Las luces eran suaves, los arreglos florales impecables. Cada detalle de la boda había sido cuidado con precisión quirúrgica: desde los candelabros de cristal colgando del techo hasta la alfombra blanca extendida con exactitud milimétrica. Era la boda perfecta... al menos en apariencia.
Scarlett caminaba por el pasillo con el brazo de su padre sujetándola con delicadeza. Su vestido, diseñado a la medida, caía como una cascada de seda brillante. Su maquillaje era sutil, resaltando su belleza natural. Sonreía, pero por dentro sentía una quietud extraña, como si caminara hacia algo que no terminaba de comprender.
Nathaniel la esperaba al final del pasillo. De traje negro perfectamente entallado, con la mirada fija en ella, sin un solo músculo moviéndose en su rostro. Era guapo, poderoso, inalcanzable. Y frío.
Scarlett había fantaseado muchas veces con su boda. Se había imaginado lágrimas de emoción, miradas cómplices, susurros tiernos. Pero cuando llegó junto a él, lo único que recibió fue un breve asentimiento con la cabeza. Ni siquiera una sonrisa.
El sacerdote comenzó a hablar. Las palabras sobre el amor, la unión y la entrega flotaban en el aire como humo sin sustancia. Scarlett las escuchaba, pero no las sentía.
-¿Aceptas a Scarlett como tu legítima esposa, para amarla, cuidarla y respetarla todos los días de tu vida? -preguntó el sacerdote.
Nathaniel asintió.
-Sí, acepto.
Su tono fue firme, seguro. Pero también vacío, mecánico, como quien firma un contrato más.
Scarlett sintió un nudo en el estómago. Cuando llegó su turno, dudó por un instante. Luego miró a los ojos de Nathaniel. No encontró amor, ni ternura. Solo determinación. Y aun así, dijo las palabras que sellarían su destino:
-Sí, acepto.
Los aplausos retumbaron en la sala. La orquesta comenzó a tocar una melodía suave. Los fotógrafos se apresuraron a capturar cada momento. Todos los asistentes sonreían, convencidos de haber presenciado el inicio de una gran historia de amor.
Todos, menos los protagonistas.
La recepción fue un desfile de brindis, palabras elogiosas y felicitaciones. Nathaniel se mostraba impecable, como siempre: educado, elegante, pero distante. Scarlett sonreía, daba las gracias, posaba para las fotos. Pero no recordaba la última vez que había sentido tanta soledad rodeada de tanta gente.
Durante el primer baile como esposos, él apoyó la mano en su cintura con suavidad medida. Ella intentó acercarse un poco más, buscar alguna señal de conexión. Pero fue como bailar con una sombra.
-Estás hermosa -dijo Nathaniel, sin emoción en la voz.
-Gracias -respondió ella, esperando algo más.
Pero no llegó.
La noche avanzó entre conversaciones banales y carcajadas ajenas. Scarlett buscaba a Nathaniel con la mirada, pero él se movía entre empresarios, directivos y conocidos de negocios. Era su mundo. Uno donde el afecto no tenía cabida.
Finalmente, cerca de la medianoche, un chofer los llevó al hotel donde pasarían la noche de bodas. La habitación era lujosa, de revista. Flores en la cama, champagne, una vista impresionante de la ciudad. Todo perfecto.
Scarlett se quedó unos segundos admirando la habitación, buscando un instante de magia. Cuando giró, Nathaniel ya se había quitado el saco y desabrochaba los botones de la camisa.
-¿Quieres algo de beber? -preguntó sin mirarla.
-No... -respondió, dudando-. ¿Te parece si hablamos un momento?
-Es tarde -dijo él-. Ha sido un día largo.
Se dirigió al baño sin esperar su respuesta. Scarlett se quedó inmóvil, sintiéndose invisible en su propia noche de bodas. Lo escuchó cerrar la puerta. Luego, el sonido del agua.
Cuando él salió, ya con el pijama puesto, Scarlett aún estaba sentada en el borde de la cama.
-Estoy cansado. Mañana tengo una videollamada con Singapur -anunció él, acomodándose las sábanas.
-Nathaniel... -empezó, con la voz baja-. ¿No vas a...?
-No es el momento -la interrumpió, sin mirarla.
Scarlett no dijo nada más. Se metió en la cama y apagó la lámpara. Miró el techo durante un largo rato, mientras el silencio se apoderaba de todo.
En sus sueños, la noche de bodas era mágica, intensa, cargada de emoción. Pero la realidad era otra. Había cruzado el umbral del matrimonio, sí, pero no al de una historia de amor. Su boda había sido una escena perfecta para la galería. Una imagen más en el portafolio social de Nathaniel.
Cerró los ojos, pero no logró dormir. Por dentro, algo ya empezaba a romperse.





