Capítulo 3: La Jaula de Oro
Chloe no sabía cuánto tiempo había pasado desde que Dante se llevó a su hombre para castigarlo. Horas. Días. El tiempo se desdibujaba en la habitación sin ventanas.
Su cuerpo seguía temblando, pero lo que más la inquietaba era lo que sentía cuando pensaba en él.
Dante había sido un monstruo... pero también su salvador.
¿Cómo podía un hombre ser ambas cosas al mismo tiempo?
La puerta se abrió de golpe.
Dante entró con paso firme, su presencia llenando la habitación como una sombra imponente. Sus ojos verdes se clavaron en ella con la misma intensidad con la que un depredador mira a su presa.
Vestía una camisa negra ajustada que marcaba la dureza de su torso. El primer botón desabrochado revelaba su piel bronceada, pero no había nada sensual en él en ese momento. Solo frialdad. Dominio. Posesión.
Chloe apartó la mirada, sintiendo la presión invisible de su presencia.
-A partir de hoy, compartirás habitación conmigo.
Su voz no era una propuesta. Era una sentencia.
Chloe sintió que el aire se volvía más denso.
-¿Qué? -Su propia voz salió ahogada.
-No quiero que estés sola. -Dante dio un paso adelante, sin apartar los ojos de ella-. Y quiero verte cada maldita noche antes de dormir.
Chloe retrocedió, su espalda chocando contra la pared. Se abrazó a sí misma en un intento patético de protegerse de él.
-No puedes obligarme.
Dante se inclinó hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Su aliento era cálido, contrastando con la frialdad de su mirada.
-¿Aún no entiendes cómo funcionan las cosas aquí? -Su tono era un filo de acero-. Puedo hacer lo que quiera contigo.
Chloe tembló, pero no respondió. Había algo en su forma de mirarla que la hacía sentir desnuda. Expuesta.
Cuando Dante la llevó a su nueva habitación, Chloe contuvo la respiración.
Era enorme. Elegante. Dominada por una cama king size de sábanas de seda negra.
El ambiente estaba impregnado de su presencia. Cada objeto, cada sombra, parecía susurrar su dominio.
-Yo dormiré aquí. -Dante señaló la cama-. Y tú también.
Chloe sintió un nudo apretarse en su estómago.
-Dormiré en el sofá.
Dante soltó una risa baja y cruel. Un sonido sin calidez, sin paciencia.
-No tienes opción, princesa.
Chloe quiso protestar, pero su mirada la desafió a intentarlo. A desafiar su poder. Sabía que no ganaría. Y, sin embargo, lo que más la aterraba no era compartir la cama con él.
Era lo que empezaba a sentir cuando Dante la miraba así.
A la mañana siguiente, cuando despertó, Dante ya no estaba.
Pero sobre la cama había montones de cajas envueltas en papel dorado.
Chloe se incorporó lentamente y abrió una. Dentro, un vestido de seda roja. En otra, un conjunto de lencería de encaje negro.
Las siguientes cajas contenían zapatos, perfumes, bisutería fina.
Joyas. Como si fuera una muñeca que podía vestir a su antojo.
El aire se le hizo pesado en los pulmones. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Dante apareció en la puerta, apoyándose contra el marco con una sonrisa ladeada. No era amable. No era cariñosa. Era una sonrisa de advertencia.
-Quiero verte usándolos.
Chloe sintió que su rostro ardía. No solo de indignación, sino por la intensidad de su mirada. Porque cuando Dante la miraba así, sentía que su piel se encendía.
-No necesito tu ropa.
Dante se acercó sin prisa, pero con determinación. Su sola presencia robaba el aire de la habitación.
Tomó un mechón de su cabello dorado y lo enredó en sus dedos. Su agarre no era suave. No la acariciaba. La reclamaba.
El aire entre ellos se volvió espeso.
-Yo decido qué necesitas.
Su tono era bajo, peligroso. Pero sus ojos... sus ojos tenían algo más. Algo oscuro. Algo poseedor.
Chloe no supo qué la inquietó más.
El miedo... o la extraña necesidad de provocarlo.





