El olor a sal y cerveza barata se mezclaba con el humo de la fogata, un aroma que conocía demasiado bien, estaba grabado a fuego en mi memoria, un mal recuerdo que me atormentaba en sueños.
Abrí los ojos de nuevo, el sonido de las olas rompiendo en la orilla era real, el calor de la fogata en mi cara no era una pesadilla, estaba de vuelta.
Justo en este momento, justo en esta playa.
Carlos, el capitán del equipo de fútbol, levantó su botella con una sonrisa arrogante.
"¡Por nosotros! ¡Por graduarnos y por ser los reyes de esta escuela! ¡Esta noche, la playa es nuestra!"
Todos gritaron, levantando sus bebidas, sus rostros jóvenes e imprudentes iluminados por las llamas, no sabían que esa noche les costaría el futuro.
Yo sí lo sabía.
Laura, mi novia, se acercó y me rodeó el cuello con sus brazos, su aliento olía a alcohol.
"¿Qué te pasa, Miguel Ángel? Estás muy serio. ¡Relájate, mi amor! ¡Es una fiesta!"
Aparté suavemente sus manos, la sensación de su piel, que antes me encantaba, ahora me provocaba un escalofrío.
"Laura, no deberíamos estar aquí, esto se va a salir de control."
Ella frunció el ceño, su sonrisa se desvaneció.
"¿Otra vez con eso? Ya hablamos de esto."
"Mira a tu alrededor," insistí, mi voz era baja y firme, "hay alcohol por todas partes, algunos ya están trayendo cosas peores, si nos atrapan, adiós universidad, adiós todo."
Carlos escuchó mi comentario y se rio a carcajadas, una risa que resonó en toda la playa.
"¡Oigan todos! ¡Miguel Ángel el aguafiestas está preocupado! ¡Pobrecito, tiene miedo de que nos divirtamos!"
Las risas se contagiaron como una plaga, todos me miraban con burla.
Laura se sonrojó de vergüenza y me dio un empujón.
"¿Por qué siempre tienes que avergonzarme?"
Luego, levantó una ceja, sus ojos brillaron con malicia, y dijo las mismas palabras que me persiguieron hasta la tumba.
"¿O es que estás celoso de que Carlos sea más popular que tú?"
El dolor de esa pregunta ya no me afectaba, ya no sentía nada, solo un vacío frío.
En mi vida pasada, esa pregunta me había roto, había intentado discutir, suplicar, pero solo conseguí que se rieran más fuerte.
Esta vez, no.
Sofía, mi mejor amiga, se acercó, su expresión era de preocupación, la misma preocupación falsa que me había mostrado antes.
"Miguel Ángel, no les hagas caso, solo están jugando."
Me dijo al oído.
"Sé que solo quieres protegernos, pero a veces hay que dejarse llevar."
La miré directamente a los ojos, buscando alguna señal, algún indicio de que ella también recordaba, de que recordaba haberme apuñalado una y otra vez mientras me gritaba.
Pero no vi nada, solo una aparente lealtad que ocultaba una obsesión mortal.
"¿Tú también lo crees, Sofía?" le pregunté, mi voz era tranquila, "¿Crees que estoy celoso?"
Ella pareció sorprendida por mi calma, parpadeó un par de veces antes de responder.
"No, claro que no, sé que no eres así."
"Entonces, ¿por qué no me escuchas?"
"Porque a veces te preocupas demasiado," dijo, poniendo una mano en mi brazo, "Carlos sabe lo que hace, no pasará nada malo."
Ahí estaba, la defensa ciega, el amor no correspondido que la llevaría a la ruina.
Solté una risa seca, sin humor.
"Tienes razón."
Todos se quedaron en silencio, sorprendidos por mi respuesta inesperada.
Laura me miró con desconfianza.
"¿Qué dijiste?"
Me encogí de hombros, una sonrisa extraña se dibujó en mi rostro.
"Dije que tienen razón, ¿para qué preocuparse? Es solo una fiesta."
Luego miré a Laura y a Sofía, una a cada lado, como dos parcas decidiendo mi destino en la vida anterior.
"No hay problema," dije, mi voz sonó extrañamente ligera, casi alegre, "vayan, diviértanse."
Y di un paso atrás, empujándolas suavemente hacia la fogata, hacia Carlos, hacia su destino.
"Vayan."
Laura sonrió, satisfecha, y corrió hacia Carlos, colgándose de su brazo como un trofeo.
Sofía, sin embargo, se quedó quieta un segundo, mirándome con una expresión extraña, casi de sospecha.
"¿Estás seguro?"
"Completamente," respondí, mi sonrisa se ensanchó, "de hecho, creo que esta noche deberías estar a su lado, Sofía, no te separes de él ni un segundo, demuéstrale lo leal que eres."
Sus ojos se abrieron un poco, un leve rubor apareció en sus mejillas, había interpretado mis palabras como un permiso, como un empujón para que persiguiera sus deseos ocultos.
"Gracias, Miguel Ángel," susurró, y corrió hacia la multitud, buscando a Carlos.
Me di la vuelta, dispuesto a irme, a dejar que la noche siguiera su curso inevitable, pero un brazo fuerte me detuvo.
Eran dos compañeros del equipo, enormes y no muy listos.
"¿A dónde crees que vas, aguafiestas?" dijo uno de ellos, "Carlos dijo que nadie se va hasta que amanezca."
Intenté soltarme, pero eran demasiado fuertes.
"Suéltenme, no quiero problemas."
"El único problema aquí eres tú," dijo el otro, apretando más fuerte, "ahora te quedas y te diviertes, por las buenas o por las malas."
Me arrastraron de vuelta a la fogata, forzándome a sentarme en la arena.
Mi última mirada fue para Sofía, que estaba de pie junto a Carlos, riendo de algo que él decía, ella me vio, vio mi lucha, y por un momento, su sonrisa vaciló.
"¡Sofía!" le grité, mi voz desesperada por última vez, no por ella, sino por la ironía de todo, "¡Recuerda lo que te dije! ¡No te separes de él!"
Ella me miró, confundida por mi insistencia, pero luego su rostro se endureció, lo malinterpretó como un último intento de control, como celos.
Negó con la cabeza, como diciendo "déjame en paz", y se volvió hacia Carlos, ofreciéndole otra cerveza.
Fue entonces cuando supe, con absoluta certeza, que su destino estaba sellado, y esta vez, yo no estaría allí para intentar salvarla, ni para ser su víctima.
Solo sería un espectador.





