Cenizas de un Amor Muerto

Estaba trenzando con calma la crin de Furia cuando Pancho, el caporal de la hacienda de los De la Vega, la familia de Alejandro, irrumpió en las caballerizas como un toro sin control.

Su rostro estaba rojo y sudoroso, y sus ojos desorbitados por el pánico.

"¡Sofía! ¡Por el amor de Dios! ¿No has escuchado las noticias?"

No levanté la vista. Seguí con mi labor, mis dedos moviéndose con una precisión tranquila y metódica.

"Buenos días, Pancho. ¿Qué te trae por acá con tanta prisa?"

Pancho se arrancó el sombrero, pasándose una mano por el cabello escaso y revuelto.

"¡No hay tiempo para buenos días! ¡Se llevaron a Alejandro! ¡Unos bandidos lo emboscaron en el paso del Coyote! ¡Se lo llevaron!"

Levanté la vista lentamente, encontrando su mirada frenética con una calma que lo descolocó por completo.

"Qué lástima", dije, y volví a mi trenza. "¿Ya llamaron a la policía?"

Pancho parpadeó, confundido. Parecía que le hubiera hablado en otro idioma.

"¿La policía? ¡Sí, claro que llamamos a la policía! ¡Pero tardarán horas en llegar y organizar una búsqueda! ¡Tú conoces esa sierra mejor que nadie! ¡Tú puedes encontrarlos antes de que le hagan algo!"

Sus palabras eran un eco exacto del pasado.

En mi vida anterior, esas mismas palabras me habían impulsado a la acción, me habían hecho sentir indispensable, heroica.

Ahora, solo sonaban huecas.

"Lo siento, Pancho", respondí, mi voz plana, sin emoción. "Estoy ocupada".

La incredulidad se apoderó del rostro del hombre.

"¿Ocupada? ¿Estás bromeando, verdad? ¡La vida de Alejandro está en peligro! ¡El hombre con el que te vas a casar!"

Me reí, una risa corta y seca que no tenía nada de alegría.

"Primero, él y yo no nos vamos a casar. Segundo, él decidió ir a cabalgar por el paso del Coyote, sabe que es peligroso. Sus decisiones, sus consecuencias".

Pancho dio un paso adelante, su voz subiendo de tono, tratando de apelar a mi antiguo yo.

"¡Sofía, por favor! ¡Desde niños han sido inseparables! ¡Él te quiere! ¡Sé que estás enojada por alguna tontería, pero este no es el momento para orgullos! ¡Tienes que ayudarlo!"

"No", dije, finalmente soltando la crin de Furia y mirándolo directamente a los ojos. "No tengo que hacer nada. Mi único deber es conmigo misma. Alejandro tiene a su familia, y tiene a la policía. Que ellos se encarguen".

Pude ver la lucha en su rostro, la confusión dando paso a la ira y al desprecio.

"No puedo creer lo que estoy escuchando", escupió las palabras. "Todos dicen que eres la mujer más valiente y leal de la región, pero eres solo una... una egoísta de corazón frío".

Me encogí de hombros.

"Piensa lo que quieras, Pancho. No me importa".

Se quedó mirándome un segundo más, como esperando que me derrumbara y saliera corriendo a salvar al príncipe en apuros.

Cuando vio que no me movería ni un centímetro, resopló con disgusto, se dio la vuelta y se fue, pisoteando con furia.

"¡Se arrepentirá de esto!", lo escuché gritar a lo lejos. "¡Cuando le pase algo a Alejandro, será su culpa!"

Me quedé sola en el silencio de la caballeriza, con el suave sonido de Furia masticando heno.

¿Culpa?

Yo ya había pagado todas mis culpas en la vida anterior. Pagué con treinta años de soledad y una muerte horrible.

Esta vez, la cuenta estaba en ceros.

No sentí ni arrepentimiento ni duda.

Solo una calma inmensa.

La calma de saber que, por primera vez, había elegido mi propia paz por encima del caos de otro.

Y esa sensación era mucho mejor que cualquier medalla de heroína.

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