CEO en la Lista Negra

Isabella salió de la gala con el corazón latiendo con fuerza. No era miedo. No era nerviosismo. Era la adrenalina pura de haber encontrado a un enemigo digno de su talento.

Alexander Blake no era como otros empresarios que había investigado antes. No se mostró asustado ni a la defensiva. No la había amenazado con abogados ni con represalias. En su lugar, le lanzó un desafío. Como si todo esto fuera un juego en el que estaba seguro de ganar.

Ella no jugaba. Ella destruía.

Esa misma noche, apenas llegó a su departamento, se quitó los tacones y encendió su laptop. Su escritorio estaba cubierto de notas, artículos impresos y documentos que había recopilado en las últimas semanas. Pero ahora, su prioridad era una sola: Alexander Blake.

Se sumergió en la investigación. Sabía todo lo superficial sobre él: millonario antes de los treinta, un genio de las inversiones, dueño de una de las empresas tecnológicas más poderosas del país. Un hombre sin escrúpulos que había logrado contratos gubernamentales sospechosos, adquisiciones agresivas y despidos masivos sin pestañear.

Pero Isabella no buscaba lo obvio. Quería lo oculto.

Conectó un disco duro externo y empezó a recorrer archivos filtrados, registros financieros y cualquier fragmento de información que pudiera llevarla a su talón de Aquiles.

Y entonces encontró algo interesante.

Hace diez años, Alexander Blake había desaparecido del radar por casi un año. Antes de construir su imperio, hubo un período de su vida que simplemente... no estaba documentado. Ninguna transacción bancaria, ningún movimiento empresarial, ninguna fotografía en eventos públicos. Como si durante ese tiempo no hubiera existido.

-¿Dónde estuviste, Alexander? -murmuró, con los ojos fijos en la pantalla.

Nadie desaparece así sin una razón.

El Poder de un Hombre como Blake

A la mañana siguiente, Isabella se dirigió a la sede de Blake Industries nuevamente, esta vez con un plan. Si Alexander creía que podía intimidarla, estaba muy equivocado.

Vestida con un traje de falda ajustada y chaqueta entallada, caminó con la seguridad de alguien que pertenecía a ese mundo, aunque lo despreciara. Entró al vestíbulo con el mismo porte de la noche anterior y se dirigió a la recepción con una expresión que no admitía negativas.

-Tengo una cita con el señor Blake.

La recepcionista, la misma mujer que el día anterior la había rechazado, ni siquiera miró su computadora.

-El señor Blake no...

-Isabella Ramírez -interrumpió una voz profunda detrás de ella.

Ella giró y se encontró con el propio Alexander. De cerca, su presencia era aún más abrumadora. Su traje estaba perfectamente ajustado, su postura era de alguien que estaba acostumbrado a que el mundo se inclinara ante él. Pero lo que más le molestaba a Isabella era la expresión de superioridad en su rostro.

-¿No puedes dejar de pensar en mí, periodista? -preguntó con una sonrisa arrogante.

Ella cruzó los brazos.

-No eres tan interesante, Blake. Solo vine a hacerte algunas preguntas.

Él ladeó la cabeza, evaluándola. Luego, con un gesto despreocupado, hizo un movimiento con la mano.

-Acompáñame.

Sin esperar respuesta, se giró y caminó hacia el ascensor. Isabella dudó por una fracción de segundo antes de seguirlo.

Entraron al ascensor, y las puertas se cerraron con un sonido suave. De inmediato, la energía en el pequeño espacio cambió. El aire se volvió más denso, más cargado.

-¿Sabes? -dijo Alexander, sin mirarla-. Me gusta tu estilo. Podrías haber escrito un artículo sobre mí desde lejos, sin ensuciarte las manos. Pero no, prefieres venir directo a la fuente. Valiente... o imprudente.

Ella sonrió con frialdad.

-El periodismo de verdad se hace en el campo. Pero ya que mencionas las fuentes... tengo algunas preguntas para ti.

Él finalmente giró la cabeza para mirarla.

-Hazlas.

-¿Dónde estuviste hace diez años?

Un silencio cayó entre ellos. Por un breve instante, el rostro de Alexander perdió su arrogancia. Fue solo un segundo, una ligera tensión en su mandíbula. Pero Isabella lo vio.

Lo vio todo.

La puerta del ascensor se abrió, y Alexander salió sin responder. Isabella apretó los labios, pero lo siguió.

El Juego Cambia

Su oficina era un reflejo de su personalidad: moderna, minimalista, con enormes ventanales que daban una vista panorámica de la ciudad. Una sola pared tenía estanterías con libros, pero todo lo demás era impoluto, frío, calculado.

-¿Quieres un café? -preguntó con fingida cortesía mientras se acomodaba tras su escritorio.

-Quiero respuestas.

Él sonrió de lado y apoyó los codos en el escritorio, entrelazando los dedos.

-¿Y si te dijera que algunas respuestas son más peligrosas de lo que crees?

-Soy periodista, Blake. Me gustan los peligros.

Alexander la miró con intensidad, como si estuviera decidiendo cuánto decirle. Luego, se levantó y caminó hasta el ventanal.

-Hace diez años, dejé todo atrás. No existí en los registros porque no quería existir.

-¿Por qué?

-Porque cuando el mundo te arranca todo lo que amas, a veces, lo único que puedes hacer es desaparecer.

La sinceridad en su tono la tomó por sorpresa. Pero antes de que pudiera procesarlo, él se giró con su sonrisa de siempre.

-Pero claro, esa es solo una historia, ¿no? Puedes decidir creerla... o seguir buscando.

Isabella sintió una extraña mezcla de frustración y curiosidad. Sabía que había algo ahí, algo profundo y peligroso.

-Lo haré.

Alexander rió suavemente.

-Lo sé. Y por eso me intrigas, Isabella Ramírez. Porque mientras más intentes derribarme... más cerca estarás de mí.

Ella lo miró con desafío.

-No me acerco a los hombres como tú, Blake.

Él se inclinó levemente, como si estuviera disfrutando cada palabra.

-Eso está por verse.

Y por primera vez en su carrera, Isabella se preguntó si esta historia iba a ser la que cambiaría su vida para siempre.

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