Elena.
Me sentía agobiada de tantas presentaciones, aunque sabía que podía ser futuros clientes de mi empresa, así que lo aguantar con estoicismo, de vez en cuando miraba con una sonrisa a mi esposo, mientras en realidad lo que quería decirle era que me sacara de allí, por otro lado, el miedo a la primera vez, y el miedo principalmente a no saber estar a la altura para satisfacer a mi hombre, me ponía más nerviosa y me hacía alargar lo inevitable.
Todo iba bien hasta que oí unos gritos detrás mío. Y vi como Keanu se llevaba a mi amiga en sus brazos, rodeado de escoltas, mi amiga avergonzada al principio grito, pero el rubor y la forma que miró a su marido supe que estaba totalmente encantada.
No me dio tiempo de observar mucho, pronto sentí a mi marido a mi lado, y sin decirme nada comenzó a arrastrarme fuera de la sala, mientras yo en un momento, sin gritar para no llamar más la atención, le dije:
- “¿Se puede saber qué haces, playboy? Deja de tirar de mí que, nos va…”- no me dejó acabar me beso con esos pecadores labios apropiándose de mi boca, llevándose toda mi cordura, y con ella, mi resistencia. Así que cuando me colocó en su hombro como si fuera un saco de papas, estaba como hipnotizada, y cuando por fin ya reaccioné ya estaba metida en la parte de detrás de una limusina, sentada en el regazo de mi prometido, que volvió a besarme.
Así que, si tenía algo que objetar algo, uno se me olvido, y dos no tuve ni tiempo, ni ganas, ni deseos, más bien mi mente, mi cuerpo y mi corazón colaboraran en el secuestro de la señora Elena Powell, la cual quedó totalmente deseosa de que su marido la llevara a conocer todo eso que ella desconocía del placer carnal, entre dos seres que se aman, y que la mejor manera de aprenderlo desde luego es con un maestro a la hora de amar, con un auténtico playboy, ¿tenía yo algo más que pedir?
Narrador.
Mientras todo esto ocurría en Estado Unidos, en Seattle, llegaban las noticias de los compromisos y de las bodas. Todas las revistas de la prensa amarilla se hacían eco del gran evento de la boda de los tres herederos Powell con tres españolas de origen humilde, muchas eran las conjeturas que se barajaban, pero, además, había restos de información de que, sólo el primero de los Powell que tendré un hijo con una de las tres, podrá optar a la presidencia general del grupo Powell.
Una hermosa mujer mientras leía esto, no estaba para nada contenta, había arrojado, infinida de revistas al suelo, y grita histérica, por no haber conseguido sus objetivos.
- “¿Como puedes ser, esas gitanas babosas?, como pueden ellas haber conseguido, el favor del abuelo de los herederos, ¡No tienen nada de especial!”- se dijo.
Y ahora en vez de revistar arrojaba jarrones y diferentes objetos de cristal de sus habitaciones.
El personal de la casa conocía el carácter de la señorita de la casa, por eso siempre se sustituía todos los originales por copias.
- “¡Y esa se ha atrevido a coger a mi príncipe al más guapo de todos, al único de verdad era educado con nosotras, las herederas, a las únicas que debían mirar!”- desató de nuevo su rabia con las figuras de cristal que había sobre la mesa, mientras el personal de servicio esperaba tranquila que acabara una de sus pataletas.
Finalmente se tranquilizó, dejando la mayoría de los objetos frágiles rotos por el suelo.
- “Pero esto no les saldrán tan fácil señoras Powell, en especial a ti, Elena. Se ha atrevido a robarnos al único de los tres que nos volvía locas. “Las Adoradoras” no lo vamos a dejar pasar, no sabes con quien te has metido, usurpadora gitana.”- dijo finalmente llamo al resto de las herederas que formaban parte del grupo, las auténticas seguidoras de los herederos Powell para ponerlas en antecedentes, prometiéndose a sí misma, que usarían todos los medios para que el matrimonio de las señoras Powell, el especial el de Elena no fuera tan grato como ella se lo habían plateado. Ni se imaginaba lo que le venía encima.
Justamente en ese momento en New York, Dylan Davis, se dirigía al apartamento que tenía para sus amantes, allí estaba su última adquisición, cuando mirando la información social comercial, para ver cuanto afectaría esto a la bolsa que abriría a las ocho, recibió la noticia de la boda de los herederos Powell, entre ellos, estaba el maldito Michael Powell, junto a la mujer más hermosa que él había visto en su vida, ambos se sonríen de manera íntima, y una golpe de ira le atenazó el cerebro, ¿Cómo podía ser que el mayor playboy que había conocido, se haya casado, en menos de un año, con esa tentación de mujer?.
Quiso interesarse por saber más de ella, y sacó toda la información del noviazgo, así como la imposición del abuelo de Michael, ya que ellas serán las verdaderas herederas de Kevin Senior Powell. Luego comenzó a investigar a las herederas.
- “La verdad es que estos malditos Powell, tiene suerte hasta a la hora de tener una mujer, en especial este gilipollas de Michael, ¿Cómo demonios una diosa como esa, se pude fijara en ese hombre sin aspiraciones?”- pensó.
Dylan y sus dos hermanos mayores siempre habían competido en todo con los herederos Powell, con el tiempo sus hermanos se casaron, y se centraron en la empresa familiar, Siderúrgicas Davis Onix, dejando su lucha aparte, pero no fue así para Michael y para él. Y el al ser los más pequeño de la familia y fácilmente los más mimados, continuaron con su lucha personas, compitiendo en todo, en mujeres. en alcohol, en coches rápidos. en deportes de riesgo, en acciones comerciales, el tanteo iba en favor de Michael por tres puntos por eso Dylan enfureció cuando hasta hace tres años, Michael se fue a vivir a Europa, en su preparación para ser CEO de publicidad y relaciones públicas
Y ahora resulta que ellos también se casan, ganándole otra Dylan, y no con cualquiera con una diosa morena de ojos como el mar profundo, y que es la legitima heredera de los Powell, junto a sus amigas.
El gen de la lucha comenzó a moverse en su interior, por alguna razón necesitaba esto en su vida, y arrebatarle la mujer a ese maldito sería una gran obra para él, ya que Michael, le arrebató a la mujer que él amaba, sin darle a la oportunidad siquiera a decírselo.
En los ojos de Dylan comenzó a brillar las llamas de la venganza, y por esa noche ya no quiso ver a nadie, avisó a su chofer para que regresara, y a su secretario para que sacaran a su última amante del piso que le había comparado para sus escarceos nocturnos con su pasatiempo del momento, deseaba desinfectarlo, y alistarlo para su próxima ocupante, la heredera Elena Powell.





