Gabriela caminó lentamente por su apartamento, cada paso resonando en su mente con un eco de vacío. El sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas era lo único que lograba distraerla por un momento, pero aún sentía como si todo el mundo se hubiera desvanecido, como si ella misma estuviera flotando fuera de su cuerpo. ¿Cómo podía ser tan fácil para Sergio? ¿Cómo podía irse de su vida de esa manera tan fría y decidida?
Su teléfono vibró sobre la mesa del salón, y al ver el nombre de Mateo en la pantalla, sintió una extraña mezcla de alivio y tristeza. Mateo, su mejor amigo, siempre había estado allí para ella, en todas las circunstancias. Desde que se conocieron cuando apenas tenían cinco años, él había sido su refugio, su cómplice, el hermano que nunca tuvo. Pero en ese momento, Gabriela no estaba segura de si estaba lista para enfrentar su mirada preocupada. Después de todo, Mateo siempre sabía cuándo algo no iba bien.
Respiró hondo y contestó.
-¿Gabriela? -La voz de Mateo sonó al instante, como si hubiera estado esperando la llamada. Gabriela podía escuchar la preocupación en su tono. Sabía que él había percibido algo en su voz cuando la llamó hacía unos minutos, algo que no había podido ocultar.
-Sí, soy yo. -Dijo con voz quebrada, intentando no llorar otra vez. No podía dejar que la tristeza dominara por completo, no delante de él. No todavía.
-He estado pensando en ti todo el día -dijo Mateo, casi como si estuviera hablando consigo mismo-. ¿Estás en casa? Quiero ir a verte.
Gabriela dudó por un momento. ¿Estaba lista para enfrentar la compasión de su mejor amigo? Había pasado toda la tarde tratando de calmarse, pero cada vez que pensaba en lo que había sucedido con Sergio, la tristeza volvía a su piel, llenándola de un dolor punzante. Sin embargo, no podía rechazar a Mateo. Él había sido su roca en tantas ocasiones, y sabía que él sería capaz de darle la tranquilidad que tanto necesitaba. Aunque temía cómo podría reaccionar él, sabía que su apoyo era lo único que la mantenía a flote.
-Está bien, ven -respondió finalmente, con la voz aún vacía. Sabía que él no le preguntaría más, que entendería.
Mateo llegó apenas unos minutos después, como siempre, sin llamar antes ni hacer preguntas innecesarias. Era como si supiera que no había que pedir permiso para estar allí, que su presencia era lo único que Gabriela necesitaba.
Cuando abrió la puerta, lo vio de pie en el umbral, con una expresión de preocupación en su rostro que hizo que el nudo en su estómago se hiciera más fuerte. Mateo siempre había sido el más atento de los dos, el que le ofrecía una sonrisa en medio de las peores tormentas. Hoy no había sonrisas, solo un abrazo silencioso que fue más que suficiente.
Gabriela sintió cómo las lágrimas volvieron a subir por su garganta, pero las contuvo. No quería parecer débil frente a él, aunque lo único que quería era llorar sin parar.
-Gracias por venir -susurró, sin poder encontrar más palabras. Su voz sonaba rasposa, como si llevara días sin hablar.
Mateo la miró a los ojos, no como un amigo que simplemente ofrecía su hombro, sino como alguien que entendía lo que significaba estar rota por dentro. No hizo preguntas, no la presionó para que hablara. Simplemente la guió hacia el sofá y se sentó a su lado, colocando su brazo alrededor de sus hombros de manera protectora, como si intentara envolverla en su calma.
-¿Qué pasó, Gabriela? -preguntó, finalmente, con suavidad. Sabía que no era el momento para decirle "te lo dije" o intentar hacerla sentir peor. No, Mateo sabía que la mejor manera de acercarse a ella era dejarla hablar cuando estuviera lista.
Gabriela se tensó un poco al escuchar su voz. Aunque su presencia era lo único que la calmaba, el recuerdo de lo que había sucedido esa tarde seguía ahí, nublando sus pensamientos.
-Sergio... me dejó. -Dijo, casi en un susurro, mirando al frente, como si no pudiera mirar a Mateo directamente a los ojos. -Me dejó por otra. Y lo peor de todo es que... no lo vi venir. No lo vi.
