Cásate con mi ligue de una noche

La champaña dio paso al tequila. Uno, dos, cinco shots. El mundo a mi alrededor se convirtió en un borrón de luces y sonido. La música pesada ya no era solo un ruido de fondo, era el latido de mi corazón.

Bailé. Bailé con una energía desesperada, como si quisiera sacar de mi cuerpo cada recuerdo de Alejandro, cada palabra hiriente, cada noche de soledad.

Carla intentó seguirme el ritmo, pero finalmente se rindió y me miró desde la seguridad de nuestra mesa, sonriendo con una mezcla de orgullo y preocupación.

En algún momento, el alcohol comenzó a pasarme factura. La habitación empezó a dar vueltas de verdad, y un sudor frío me recorrió la espalda.

"Carla, necesito… necesito ir al baño," le grité al oído.

Ella asintió, señalando vagamente hacia el fondo del club.

Me abrí paso entre la multitud sudorosa, chocando con cuerpos que bailaban ajenos a mi repentino malestar. Las luces estroboscópicas me mareaban aún más.

Vi una puerta que parecía llevar a una zona más tranquila y me dirigí hacia ella, desesperada por un poco de silencio. La empujé y entré, esperando encontrar el pasillo de los baños.

En lugar de eso, me encontré en una lujosa sala VIP. Sofás de cuero, una mesa de cristal, y un silencio casi total.

Y en uno de esos sofás, había un hombre.

Estaba reclinado, con los ojos cerrados, el saco de su traje caro desabrochado y la corbata aflojada. Era increíblemente atractivo, con una mandíbula afilada y cabello oscuro perfectamente peinado, incluso en su aparente estado de desorden.

Parecía estar sufriendo. Su frente estaba perlada de sudor y respiraba con dificultad.

Mi cerebro, nublado por el tequila, no procesó la situación con la lógica adecuada. En lugar de disculparme y salir, me apoyé en el marco de la puerta.

"¿Mal día, guapo?" solté, mi voz sonando más arrastrada de lo que pretendía.

El hombre abrió los ojos de golpe. Eran oscuros, intensos, y me miraron con una mezcla de sorpresa y algo más, algo que no pude descifrar.

No respondió. Solo me observó, su mirada recorriéndome de pies a cabeza, deteniéndose en mi vestido rojo.

Yo, en mi estado de ebriedad, lo tomé como un desafío.

"¿Qué pasa? ¿Te comió la lengua el gato o simplemente eres de los que no hablan con chicas como yo?"

Intentó sentarse, pero una mueca de dolor cruzó su rostro y se dejó caer de nuevo en el sofá.

"Lárgate," dijo, su voz ronca y tensa.

Pero yo ya estaba demasiado borracha y dolida para aceptar órdenes. Me acerqué a él, tambaleándome un poco.

"Tranquilo, tigre. Solo buscaba el baño."

Fue entonces cuando vi sus nudillos, blancos por la fuerza con que apretaba los reposabrazos del sofá.

"Necesito que te vayas," repitió, su voz más baja, más peligrosa. "Ahora."

Me incliné hacia él, una sonrisa estúpida en mi cara.

"¿O qué?"

Él me miró fijamente, y en sus ojos vi una lucha desesperada.

"Me drogaron," susurró, las palabras apenas audibles. "Alguien puso algo en mi bebida."

Eso finalmente captó mi atención, cortando a través de la neblina del alcohol.

"¿Qué?"

"Y tú," dijo, su mirada fija en mis labios, "tú eres exactamente lo que necesito para solucionarlo."

Antes de que pudiera procesar sus palabras, su mano salió disparada y me agarró la muñeca. Su agarre era de acero. Me jaló hacia él, haciéndome caer sobre su regazo.

"Tú…," respiró, su aliento caliente contra mi cuello, "vas a ser mi antídoto."

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