Ceos corruptos

Y la reacción no se demoró en llegar.

—No empieces a joder tan temprano y fíjate un poco más en ti mismo que eres un desastre. Acaba de buscarte una mujer que te prohíba ponerte la misma ropa del día anterior y te mantenga limpiecito y arregladito —dijo en tono burlón—. Y ni se te ocurra volver a coger un cigarro o ahí sí que vas a tener que buscarte un bicicleta o carriola, lo que más te convenga.

La miró de reojo y sonrió. Reconociendo que ella sí estaba impecable.

—Elena, flaca. La camisa sí me la cambié, no tuve tiempo de estar buscando otros pantalones y si estás tratando de sonsacarme, dispara para otro lado. Eres casada, me llevo bien con Alejandro y sabes que eres como mi hermana. Además estás muy mala, no sé cómo a él le puedes gustar —contestó riendo.

—Ni loca, papito, ni loca me enredo contigo, además Alejandro sí sabe darme por la misma costura, solo comentaba porque ni afeitarte pudiste, y todavía tienes aliento a ron. Y de mala nada, las flacas tenemos nuestro encanto y la facilidad de hacer cositas que las gorditas no pueden —refutó a carcajadas, a la par de girar el volante en dirección al Puente de la Concordia sobre el río Yumurí, una de las unificaciones de su barrio con el resto de la ciudad.

—Qué clase de domingo más cabrón este, ni dormir la mañana pude. Y a ti, ¿a qué hora te llamaron?

—Como a las seis y media; pero bueno, anoche me acosté temprano, así que estoy despejadita.

—Pues yo no, así que para en la cafetería del parque para tomarme un café que lo necesito —alegó intentando mirar hacia el exterior por el empañado cristal.

Cuando arribaron, ya la llovizna había cesado presagiando otro caluroso día que tal vez culminara en fuertes aguaceros. Al apearse dos agentes los esperaban manteniendo a distancia a varios curiosos de la cuadra y a otros que transitaban de casualidad, o no, por la cuadra.

Marcial levantó la vista para observar bien el antiguo inmueble y Elena, dirigiéndose a los policías, preguntó:

— ¿Es aquí dentro? —lejos de recibir respuesta los dos se mantuvieron indiferentes a la pregunta y aguardaron porque fuera Marcial quien les preguntara. Este lo notó y les habló, aunque no como esperaban.

— ¿No la escucharon, qué coño les pasa? ¿Ustedes también son del grupito de comemierdas que están haciendo campañita con el sargento, Evelio cabrera para que la retiren de investigación por ser mujer?... ¡No me jodan que en la Sierra, Celia y sus Marianas tenían más cojones que ustedes y muchos hombres más! Así que respóndanle.

Conocían bien a Marcial, y de Manso no tenía nada cuando exponía sus razones. Abrumados por la impotencia, confusión y vergüenza volvieron a voltearse hacia ella, que aunque no se acostumbraba a ser objeto de burlas, chismes y repudio por algunos mal llamados compañeros se limpiaba sus partes más íntimas con todo ello.

—Sí, suboficial, es allá dentro… el forense ya está en la casa —alegó el más obeso de los dos. Ella por respuesta les ordenó que mantuvieran la entrada libre de curiosos. Ahora el más delgado, dándole una palmada en el hombro a su compañero instó—. Vamos a encargarnos de despejar a los chismosos aquellos.

Cruzaron la gran puerta del edificio. Marcial solo dio dos pasos y se detuvo escudriñando el interior del inmueble. Abajo y a sus costados apreció cuatro puertas cerradas, tal vez sus moradores se mantenían dentro por orden de los agentes. El pasillo era amplio y desde él se podía observar en la parte superior solo una baranda a la derecha donde debían haber por lo menos una o dos viviendas más.

Antes de entrar a la única casa que mantenía la puerta abierta, detuvo a Elena con un gesto de la mano y cerró los ojos buscando como siempre aclimatar sus sentidos para lo que estaba por presenciar, ya dentro vieron al forense que había concluido con su primera inspección.

