación cálida que me rodeaba.

Pude disfrutar en paz el empinar la cabeza para olfatear el aroma del caldo que se perdía por todos los rincones.

Con este serán tres años de libertad.

De repente escucho golpecitos contra la puerta principal. Saco la olla del fuego, apago la cocina, y voy a abrirle al principito.

—Hola —saluda Liam con ambas manos metidas en los bolsillos de su cazadora verde.

Me aparto de la puerta y él camina a grandes zancadas hasta la cocina.

—¿Has estado cocinando? —pregunta cuando me acerco a él—. Huele increíble aquí dentro.

—Como alguien cambió mis planes, improvisé.

Liam se sienta con todo el peso de la furia en una silla que aparta de la pequeña mesa.

—Entonces…

—¿Tienes algo que pueda golpear? —De repente su mirada afilada me hace tragar saliva—. Me demoré porque estaba conversando con un idiota que… Quisiera dejar todo esto en algo que no sea comida, ¿sabes?

Enarco una ceja.

—¿Por qué supones que yo tengo algo de eso?

Él rueda los ojos, exhalando con fuerza.

—Mason, tienes los nudillos con cicatrices. Jamás mencionaste que fueras a un gimnasio en particular por lo que deduzco hay algo aquí que te ayuda a ganar esas marcas.

Iba a decir algo más hasta que él levanta una mano.

—Antes de que digas que me romperé algo, sé karate. Conozco los dolores musculares, quebraduras, rasgarse un músculo, que un hueso se descoloque, esas cosas.

Muerdo mis labios para no reír.

—¿En serio? Bueno, vamos a divertirnos. —Voy a la puerta que da hacia el jardín—. No necesitas un saco de boxeo cuando tienes a alguien que aprendió tres artes marciales.

—¡¿Qué?! ¡¿Con qué necesidad?! —Liam me sigue—. Eso es genial.

—Debería preguntarte lo mismo, ¿qué necesidad tenías de aprender karate?

Él se encoge de hombros, estirándose un poco.

—Si iba a ser un chico con hormigas en el culo, tenía que saber lidiar con las consecuencias. —Su mirada de repente es la de alguien evaluando posibilidades—. No te contengas, necesito sacar muchas cosas.

En un segundo estoy esquivando el golpe que el pequeño intentó darme. Sonrío, hace tanto tiempo que no peleo con alguien que es inevitable sentir la vieja satisfacción que recorría mi cuerpo cuando lograba hallar un saco de carne para golpear.

Me lanzo contra él, pero en el momento en que intento golpearlo, bloquea los golpes volviendo la fuerza contra mí, tratando de que por el mismo esfuerzo me desestabilice.

Intento encontrar un punto débil o barrerlo con mis pies; pero cada que intento derribarlo, esquiva el ataque con una maestría única. Liam combina el esquive con golpes fuertes y dirigidos hacia las partes convenientes y mi defensa trastabillada por la rapidez de su cuerpo.

—¡¿En cuántos problemas te metiste para necesitar todo esto?! —le pregunto, pero por hacer eso pierdo la concentración y él logra darme una patada que me lanza contra el césped.

El principito se apresura a lanzarse de nuevo contra mí, pero ya tengo más o menos estudiados sus rápidos movimientos por lo que lo agarro y vuelco contra el suelo. Eso hace que pierda un poco el aire y quede desconcertado ante la cercanía en la que estamos ahora.

—Sabes defenderte, hasta cierto punto —reconozco.

Él sonríe, respirando agitado y dejando caer la cabeza en el césped.

—¿Quién dijo que acabó?

Nos convertimos en dos malditos perros encarnizados o dos leones intentando pelear por un pedazo de carne. Cualquiera sea la comparación, no me importa, es tan divertido al fin poder pelear con alguien solo por diversión.

Luego de revolcarnos en el césped, acabamos intentando salir de una llave mortal en la que nos envolvimos por tratar de vencer al otro. Por suerte solo dura cinco minutos el enredo y al final los dos estamos tosiendo en un costado, además de agarrar nuestros cuellos y casi arrastrarnos como esclavos por agua.

Volteo hacia el principito que parece querer fusionarse con el césped.

—Eso fue increíble —murmuro.

—Liberador, pero realmente te metes en el papel, ¿eh?

De repente lo veo frotarse un lado de su hombro.

—¿Te lastimé? —pregunto, acercándome—. Lo siento, hace mucho que no hago esto y no solía ser muy amable.

Liam detiene mi mano.

—Está bien. Hice un mal movimiento al caer, nada más.