La confesión le salió a borbotones, como si hubiera estado atrapada dentro de ella durante semanas. El dolor volvió a desbordarse, y Gabriela sintió cómo las lágrimas comenzaban a brotar sin poder detenerlas. Mateo no la interrumpió, solo la abrazó más fuerte, ofreciéndole su silencio y su apoyo. Él sabía que no era momento para palabras.
-¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? -Preguntó, sin mirar a Mateo, sabiendo que él también sentía una mezcla de impotencia y furia al escucharla.
-No lo sé... -respondió Gabriela, sollozando. -Me dijo que ya no me amaba. Que conoció a otra persona, más joven... más libre. Y que ya no sentía lo mismo por mí.
Mateo apretó los dientes, pero se mantuvo en silencio. Sabía que Gabriela necesitaba procesar todo esto a su propio ritmo, y que no había respuestas que pudieran aliviar su dolor de inmediato.
-Yo no entiendo cómo pudo ser tan frío. ¿Cómo pudo irse tan fácil? Después de todo lo que compartimos... -Gabriela sollozó otra vez, dejando escapar todo el dolor contenido durante tanto tiempo. -No sé si lo que más me duele es lo que hizo... o el hecho de que no lo vi.
Mateo suspiró profundamente, sintiendo cómo el dolor de Gabriela lo alcanzaba también. Era injusto, sabía que lo era. Sergio había sido un idiota, y ahora Gabriela se estaba desmoronando. La quería más que a nadie, pero también sabía que no podía decir nada para hacer que el dolor se fuera, al menos no de inmediato.
-No hay nada que puedas hacer para cambiar lo que pasó -dijo Mateo con calma, sin apresurarse a dar consejos. -Lo que hizo, lo hizo. Y el hecho de que no lo hayas visto venir no significa que no fueras suficiente, Gabriela. No es tu culpa.
Gabriela levantó la vista hacia él, como si intentara entender sus palabras. Sabía que él tenía razón. No era su culpa, pero eso no lo hacía más fácil. A veces las personas hacen daño sin pensar, sin medir las consecuencias. Y ahora, ella estaba enfrentando las consecuencias de un amor que ya no existía.
-Lo sé, pero duele. Duele tanto que siento que no voy a poder levantarme de esto. -Dijo, entre sollozos, apretando sus manos contra su rostro. -Quiero olvidarlo, quiero que todo esto se termine, pero... no sé cómo.
Mateo se inclinó hacia ella, acariciando su cabello con una ternura que solo él podía transmitir.
-No tienes que hacerlo sola -dijo, con voz firme. -Lo que te está pasando no tiene que ser algo que enfrentes sin ayuda. Yo estoy aquí, ¿recuerdas? Y siempre lo estaré.
Gabriela lo miró entonces, sus ojos llenos de gratitud y dolor a la vez. El simple hecho de que Mateo estuviera allí, sin pedirle nada, sin exigirle que se recuperara en un plazo determinado, le dio algo que no había encontrado en todo el día: consuelo.
-Gracias... no sé qué haría sin ti -respondió, con una sonrisa tímida, a pesar de las lágrimas que seguían corriendo por su rostro.
-No tienes que saberlo -respondió Mateo, secando una lágrima que caía por su mejilla. -Solo tienes que dejarme estar a tu lado.
El silencio entre los dos se alargó, pero no fue incómodo. Mateo sabía que el dolor de Gabriela no se curaría con palabras. Lo único que podía ofrecerle era su presencia, su apoyo incondicional. Y lo haría, siempre lo haría.
-Vamos a salir de aquí, ¿te parece? -sugirió Mateo después de un rato, dándole un pequeño apretón en el brazo. -A donde sea, solo para despejarte un poco. No tienes que pensar en nada por un rato.
Gabriela asintió lentamente, sintiendo que por primera vez en horas, su mente comenzaba a calmarse un poco. Salir, aunque solo fuera por un momento, era lo que más necesitaba. El futuro parecía incierto, pero al menos en ese momento, con Mateo a su lado, podía respirar.
-Vamos. -Respondió, con una pequeña sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, parecía genuina.