— ¡Contra, aquí hay olor a alcohol por todos lados! —exclamó Elena nada más detenerse y tocó a su compañero en el hombro—. Te ganaron, papito, ya el tuyo no me es tan desagradable.

Marcial observó lentamente la habitación, detalles a simple vista le revelaron que estaba en la casa de alguien dedicado al corte y costura: una máquina de coser marca Singer, cajas con carretes de hilos de todos los colores, perchas con decenas de prendas que colgaban, otras diseminadas por el suelo, terminadas o a medio acabar, cestos con retazos y dos rollos de telas de corduroy, acomodados verticalmente contra una pared, en fin, casi todo lo que parecía ser un compendio de lo necesario para ejercer esa labor.

— ¡Coño, bárbaro, como se demoraron! —se quejó el único compañero que aguardaba por ellos.

Más calmado, saludó a Elena y tras reparar en Marcial alegó—. El mayor, cansado de esperar por ustedes, se llevó a todo el mundo, y me dijo que te encargaras del muertecito… Y tú por lo que veo debes andar con el mismo calzoncillo de ayer.

Ella rió en voz baja y argumentó:

—Te lo dije, necesitas una mujer, pero ya. Y por cierto que sea la última vez que intercedas en algo cómo lo que sucedió allá afuera. No son malos policías, solo que presumen de machismo y de vez en cuando tengo que ponerlos en su lugar.

—Lo sé. Es que no puedo evitar reprender a estúpidos como ellos —contestó concentrándose en lo dicho por el forense.

Sonriente bajó la mirada meditando si el compañero y amigo tenía razón, y no, no la tenía ya que se había cambiado la prenda íntima, aunque la camiseta y el par de medias también eran los mismos, y movió la cabeza al pensar que todo aquello era culpa de solo pensar en Milagros de la Caridad.

—No, el calzoncillo de ayer lo dejé olvidado en casa de tu hermana —jaraneó dándole una suave cachetada mientras le guiñaba un ojo, y acto seguido giró hacia el inerte cuerpo.

Ante sí tenía sentado a un hombre de aproximadamente unos cincuenta años o poco más, mestizo de baja estatura, calvo, rollizo, con la cabeza inclinada hacia detrás, en el cráneo se apreciaba una gran herida, la sangre había dejado un rastro hasta debajo de las perchas donde posiblemente recibiera el contundente golpe. También mostraba a plenitud decenas de agujas y alfileres incrustados por todo su rostro. Brazos y piernas estaban atados a la silla.

— ¿Qué demonios es eso, algún ritual? —preguntó Elena, inclinándose más sobre el muerto.

—No, Elena, no es un ritual —le contestó el de bata blanca y gruesos lentes.

Marcial les hizo un gesto para que lo dejaran concentrarse y seguir observando. Se inclinó hasta casi rozar a la víctima, dio pasos cortos a su alrededor, abrió las cuatro gavetas del mueble para comprobar su interior, recorrió toda la vivienda, se agachó en varias ocasiones hasta sentirse satisfecho y comunicárselo a su compañera quien generalmente hacia las primeras preguntas, dejándolo a él cavilar.

— ¿Alguien entró a la casa o tocó algo antes de que llegaras? —preguntó ella.

—La vecina que descubrió lo sucedido dejó a su marido a cargo en la puerta para que nadie ingresara, cuando llegó la policía este se marchó para el trabajo.

— ¿Dónde se encuentra esa vecina? ¿Le tomaron declaración? —volvió a preguntar.

—Sí, ya uno de los peritos que se marcharon le tomó declaración junto con el resto de los vecinos que están presentes… tengo entendido que de los que habitan el edificio solo uno salió a pescar antier y no ha regresado. Ella en estos momentos está en la bodega que hay en la esquina, es la administradora.

