CENIZAS Y ORGULLO

El tintineo rítmico y húmedo que provenía de la habitación no se detenía. Al contrario, parecía cobrar una urgencia que me obligaba a apretar la espalda contra la pared para no desfallecer. Me quedé allí, en la penumbra del pasillo, sintiendo cómo el aire se volvía cada vez más escaso. Mis dedos se enterraban en la tela de mi propia falda, arrugándola, mientras mi mente intentaba asimilar la crudeza de las palabras que seguían cruzando la rendija de la puerta. Nunca en mis cincuenta años de vida, ni siquiera en los momentos más apasionados de mi matrimonio ya extinto, había escuchado un lenguaje tan descarado, tan lleno de un morbo que raspaba la decencia y la transformaba en pura necesidad carnal.

-Me encantas, Elizabeth... siempre lo has hecho. Me fascina ser yo quien ya ahora te ande cogiendo y que aún te sigue dando tus buenos vergazos -la voz del compadre retumbó con una seguridad que me hizo tragar saliva. Había una mezcla de posesión y madurez en su tono, la voz de un hombre que sabe exactamente el terreno que pisa y que no tiene el menor reparo en reclamar lo que considera suyo.

-Sí... me gusta, mi padrino. Me hace sentir tan rica, tan putita que mira cómo me tiene mamando su verga bien rica... -la respuesta de mi hija llegó como un susurro húmedo, entrecortado por lo que imaginé era el esfuerzo de mantener el ritmo.

Oír a Elizabeth llamarse a sí misma de esa manera, con una soltura que denotaba que no era la primera vez que esas palabras cruzaban sus labios, me provocó un escalofrío que me bajó directo al vientre. Sentí un latido violento entre mis piernas, una pulsación caliente que exigía atención. Mi propia hija, la mujer que yo veía todas las mañanas preparar el café con la mirada baja y el cabello recogido en una coleta impecable, se transformaba entre esas cuatro paredes en una criatura sedienta, entregada al juego sucio de un hombre que se suponía debía ser su guía familiar. El contraste era tan brutal que el morbo me cegó por completo. Ya no pensaba en el escándalo; solo quería seguir absorbiendo aquella lascivia.

De pronto, el sonido húmedo cesó con un jadeo hondo por parte de mi compadre. Escuché el crujido del colchón cuando uno de los dos cambió de posición, y luego la voz de Elizabeth, recuperando un poco el aliento pero manteniendo esa cadencia coqueta que me resultaba tan ajena y fascinante:

-But ya tienes que apresurarte un poco mi amor, así que me vas a tener que dar mi lechita... Mi mamá ya no tarda en llegar y no debe sospechar nada...

El pánico inicial de ser descubierta me golpeó el pecho, pero duró apenas un milisegundo. Fue reemplazado de inmediato por una audacia salvaje que nunca creí poseer. ¿Pensaban que yo iba a llegar a interrumpir semejante banquete? ¿Iba a ser yo la que apagara el fuego de ese secreto que me estaba encendiendo las entrañas? No. No podía permitirlo. Necesitaba que continuaran, necesitaba escuchar hasta dónde eran capaces de llegar cuando creían que el tiempo se les agotaba.

Con las manos temblorosas por la adrenalina, saqué el teléfono celular del bolsillo de mi saco. La pantalla iluminó mi rostro sudoroso en la oscuridad del pasillo. Busqué el chat de Elizabeth. Mis dedos, torpes por la excitación reinante, tardaron un segundo en teclear las palabras, pero mantuve la mente fría para escribir algo que les diera la total libertad que necesitaban, sin levantar sospechas de mi verdadera ubicación.

"Llegaré un poco más tarde... no te muevas, espérame aquí un momento."

Le di a enviar. Me pegué de nuevo a la pared, conteniendo el aliento. Apenas un instante después, a través de la madera entornada de la puerta, escuché el sutil zumbido del vibrador del teléfono de Elizabeth sobre la mesa de noche. Hubo una breve pausa en el interior del cuarto, un silencio tenso donde me imaginé a mi hija estirando su brazo desnudo para revisar la pantalla, quizás con el corazón acelerado por el temor a ser descubierta.

