Cenizas del Trono de Escamas

El viento en las Alturas de Valerion no soplaba; mordía. Aeric se ajustó el cuello de piel de lobo, sintiendo cómo el frío se colaba por las juntas de su armadura de cuero, buscando cualquier centímetro de piel expuesta para clavar sus dientes helados. Estaba a trescientos metros sobre el nivel del mar, en la plataforma de aterrizaje sur de la Ciudadela, un saliente de granito negro que desafiaba la gravedad y el sentido común.

A sus espaldas, las puertas de hierro macizo del Nido Real, reforzadas con runas de contención que brillaban con un tenue pulso azulado, permanecían cerradas. Delante de él, solo había vacío y nubes grises que prometían otra tormenta de nieve antes del anochecer.

-Alteza -la voz del guardia era respetuosa, pero cargada de esa fatiga impaciente de quien lleva demasiadas horas de turno-. El Rey ha convocado al Consejo en una hora. No debería estar aquí.

Aeric no se giró. Conocía el protocolo. Conocía sus deberes. Y, sobre todo, conocía la hipocresía de la corte, donde se hablaba de dragones como si fueran muebles gloriosos mientras se evitaba mirarlos a los ojos.

-Dile a mi padre que estoy inspeccionando los activos del reino -respondió Aeric, su voz apenas audible sobre el aullido del viento-. Dile que estoy asegurándome de que su trono siga teniendo dientes.

El guardia vaciló, el sonido de su armadura repiqueteando incómodamente, antes de retirarse. Aeric esperó hasta que el sonido de las botas se desvaneció por el pasillo de piedra antes de empujar la pequeña puerta de servicio lateral.

El cambio fue instantáneo. El frío glacial del exterior fue reemplazado por un golpe de calor seco y sofocante, cargado con el olor acre del azufre, ceniza vieja y algo más metálico, como sangre de cobre hirviendo. El aire dentro del Nido Real vibraba, pesado y denso.

Aeric caminó por la pasarela de piedra suspendida sobre el abismo artificial de la caverna. Abajo, en la penumbra iluminada por antorchas que nunca se apagaban, descansaba la bestia.

Pyroth. El Último Gran Rojo.

Incluso dormido, el dragón era una visión que cortaba la respiración. Ocupaba casi todo el suelo de la caverna, una montaña de músculos y escamas que brillaban como rubíes pulidos bajo la luz oscilante. Su respiración era un ritmo tectónico; cada exhalación enviaba columnas de humo gris desde sus fosas nasales, calentando la caverna entera.

Aeric descendió las escaleras de caracol, sus botas resonando suavemente. Al llegar al suelo, se sintió insignificante. Siempre se sentía así. Era el Príncipe Heredero de Valerion, futuro Señor de los Cielos, pero frente a Pyroth, solo era un pedazo de carne blanda y efímera.

Se acercó al hocico del dragón, que era tan grande como un carruaje. La piel allí era más suave, caliente al tacto, irradiando una temperatura que habría quemado a cualquiera que no estuviera acostumbrado. Aeric se quitó el guante y posó la mano sobre las escamas del morro.

-Despierta, viejo amigo -susurró.

El gran ojo dorado de Pyroth se abrió perezosamente. La pupila vertical se contrajo al enfocar al humano. Hubo un retumbar profundo en la garganta de la bestia, un sonido que Aeric sintió en los huesos de su pecho más que escucharlo con los oídos.

No hubo palabras. El Vínculo no funcionaba así, no exactamente. Era una sensación, una presión en la parte posterior del cráneo de Aeric. Sintió la irritación del dragón, el aburrimiento de estar encadenado, y una punzada de algo más... algo parecido a la fatiga.

Aeric frunció el ceño. Pyroth solía recibirlo con una llamarada de advertencia o un bufido juguetón que le despeinaba el cabello. Hoy, el dragón simplemente volvió a cerrar el ojo, soltando un suspiro largo y cansado.

-¿Qué te pasa? -preguntó Aeric, recorriendo con la mano el costado del cuello del dragón.

Sus dedos rozaron el Collar de Dominio. Era un anillo masivo de acero negro incrustado en la carne del dragón justo detrás de la mandíbula. Las runas grabadas en el metal palpitaban al unísono con el ritmo cardíaco de Aeric. Era la herramienta que permitía a los reyes de Valerion controlar a las bestias, un artefacto de magia antigua que, según decían los libros de historia, simbolizaba la "alianza eterna". Aeric sabía que era una mentira bonita para llamar a la esclavitud.

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