Me aparto cuando noto que estamos demasiado cerca e intento levantarme para sacudir mi ropa.

—¿Podrás lidiar con eso si en la escuela comienzan a molestarte? —hablo sin ningún tono en especial—. Puedo acompañarte todo el tiempo que quieras, es decir, no me importa si lo que dijo ese sujeto sea verdad o no.

Cuando vuelvo a mirar hacia el principito, este dejó de tener un rostro enfermo de rabia para pasar a un asombro que lo obligó a tener los ojos muy abiertos por un par de segundos.

—¿De verdad estarás conmigo todo el tiempo? —pregunta—. Eso es muy lindo de tu parte.

Sus ojos color laurel son lo primero que veo antes de darme cuenta de que hay una sonrisa coqueta en su rostro, acompañada de la leve inclinación de su cabeza y pestañas moviéndose fugazmente.

—No es nada del otro mundo. Me agradas, por eso es fácil ser bueno contigo.

Liam parece pensar lo que dije.

—No entiendo cómo es que no tienes amigos. —Él deja algunos mechones detrás de sus orejas—. Eres genial, divertido y un cocinero excepcional.

—Sobre ese idiota… —Sacudo mi ropa llena de pasto—. Debes ser honesto con la próxima persona que te guste; te ahorrarás muchos problemas.

El principito se ve confundido, intenta decir algo, pero luego se calla y vuelve a pensar.

—He de decirte que con Angus tuve una aventura de un mes. Ambos estudiábamos en el Wincoll, empezamos a conocernos, me sirvió para perder el tiempo, pero era demasiado pegajoso y yo ya estaba cansado de eso.

Mis cejas se disparan hacia arriba.

—¿Por qué me estás explicando eso a mí?

Él ahoga una risa.

—Estoy siendo honesto con alguien que me agrada. ¿Qué tiene de malo ser sincero con alguien que te agrada?

Por dos segundos no sé qué decir a eso, después decido que lo mejor que puedo hacer es callar.

Él inclina la cabeza hacia un lado y algunos cabellos dorados cubren su cara.

—¿No te agrado?

—No es eso —respondo rápidamente—, nada más me sorprendiste.

Liam vuelve a enderezar su cabeza.

—Nadie es honesto sobre las cosas que hizo mal, pero por mí no hay problema —comenta, dejando sus manos atrás.

—¿Qué?

—Como dije antes, soy consciente de lo mal que me porto, o me portaba. Tuve que aprender a lidiar con las consecuencias, entre otras cosas.

—¿Por qué no vamos a mi habitación y me cuentas un poco sobre tus locuras y consecuencias?

Liam sonríe de lado.

—No te atrevas a distorsionar lo que dije —advierto, sabiendo muy bien que esa sonrisa pícara no trae nada bueno—. Tengo tarea que hacer, pero también quiero saber qué clase de consecuencias te llevan a tener que saber karate para lidiar con ellas.

—Ah, ahora eres curioso.

Empujo a Liam para que avance hacia mi cuarto mientras él ríe en voz baja. Al pasar por la puerta, el principito pasa varios minutos observando todo lo que hay alrededor, que no es más que un escritorio contra una pared con imágenes pegadas de mi banda favorita, una cama pequeña, ventana y la pequeña sección que uso para mi entrenamiento diario. Esa parte parece ser la que más le interesa porque empuja el saco de boxeo que me regaló Brody para mi cumpleaños número diecisiete y se prueba unos guantes negros que casi no uso.

Es como si hubiera entrado a un mundo paralelo y quisiera documentar con los ojos todo lo que estos lleguen a alcanzar. Por suerte me dediqué a limpiar este lugar ayer en la noche o estaría intranquilo al saber que se parece mucho a la casa del terror en la que vivía.

Mientras el principito decide ubicarse en mi cama, yo voy directo a mi escritorio para revisar lo que tengo que hacer para mañana. Sé que no es difícil, no creo que me lleve más de una hora.

—Entonces, ¿qué quieres saber? —pregunta Liam, elevando ambas piernas hasta tenerlas en ángulo recto.

—Lo que quieras contar.

Paso algunas páginas de un libro que estaba leyendo hace un par de días. No era para nada interesante, pero tenía un pequeño misterio que quería saber cómo acababa.

—Empecemos con por qué fui expulsado del Wincoll.

—¿El qué?

Liam gira su cabeza hasta cruzar miradas conmigo.

—Winchester College.

El libro estuvo a punto de resbalarse de mis manos.

