Isabella recordó a Santiago.
Alto, de hombros anchos.
Manos fuertes, manchadas de arcilla.
Ojos oscuros, profundos, que parecían ver más allá de su fachada de arquitecta exitosa.
Siempre reservado, casi tímido con ella.
Pero cuando hablaba de su arte, sus ojos brillaban.
Una vez, en una fiesta de Javier, él le había mostrado una pequeña pieza de cerámica.
Una golondrina a punto de alzar el vuelo.
"Para los nuevos comienzos," había dicho él, con una media sonrisa.
Ella no entendió entonces. Ahora, quizás sí.
"Santi siempre ha estado un poco colado por ti, Isa," dijo Javier al teléfono.
Su voz era suave, intentando consolarla.
"Nunca se atrevió a decir nada. Te veía tan... inalcanzable. Y luego, con Mateo..."
Isabella procesaba la información.
Santiago. Enamorado de ella.
El hombre que la salvó.
Y ella, ciega, persiguiendo una sombra.
"¿Por qué pospuso lo de Florencia tanto tiempo, Javi?"
"No lo sé seguro. Empezó a retrasarlo justo después de aquellas fiestas de San Isidro. Hace tres años."
Tres años.
El mismo tiempo que ella llevaba con Mateo.
¿Santiago había pospuesto sus sueños por ella?
¿Esperando, en silencio?
La idea era abrumadora.
Isabella se levantó del balcón.
Entró en el apartamento.
La cena seguía allí.
Miró la foto de Mateo que tenía en la mesilla de noche.
Sonriente, carismático. Falso.
Tomó una decisión.
Al día siguiente, llamó a su socio.
"Necesito un cambio de aires, Ricardo. ¿Recuerdas ese proyecto de restauración en Florencia que rechazamos?"
"¿El Palazzo Medici? ¿Estás segura, Isa? Es un desafío enorme."
"Lo sé. Y lo quiero. Prepara los papeles. Me voy a Florencia."
Usaría su trabajo como excusa.
Para alejarse de Mateo. Para sanar.
Y quizás, solo quizás, para encontrar a Santiago.
Para encontrar la verdad.
Antes de irse, recogió todas las cosas de Mateo.
Sus camisas caras, sus productos para el pelo, los regalos que él le había hecho.
Lo metió todo en cajas.
También guardó la foto de la mesilla.
Ya no quería ver esa sonrisa.
Se sintió más ligera.
Como si se quitara un peso de encima.
Un peso que había llevado durante tres largos años.
Mateo apareció en su apartamento unos días después.
No había llamado. Simplemente entró con su llave.
Una llave que Isabella pronto cambiaría.
"Isa, cariño, ¿dónde has estado? Te he echado de menos," dijo, intentando abrazarla.
Ella lo esquivó.
Su indiferencia pareció sorprenderlo.
"He estado ocupada," dijo ella, fría.
No hubo reproches, no hubo lágrimas.
Solo un vacío donde antes había amor.
Mateo frunció el ceño. "¿Qué pasa? ¿Sigues enfadada por lo de la otra noche?"
Isabella lo miró.
Ahora veía la verdad.
La intensidad en los ojos de Mateo, la pasión que ella había creído que era por ella...
Era solo un reflejo.
Un eco de sus sentimientos por Camila.
Ella había sido el espejo donde él veía a su ex.
Qué tonta había sido.
"Tenemos que hablar, Mateo."
Él suspiró, como si ella fuera una carga.
"Ahora no, Isa. Tengo un estreno esta noche. ¿Por qué no vienes conmigo? Será divertido."
Intentó sonreír, el encanto habitual.
Pero ya no funcionaba.
"No, gracias."
Él la miró, desconcertado.
"Bueno, como quieras. Pero luego no te quejes de que no pasamos tiempo juntos."
Se encogió de hombros y se fue al dormitorio.
Probablemente a buscar algo de ropa.
Isabella oyó el timbre.
Era un mensajero.
Con un enorme ramo de rosas rojas.
La tarjeta decía: "Perdóname. Te quiero. M."
Isabella dejó las flores en el rellano.
Ya no significaban nada.





