"Has sufrido mucho, Amelia. Lo lamento de verdad".
Tan pronto como Amelia entró en la sala, Laura le tomó la mano, su gentileza teñida de una profunda inquietud.
El tiempo parecía no afectar a la madre de Jaxton. Aunque ya había pasado de los cincuenta, aparentaba apenas cuarenta, gracias al esmero con que se cuidaba.
En ese instante, su semblante, por lo general sereno, delataba una sincera preocupación.
Desde que Amelia tenía memoria, Laura siempre la había tratado con un cariño especial. Cada vez que Jaxton se pasaba de la raya, ella intervenía para defenderla y reprender a su hijo.
Sin embargo, la disciplina de Laura no pasaba de un ligero regaño que apenas surtía efecto.
Y ese día no fue la excepción.
Laura clavó la mirada en su hijo. "Discúlpate con Amelia ahora mismo".
En otra ocasión, la joven le habría restado importancia al asunto, asegurando que no era nada grave.
Pero esta vez, estaba harta. Simplemente harta de todo. Antes de que Jaxton pudiera responder, ella se adelantó: "Laura, me duele un poco la cabeza. Voy a subir a descansar".
Bastó una mirada a las pálidas mejillas de Amelia para que Laura comprendiera. "Claro, ve a descansar. Haré que te avisen cuando la cena esté lista".
La joven asintió con un leve gesto y subió las escaleras en silencio.
En cuanto Amelia desapareció de su vista, la paciencia de Laura se agotó. Se volvió hacia Jaxton y le espetó: "¿Acaso perdiste el juicio? ¿Por qué te involucras con la hija ilegítima de Ricky?".
"Mamá, sea ilegítima o no, es su hija. Además, Janessa conoció a Ricky primero. Lo suyo era amor verdadero".
"Tú…". Laura sintió una oleada de furia tan intensa que tuvo que sostenerse para no marearse.
Respiró hondo y se obligó a mantener la compostura.
Miró a su hijo con una serenidad recobrada y le dijo: "Lo que hagas con esa tal Dayna es asunto tuyo. Pero recuerda una cosa: Amelia es tu prometida. Y es la única mujer que esta familia aceptará como tu esposa".
No era la primera vez que Laura se lo decía. Jaxton había escuchado esas mismas palabras incontables veces.
Esta vez, sin embargo, él replicó: "Mamá, ¿de verdad quieres a Amelia como tu nuera por tu amistad con Katrina, o es por el sesenta por ciento de las acciones que posee?".
Para la gente de negocios, las ganancias siempre son la prioridad, y Laura no era la excepción.
Su aprobación del compromiso nunca se debió únicamente a la amistad; las acciones de Amelia en la compañía tenían un peso considerable en su decisión.
Katrina había fundado el Grupo Flynn por sí sola. Incluso tras su prematura muerte, legó a su hija el sesenta por ciento de las acciones de la empresa.
Laura dijo: "Ya que sabes que Amelia posee el sesenta por ciento de las acciones, deberías tratarla mejor. Jaxton, hago todo esto por tu bien. Un matrimonio con Amelia es tu camino al éxito. Dayna no puede compararse con ella, ni en belleza ni en capacidad. Si continúas enredándote con esa mujer, solo terminarás por lastimar y decepcionar a Amelia. Algún día te arrepentirás. Tú…".
"Basta, mamá. Ya es suficiente", la interrumpió Jaxton, visiblemente irritado. "Nunca he dicho que no vaya a casarme con Amelia". Dicho esto, subió las escaleras hecho una furia.
En su habitación del segundo piso, Amelia estaba sentada en el sofá junto a la ventana, observando en silencio el suave rocío de la fuente en el jardín.
De pronto, su teléfono vibró con un nuevo mensaje.
Sus pupilas se dilataron al ver la fotografía que contenía.
La imagen mostraba dos alianzas de plata de una elegante sencillez, justo el estilo por el que siempre había sentido preferencia.
"¿Te gustan?". El mensaje de Wyatt apareció debajo de la foto, y Amelia no tardó en responder: "¿Qué son estas?".
"¿Te gustan?". El hombre se limitó a repetir la pregunta.
Ella respiró hondo. Dudó un instante y finalmente tecleó su respuesta: "Sí. Me gustan".
Tras enviar el mensaje, solo obtuvo silencio como respuesta.
Amelia no lo sabía, pero al otro lado, al leer su contestación, Wyatt esbozó una suave sonrisa.
La inusual expresión no pasó desapercibida para el hombre que estaba a su lado. "¿De verdad estás sonriendo? ¿Quién eres y qué has hecho con el Wyatt que conozco?".
La sonrisa del aludido se desvaneció al instante al oír las palabras burlonas de su amigo.
El cambio en su expresión fue tan repentino que Marc casi pensó que había imaginado esa risa.
"¿Cómo está la señora Davis?". Wyatt se refería a la abuela de Amelia.
El tono de Marc se tornó sombrío al responder: "No hay mejoría. Su corazón se debilita cada vez más. Aunque estoy haciendo todo lo posible, me temo que no le queda mucho tiempo".
"Entonces, resulta que no eres tan buen médico".
A ningún doctor le agrada que pongan en duda su pericia, y Marc, un profesional de renombre internacional, no era la excepción.
Se ofendió y replicó: "¿Qué intentas decir? Soy médico, no un dios. Y ya que hablamos de la señora Davis, hay algo que no entiendo. Me pediste que la tratara, pero ¿por qué tenía que ser aceptando la propuesta de la familia Morrison?".
Ese arreglo lo hacía parecer un mercenario interesado solo en el dinero.
En lugar de darle una explicación, Wyatt centró su atención en unos bocetos esparcidos sobre la mesa.
En las hojas se apreciaba el diseño de un par de alianzas de boda: las mismas que le acababa de mostrar a Amelia.