—Tenía quince cuando pasó. Era un mocoso con libertad para ser yo mismo, divertirme, disfrutar de mi familia y amigos. Lo tenía todo y estuve cerca de perderlo todo. —Sus piernas caen con toda la fuerza de gravedad hacia abajo—. No era feliz asistiendo a un internado como el Wincoll y se lo dije a mis padres, pero ellos tienen esta frase: todo lo que empiezas lo has de terminar. Entonces no me quedaba más remedio que soportar esa brillante educación y libertad para expandir mi cerebro hacia los horizontes que más le gustasen.

—Eso no suena mal —opino, dejando de lado el libro y buscando mi mochila—. Es mejor que estar pendiente de quien te embarrará en mierda durante la semana.

O cuando van a ahorcarte de repente y esperar que te liberes o mueras en el intento.

—No es malo, obviamente, pero era un mocoso estúpido que no sabía cómo poner los pies sobre la tierra. Creía disfrutar de mi libertad haciendo lo que quería cuando quería y como quería, pero estaba desperdiciándola. Pensé que lo tenía todo controlado, luego llegó el choque con la realidad y el momento de bajar la cabeza porque no podía ver a mis padres a la cara.

Liam se sienta con las piernas cruzadas y los codos sobre las rodillas.

—Todo empezó cuando decidí salir con cuantos chicos quisiera porque debía encontrar algo interesante en ese lugar lleno de estudio. Por un tiempo me fue bien, estaba un poco más alegre y quizás mi promedio subió, pero eso no bastaba, no hallaba mi lugar allí y estaba harto de los altos estudios.

—Espera, espera. —Alzo ambas manos—. ¿Demasiado tranquilo para tu gusto?

Liam asiente.

—Quería diversión, quería vivir otras cosas. No me sentía con ganas de pisar tierra y pensar en mi futuro, por eso decidí que quería vivir el ahora y en ese momento mi mayor meta era disfrutar… Oh bueno, lo que creía que era disfrutar.

Niega con la cabeza, frunciendo el ceño.

—Para resumirlo, entre tantas travesuras que hacía, un día decidí pasar el fin de semana con un chico que me gustaba a pesar de que este estaba en el closet.

Río por lo bajo.

—¿Un gay en el closet? Has visto de todo, ¿no?

—Shhh, esa no es la mejor parte. —Al bajar un dedo de sus labios, una sonrisa egocéntrica aparece—. Entonces, pasamos un lindo fin de semana y me olvido del colegio por unos días, pero cuando regreso me entero de que me creían desaparecido y mis padres estaban como locos buscándome por todo Winchester.

Liam apaga su sonrisa.

—Cedric, mi mejor amigo, trató cuanto pudo de explicar a mis padres qué pasaba, pero no sabía dónde rayos me había ido así que no importaba con cuanta cosa lo amenazaran, no podría decir mucho.

Froto mi nariz para evitar silbar por los hechos que estoy escuchando.

—Recibí una buena zarandeada de mi madre, mi padre me dio una bofetada en público y fui arrastrado hasta la oficina del director con este chico que estaba petrificado. —Liam se cruza de brazos—. Ese chico también pensó que lo tenía todo controlado, pero no fue así. ¿Qué puedes controlar a los quince años?

Me imagino que eso fue el escándalo de la década en ese colegio porque no han de haber chicos dinamita, como el que está en mi cama, saltando por las paredes para fugarse con alguien.

—Los padres de ese chico también estaban ahí para devorarnos vivos a los dos, pero el muy idiota comenzó a decir que todo fue mi culpa y que yo era un maldito marica que lo llevó engañado. —Agita una mano—. Ni siquiera recuerdo cuantas mentiras dijo para que sus padres hiper conservadores no lo desheredaran.

Él vuelve a acostarse en la cama.

—Ahí fue cuando la mariquita sacó las garras.

Liam toma impulso y de un salto queda frente a mí.

—¡Por Alina que iba a defender mi honor! —exclama, entornando la mirada—. Lo que hice no me enorgullece, pero desde que recibí la bofetada de mi padre supe que era el momento de recolectar lo que coseché.

—¿Quién es Alina?

—La protagonista de una serie que debes ver. Entonces, estaba con todos encima de mí queriendo quemarme en una hoguera, pero saqué mi teléfono y mostré los mensajes que el chico me enviaba para que vieran que tan hetero no era. —De pronto sus hombros caen y su mirada también—. O sea, saqué del closet a ese chico porque no quería que mi culo arda solo.

—¿Tengo que aplaudirte o condenarte? —bromeo, pero se me borra la sonrisa cuando él me mira con recelo.