«Otro suertudo más que podrá comer pescado. Bueno, bastante trabajo pasan para cogerlo», pensó Marcial recordando las dos lanchas que vio al amanecer.

—Marcial, me encamino hacia allá. Volveré a entrevistarla, a lo mejor recuerda algún detalle más que podría haber pasado por alto.

—Sí, flaca, ahora debe estar más calmada y ser de más ayuda —contestó aprobando la iniciativa.

El forense esperó a verla salir por la puerta del edificio para comentarle a Marcial:

— ¿Sabes? Todavía algunos en la estación se preguntan, y critican porqué haberla elegido como compañera de investigación. Otros murmuran que utilizaste tu influencia con el mayor para que te la asignara porque te gusta y sabes que de flaca no tiene nada… claro yo no me incluyo entre ellos te conozco bien y sé que no eres como otros, y te confieso que también me ha picado el bichito de la curiosidad.

—Negro, Esa mujer tiene más actitudes para este trabajo que muchos policías que conozco. Coño, compadre, el gobierno lleva años intentando acabar con todos esos problemas y todavía hay quien no entiende que las mujeres tienen tanto derecho como nosotros. Además, no confío en mucha gente. Yo sé a quién escojo para que esté a mi lado —alegó con evidente convicción.

—Espero que así sea… porque ya una vez te equivocaste, bárbaro.

Inconscientemente asienta con un movimiento de cabeza a la par de agacharse y recoger un botón del piso, lo observó por varios segundos comparándolo con el color del carrete puesto en la máquina y lo guardó en el bolsillo de la camisa.

— ¿Tienes algún botón en falta que veo cogiste ese del piso?… Esas cajas están llenas de ellos, a lo mejor alguno coincide con el que necesitas. De todos modos éste pobre hombre ya no los utilizará más —argumento Agustín.

—Me llamó la atención. ¿Sabes si alguno de los compañeros se llevó algo de la escena para analizarlo más profundamente? —preguntó cambiando de tema.

—No, todo está tal y como lo preservó el marido de la bodeguera. Ni ella ni él se atrevieron a pasar de la puerta.

—Dime mi hermano, ¿a qué conclusión llegaste? —preguntó Marcial dirigiéndose a las ropas que colgaban para estudiarlas detenidamente—. Habla, te escucho.

Agustín terminó de cerrar su maletín, encendió un cigarro y respondió:

—Marcial, todo indica que quien lo atormentó clavándole esos alfileres, buscaba alguna información en poder de la víctima. Lo que no podría decirte es si la consiguió.

—Entonces el asesino lo conocía y… —fue interrumpido por el experto.

—No sabría decirte si tenían relación previa, y no buscamos a un asesino directamente, aunque sí a un homicida involuntario. Claro que para mí uno es tan culpable como el otro —argumentó quitándose los guantes de látex.

—Algo no me encajaba en este asunto: No hay sangre suficiente como para que muriera desangrado. A mi modo de ver lo golpearon en la cabeza con una de las dos botellas cuando por algún motivo le dio la espalda al agresor allí bajo las perchas; después este le arrastró y amarró a la silla donde comenzó a torturarlo. Otra cosa que me choca son esas dos botellas de aguardiente, percibí que la víctima no tenía olor a ello en la boca, y eso deja un aliento a reverbero de madre que no se quita en horas. Una botella está deshecha por el golpe, y la otra parece que la vertieron a propósito en el piso, justo en la puerta.

— ¡A veces no sé ni para qué carajo el mayor me envía cuando estás en el caso! Debiera esperar el cuerpo en la morgue y ya —exclamó el forense antes de prender otro cigarro.

—Porque no tengo todas las respuestas, negrón, solo escucho lo que la escena me dice y en lo otro entras tú —contestó dándole una palmada en el hombro—. Vamos, argumenta, que sé que estás loco por lucirte. Qué carajo le pasó. Explícate mi hermano.

El otro sonrió y saboreó el cigarro dándole una larga succión; solía hacerlo para darle más dramatismo a sus conclusiones.

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