Lena se quedó sola, con el rostro oculto entre las manos. Theo no regresó esa noche.
Alrededor de las tres de la mañana, ella recibió una notificación en su celular sobre la última publicación de Violet en Instagram. Esta mostraba una escena acogedora: una taza de leche caliente y la mano de un hombre, distinguible por un anillo de matrimonio. Lena lo había diseñado personalmente.
"Llámalo y estará allí, sin importar la hora", decía el pie de foto.
Ahora entendía la razón por la que Theo había aceptado tan fácilmente el divorcio: ya estaba con Violet. Al unir todas las piezas en su mente, soltó una amarga carcajada.
A pesar del dolor que le causó esa foto, deslizó su dedo hacia abajo. Y entonces lo vio. El día que terminó herida y atrapada bajo los escombros, Theo le había regalado a Violet un jet privado para que nunca tuviera que esperar en un aeropuerto.
Con eso, Lena sintió que todas sus dudas se disipaban al instante. Los años que había dedicado a su relación no habían servido de nada.
En sus aniversarios, su esposo ni siquiera se molestaba en darle algo pequeño, pero apenas Violet regresó, no dudó en colmarla de regalos caros. Esa revelación fue desgarradora. Su corazón, ya destrozado, se llenó de amargura.
Además, el persistente dolor en su hombro era un cruel recordatorio de que su matrimonio estaba diseñado para destrozarla poco a poco.
Theo regresó al mediodía del día siguiente y encontró la casa en silencio.
No había una comida caliente esperándolo, ni siquiera un simple vaso de agua. En su lugar, había una pila de papeles sobre la mesa.
Frunciendo ligeramente el ceño, dejó su saco sobre la silla y se acercó a la mesa. Las palabras "Acuerdo de Divorcio" en la parte superior del documento lo hicieron detenerse.
'¿Cuál es la intención de ella ahora?', se preguntó, con el semblante sombrío.
Ni siquiera se tomó el tiempo de leer los papeles, pues, según su experiencia, su mujer había hecho lo mismo a lo largo de los años, solo para acabar regresando. No esperaba que esta vez las cosas fueran diferentes.
Como tenía algo de hambre, se dirigió a la cocina. Allí se encontró a la empleada doméstica, preparando el almuerzo. Él echó un vistazo a lo que la empleada cocinaba, antes de sentarse en el comedor a esperar.
"Esto no sabe bien", dijo media hora después, con el ceño fruncido, cuando finalmente probó la sopa de almejas.
"Señor Haynes, la señora Haynes solía preparar todas sus comidas personalmente. Me temo que no puedo igualar su sazón...", respondió el ama de llaves, con una sonrisa incómoda.
El rostro de Theo se oscureció. A pesar de su hambre, todos los platillos que tenía delante le parecieron poco apetitosos.
"Olvídalo, no tengo hambre. Tráeme mi traje negro y la corbata de rayas, pues los usaré más tarde", indicó, y dejó la cuchara abruptamente.
"Lo siento mucho, señor, pero no sé dónde están esos artículos. La señora Haynes se encargaba de todo eso. Quizás, lo mejor sería que la llame", respondió la empleada, sonrojándose por la vergüenza.
'¿Acaso esta es la forma que encontró Lena para demostrarme lo indispensable que es?', se preguntó el hombre, tensando la mandíbula.
Tras soltar un bufido, agarró su abrigo y los papeles de divorcio, antes de salir de su casa.
El ama de llaves solo pudo mirarlo con confusión, mientras recogía la comida que él ni siquiera había tocado.
Cuando llegó a su oficina, Theo descubrió que Lena no había ido a trabajar. Reflexionó sobre su último gesto dramático, con el ceño fruncido. Terminó sentado en su escritorio, distraído e incapaz de concentrarse en su trabajo.
Finalmente, comenzó a revisar el acuerdo de divorcio. Su molestia era evidente mientras lo hojeaba.
El documento era directo: Lena solo solicitaba ochenta millones. De hecho, parecía que lo había redactado en un ataque de rabia.
Al leer la razón por la que su cónyuge solicitaba el divorcio, frunció el ceño levemente, antes de soltar un bufido.
"Causal del divorcio: Incumplimiento de las responsabilidades maritales. Tres años sin intimidad. La peticionaria solicita el divorcio por ese motivo".
Tras leer eso, a Theo se le ensombreció el rostro. Acto seguido, agarró su celular para realizar una llamada.
"¿Sí?", respondió Lena, con una voz somnolienta y distante.
"¿Qué significa esto?", la cuestionó Theo, soltando una risa burlona, mientras volvía a leer la cláusula.