—Un poco de las dos, pero defendí mi trasero en llamas, aunque mis padres me vieron como el puto que era en ese momento y recibí un concierto de insultos homofóbicos por parte de los padres hiper conservadores.

Liam deja sus manos en las caderas.

—Theodore tenía razón al escandalizarse tanto por lo que hice.

—¿Quién es Theodore? —Ya no sé ni por qué pregunto.

—Un amigo. Después de eso los dos fuimos expulsados, mi mamá casi me da una bofetada por haber sacado del closet a un chico y mi padre ni siquiera quería verme… Fue una mierda.

El principito se sienta en el suelo y comienza a jugar con las agujetas de sus tenis. Después de unos segundos de silencio levanta la mirada.

—¿No ibas a hacer tarea?

—Luego de todo ese drama, ¿qué pasó? ¿Tus padres siguen molestos contigo?

Liam abraza sus piernas y apoya el mentón en sus rodillas.

—Pasé un tiempo en un reformatorio especialmente diseñado para mí, hice una que otra cosa más en ese tiempo por pura rebeldía, pero al final logré pisar tierra y ver qué rayos había hecho. —Su mirada de repente se vuelve distante—. Me costó mucho recuperar la confianza de mi familia, probar que ya no era un revoltoso y que me perdonaran.

Asiento, bastante interesado en todo esto.

—Lo peor fue perdonarme a mí mismo. Eso me llevó más tiempo, incluso diría que de vez en cuando vuelvo a martirizarme con las cosas que hice, pero siempre recuerdo que ya no soy así e hice mucho para mejorar. —Sonríe, estirando las piernas—. No olvidé lo mal que me porté, solo adquirí cierta madurez para vivir con ello sin que me ciegue del presente.

Suspiro, mordiendo un poco mi labio inferior.

—¿Es tan fácil? —murmuro.

—¿Mmm? —Ambos cruzamos miradas—. ¿Qué cosa? ¿Vivir con los errores del pasado? No. Lo único que me facilitó un poco la cuestión es que ya sabía que un día tendría que lidiar con las consecuencias de mis actos, además de que me mentía a mí mismo de que sabía hasta donde llegar. Fallé terriblemente, pero fue más fácil salir a flote porque estaba preparado para luchar contra eso.

—Es decir, sabías que estaba mal, pero aun así quisiste hacerlo.

Liam asiente, rascando su nuca.

—No suena muy bonito, lo sé.

Tampoco lo es la carga que tengo encima y todavía no puedo aceptar.

—Así que por eso acabaste en esta escuela, ¿cómo un castigo de tus padres?

El principito se levanta y comienza a revisar las cosas que tengo en mi escritorio.

—No, eso fue mi decisión. —Sonríe mientras observa algunos posters de mi banda favorita—. Ya no quería que gastaran un dineral en educación que no aprovecharía. Quise trabajar, pero mis padres dijeron que terminara de estudiar sin más complicaciones.

—Bueno, eres todo un chico malo.

Él sonríe de manera coqueta.

—No lo esperabas, ¿eh?

—No. —Sonrío, apartando la vista de sus bonitos ojos—. Tampoco está tan mal.

Liam suspira, apoyándose en el escritorio.

—¿Sigo agradándote? Muchas veces les he caído mal a los demás por las cosas que hice. Es algo así: este es un rebelde que nunca cambiará, no hay que juntarse con él.

—No veo razón para que dejes de agradarme, a menos que sigas molestándome mientras cocino —advierto—. No me gusta que jueguen con algo que a mí me parece importante.

El principito dice que sí con la cabeza.

—Está bien, no te molestaré cuando hagas las delicias que preparas. —Pestañea con delicadeza—. ¿Sabes? Eres la primera persona, fuera de mis amistades, que conoce lo que me pasó.

Por un momento olvido mirar hacia otro lado y consigo una vista panorámica de su sonrisa simpática y los ojos color laurel. Trago saliva y busco cualquier otra cosa donde posar la mirada.

—¡Ey! Te ayudo con tu tarea —dice, dándose vuelta hasta quedar de frente al escritorio—. No estudié por puro placer en el Wincoll. Las tareas que nos dejan en la escuela son diez veces más fáciles que lo que debía hacer antes.

Me estiro en la silla mientras él saca cosas de mi mochila.

—Voy a sacarte provecho hasta el cansancio —confieso—. Trae muchos beneficios andar contigo.

El principito sonríe con timidez.

—Es un halago extraño, pero lo acepto.

Seguir leyendo
Lee la novela completa en Moboreader
UDesbloquear todos los capítulos
Abrir el sitio web oficial
Capítulos
Personalizar

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.