Todas las miradas estaban puestas en los recién casados Carrington.
Sonrisas perfectas. Gestos ensayados. Una pareja impecable ante los ojos del mundo.
Alexa se inclinó ligeramente y rozó la mejilla de Henry con los labios, fingiendo un gesto cariñoso mientras murmuraba entre dientes:
—Si no quitas tu asquerosa mano de mi trasero, te juro que la vas a perder… y te la voy a hacer comer.
Henry no se inmutó.
Al contrario, sonrió.
—Vaya… mi encantadora esposa también cocina —susurró con burla, apretándola con descaro.
—Pedazo de—
No terminó la frase.
Henry la besó.
Directo. Preciso. Calculado.
Un movimiento tan natural para los espectadores… y tan irritante para ella.
—Creo que es momento de tomar nuestros lugares —anunció él, girándose hacia los invitados con elegancia—. Me encantaría hacer un brindis por la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra… la que, contra todo pronóstico, aceptó casarse conmigo.
Las risas no tardaron en aparecer.
Alexa sostuvo la sonrisa, impecable.
Perfecta.
Aunque por dentro estuviera planeando su asesinato.
La recepción continuó entre copas alzadas y comentarios aduladores. Cuando llegó la comida, Henry no dudó en sentarse y atraer a Alexa hacia su regazo, alimentándola con una cercanía que rozaba lo íntimo.
Demasiado convincente.
Demasiado real.
Los invitados suspiraban, encantados con la escena.
Alexa, en cambio, clavaba sus uñas en el muslo de Henry bajo la mesa.
Maldito… te voy a hacer pagar cada segundo de esto.
Henry apenas reaccionaba.
Sonreía.
Disfrutaba.
Los empresarios comenzaron a acercarse, algunos con genuinas felicitaciones, otros con preguntas disfrazadas sobre la fusión entre los Carrington y los Kingsley.
Henry los manejó a todos con una facilidad que no pasó desapercibida para Alexa.
Seguro. Inteligente. Impecable.
—Hoy es mi boda —dijo en un momento, con una sonrisa perfectamente medida—. Los negocios pueden esperar. Esta noche es para mi esposa.
Esa respuesta… le sorprendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Sin darle tiempo a procesarlo, Henry tomó su cintura.
—¿Bailamos?
El primer baile comenzó.
—Eres demasiado inteligente para ser tú —murmuró Alexa, siguiendo el ritmo con gracia natural.
—Y tú bailas demasiado bien para ser tú —respondió él, con esa sonrisa que siempre la irritaba.
—Estudié danza contemporánea en Londres. Soy profesora —replicó, haciendo un leve puchero.
—Perfecto —respondió Henry sin perder el ritmo—. Entonces yo me encargaré de tu dinero. Administración y finanzas.
Las risas y aplausos no se hicieron esperar.
Henry inclinó el rostro y besó su mejilla con una familiaridad que hizo que más de uno suspirara.
La farsa… era impecable.
La noche avanzó entre fotografías, regalos y buenos deseos.
Pero no todo eran sonrisas.
En un rincón, un grupo de chicas murmuraba lo suficientemente bajo como para parecer discretas… pero no lo suficiente.
—Lily dice que esto no va a durar —susurró una—. Henry siempre ha tenido debilidad por ella.
—No lo sé… se ven bastante enamorados —respondió otra—. ¿Viste cómo la miraba?
—¿Enamorados? Por favor. Ellos se odian. Aquí hay algo raro.
—Te equivocas.
Las tres se sobresaltaron.
Alexa estaba ahí.
Sonriente. Elegante. Peligrosa.
—No era mi intención escuchar —continuó con calma—, pero cuando escuchas tu nombre… es difícil ignorarlo.
Las miró una por una.
—Primero: aquí no hay nada raro. Henry y yo nos amamos y decidimos casarnos. Segundo… díganle a Lily que deje de ilusionarse.
Una pausa.
—Él solo tiene una debilidad.
Se inclinó apenas, con una sonrisa afilada.
—Y esa soy yo.
El silencio fue inmediato.
—Mi esposa tiene razón.
La voz de Henry apareció detrás de ellas como una sombra.
—No hay nadie más.
Las chicas palidecieron.
Alexa sonrió… y esta vez fue ella quien lo besó.
Sin aviso.
Sin pedir permiso.
Aprovechando el impacto, el grupo desapareció en cuestión de segundos.
—Te ves interesante cuando te pones territorial —murmuró Henry contra sus labios.
—No estoy celosa —respondió ella, dándole un codazo disimulado—. Solo estoy marcando límites.
Henry rió por lo bajo, observándola alejarse.
—Claro… límites.
Pero su mirada descendió apenas, recorriendo su figura.
—Maldita…
No terminó la frase.
No hacía falta.
La idea de vivir bajo el mismo techo con Henry Carrington, fingiendo ser una pareja feliz, no era un reto.
Era una condena.
La luna de miel habría hecho todo más creíble… pero también más insoportable. Y Henry tenía prioridades: estabilizar la nueva empresa, asegurar el futuro de ambas familias.
Así que no hubo escapatoria romántica.
Solo realidad.
Horas después, el auto se detuvo frente a la casa que compartirían.
Su “nidito de amor”.
—La recuerdas, ¿no? —dijo Henry—. Mis padres la compraron cuando se casaron. La remodelaron hace unos años. Es… funcional.
Alexa observó la fachada.
Grande. Elegante. Imponente.
—Es más bonita de lo que recordaba.
—Bien —respondió él, abriendo la puerta—. Entra… o ¿prefieres que te cargue?
Alexa alzó una ceja, desafiante.
—Deberías hacerlo. Es tradición. Pero claro… eso implicaría que fueras un buen esposo.
Error.
Henry no respondió.
Actuó.
En un solo movimiento, la levantó sin previo aviso, cargándola sobre su hombro.
—¡¿Qué demonios haces?! —protestó Alexa, golpeándolo.
—Cumpliendo con la tradición —respondió él, avanzando hacia la puerta como si nada.
Y así, entre quejas, golpes y una tensión que ya no era solo odio…
cruzaron juntos el umbral de su nueva vida.