El sonido de sus dedos tecleando fue rápido. Mi teléfono vibró en mi mano, haciéndome dar un pequeño brinco.

"Okay, mamá... estoy en la casa, te espero un rato, o ya me iré. Regresé porque se me olvidó atender algo."

Al leer la respuesta, una sonrisa involuntaria, cargada de una malicia que desconocía en mí, se dibujó en mis labios. "Atender algo", pensé, mientras sentía cómo el sudor me corría por el cuello. Vaya manera de atender los asuntos pendientes. Saber que mi hija estaba allí, atrapada en su propia mentira, confiada en que su madre se encontraba a kilómetros de distancia, me otorgó una posición de poder absoluto. Yo era la dueña del secreto. Yo era la espectadora invisible de una obra prohibida que apenas estaba comenzando su acto principal.

El silencio dentro de la habitación se rompió con una risa ahogada de mi compadre, una risa que denotaba el alivio y la victoria de haber ganado tiempo extra. Escuché el sonido pesado de sus pasos sobre el piso, seguidos del chasquido de la cerradura de la puerta al cerrarse con cuidado. Se estaban asegurando de que nadie los interrumpiera, sin saber que el peligro ya estaba dentro. La voz de Elizabeth regresó, pero esta vez con una confianza renovada, desatada, libre del peso de la prisa:

-Mi mamá se va a tardar un poco... podemos aprovechar para seguir con lo que empezamos, ¿no crees? -dijo ella, y su risa suave resonó con una vibración tan clara que pareció acariciarme el oído.

-Me parece perfecto... mi comadre no sabe que aquí está mi ahijada disfrutando rico una buena verga, que su hija es toda una putita -la respuesta de mi compadre fue cruda, directa, y el uso de mi título, "mi comadre", me hizo estremecer de una manera indescriptible. Escuchar mi nombre indirectamente en la boca de ese hombre, mientras se preparaba para poseer a mi hija, desató un torbellino en mi bajo vientre-. Cómo me gustan esas nalgotas mi putita nalgona, por eso amo tener estos momentos contigo, Elizabeth...

-Ja, eres un cabrón muy rico, ¿lo sabes? -contestó ella, y el tono de su voz delataba que se estaba dejando llevar por completo-. Pero me gusta que lo seas. Me haces sentir tan rica mi amor, toda una putita que sabes tener y que puedo hacer lo que quiera...

La audición de aquel diálogo me estaba consumiendo. Me desabotoné el primer botón de la blusa, buscando un poco de aire, sintiendo cómo el roce de la tela contra mis pechos erectos me provocaba una descarga eléctrica. Mi mente, estimulada por el morbo de la situación, empezó a reconstruir lo que la madera de la puerta me impedía ver. Me imaginé a mi compadre, con su cuerpo robusto y maduro, despojando a Elizabeth de la última prenda que le quedaba, admirando esas caderas anchas que tantas miradas robaban en la calle y que ahora estaban completamente a su disposición.

-Eres tú, Elizabeth... tan putona y segura... -decía él, y se escuchó el roce áspero de sus manos sobre la piel de ella-. Siempre me sorprendes, me encanta verte vestida así toda rica que sabes que voy a venir y te pones tus vestidos y cómo esta rica tanga...

El nivel de detalle de la conversación me estaba volviendo loca. Estaba descubriendo una Elizabeth que jamás cruzó por mis pensamientos: una mujer calculadora en su sensualidad, que planeaba los encuentros, que elegía la ropa interior adecuada para volver loco a su padrino. La timidez de mi hija se había evaporado, dejando en su lugar a una mujer plena, consciente de su anatomía y del efecto devastador que causaba en ese hombre maduro. Y yo, su madre, me encontraba en el pasillo, devorando cada palabra, sintiendo cómo el límite entre la decencia y el deseo se borraba con cada segundo que pasaba.

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