Londres estaba cubierto por una densa bruma nocturna cuando Dante Von Adler abandonó su oficina. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol mientras se dirigía a su automóvil, su expresión era inescrutable, pero dentro de él, un fuego peligroso comenzaba a encenderse.
No solía perder el control, pero el informe de su abogado había despertado algo que no podía ignorar.
¿Héctor Sinclair había echado a Bianca y a su madre sin nada?
Dante ajustó el nudo de su corbata con un gesto lento y meticuloso antes de subirse a su auto.
-A la Casa Sinclair. -Ordenó con voz baja y cortante.
El chofer asintió y aceleró.
Varios minutos después el lujoso auto negro se detuvo frente a la majestuosa pero fría mansión Sinclair. Las luces seguían encendidas, a pesar de la hora avanzada. Dante descendió con calma, ajustando los puños de su traje.
No necesitaba anunciarse.
Cuando tocó la puerta, un mayordomo abrió y al verlo palideció al instante.
-S-señor Von Adler...
-Avísale a Héctor que estoy aquí.
El mayordomo se apresuró a desaparecer y, en cuestión de segundos, Héctor Sinclair apareció en el vestíbulo, con una sonrisa falsa y una actitud servil.
-¡Señor Von Adler! -Exclamó, bajando apresuradamente los escalones con los brazos abiertos-. Qué grata sorpresa. No esperaba verlo a estas horas.
Dante permaneció en el umbral, impasible.
Héctor se inclinó un poco, con una reverencia apenas disimulada.
-Por favor, pase. -Hizo un gesto con la mano, su tono era casi adulador-. Esta es su casa.
Dante avanzó sin prisa, sus ojos oscuros recorrieron el lujoso salón. Nada había cambiado... salvo la ausencia de Eleanor y Bianca.
Eso lo enfureció más de lo que esperaba.
Se giró lentamente hacia Héctor, quien sonreía con autosuficiencia.
-Espero que haya venido para conversar por Hanna -dijo el hombre mayor con una mueca satisfecha-. Ella sí es digna de usted y arreglemos los actos de Bianca, yo le pido disculpas por la bajeza cometida por esa joven.
Dante no respondió. Se limitó a arquear una ceja, esperando a que Héctor continuara.
El silencio lo hizo sentir confiado, así que siguió hablando con un veneno disfrazado de cordialidad.
-Lamento lo que mi otra hija hizo... -resopló, como si hablar de Bianca fuera una molestia-. Pero ya la puse en su lugar. No tenía derecho a aferrarse a un hombre que nunca fue para ella.
Dante observó cada palabra salir de su boca con un asombroso nivel de control.
-Hanna siempre ha sido la mejor de mis hijas. Inteligente, hermosa, con un futuro brillante. No como Bianca. -Su rostro se torció con desdén-. Esa niña siempre fue un problema. Débil, llorona, sin ambiciones. Nada que ver con Hanna.
Dante apretó la mandíbula.
-Cuando Hanna vuelva de su especialidad, podremos solucionar todo este escándalo. -Héctor se sirvió una copa de whisky y la levantó en dirección a Dante-. Al menos ahora Bianca está fuera de nuestras vidas.
Dante permaneció en silencio, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa.
Héctor se rió entre dientes, sin notar la tormenta que se cernía sobre él.
-Estoy seguro de que esto también lo beneficia, ¿no? -continuó-. No tiene que cargar con un error como Bianca. Es más, si quiere, puede anular el matrimonio. Estoy seguro de que Hanna le dará hijos dignos...
Dante entrecerró los ojos y, por primera vez, Héctor sintió una punzada de inquietud.
El empresario caminó lentamente por la sala, sus pasos medidos resonaban en el mármol. El aire parecía haberse vuelto más pesado.
Finalmente, Dante se detuvo frente a Héctor.
Su siguiente pregunta cayó como un balde de agua helada.
-Dígame, señor Sinclair... -Su voz fue profunda y cortante-. ¿Bianca es su hija... o no?
La copa en la mano de Héctor tembló ligeramente.
El silencio que siguió fue atronador.
Dante ya no Expuso ninguna palabra, solo abandono la Mansión de manera inmediata dejando totalmente sorprendido a Hector Sinclair ante aquella pregunta realizada.
El vehículo avanzaba por la carretera, la expresión fría e indescifrable de Dante era impenetrable para sacar alguna conclusión.
El chófer sentía la atmósfera insostenible en el interior del vehículo, tener una vaga imaginación de aquello que pasaba por la mente de Dante Von Adler era inimaginable, quizás considerado un pecado tratar de entenderlo.
La Mansión Portal estaba envuelta en un silencio profundo cuando Eleanor Sinclair se dejó caer en uno de los amplios sofás de la sala principal. Rafaela Portal la observaba con el ceño fruncido, sin entender del todo la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Bianca estaba destruida. Su hija se había quedado en una de las habitaciones, llorando en silencio, completamente agotada por todo lo que había soportado ese día.
-Ahora dime, Eleanor -Rafaela cruzó los brazos y fijó sus ojos en su amiga de toda la vida-, ¿qué demonios pasó? ¿Cómo es posible que Bianca termine casada con el prometido de Hanna?
Eleanor cerró los ojos por un instante, tratando de encontrar la mejor manera de explicar lo inexplicable.
-Fue el destino más cruel, Rafaela... y todo por culpa de Héctor.
La mujer mayor exhaló con frustración y cubrió su rostro con las manos antes de levantar la mirada con una mezcla de rabia y tristeza.
-¿Por Héctor? ¿Qué hizo ahora ese desgraciado?
Eleanor tragó en seco.
-El fraude...
Rafaela arqueó una ceja.
-¿Fraude?
Eleanor asintió lentamente.
-Héctor Sinclair falsificó documentos y alteró cuentas para encubrir la crisis financiera de su empresa. Durante años, infló balances y movió dinero ilegalmente. El problema es que lo descubrieron.
Rafaela se quedó en silencio, asimilando la información.
-El gobierno no toma a la ligera este tipo de delitos -continuó Eleanor-. Lo iban a arrestar. El caso estaba cerrado, las pruebas eran irrefutables, y la sentencia ya estaba dictada. Héctor iba a ser condenado a prisión por más de quince años.
Rafaela se inclinó hacia adelante, más atenta que nunca.
-Entonces, ¿cómo es que está libre?
Eleanor suspiró.
-Solo había un hombre que podía salvarlo: Dante Von Adler.
La sorpresa cruzó el rostro de Rafaela.
-Dante es poderoso, pero... ¿qué tiene que ver él en esto?
-Los abogados encontraron una brecha en la ley -explicó Eleanor-. Dante podía intervenir legalmente en el caso, pero solo si tenía un vínculo directo con la familia.
Rafaela se cubrió la boca con una mano.
-Y el único lazo posible era a través del matrimonio...
Eleanor asintió con los ojos llenos de amargura.
-Exactamente. Pero Hanna estaba fuera del país.
-¡Podrían haber esperado a que volviera! -exclamó Rafaela-. Si se trataba de salvarlo, Hanna...
-No había tiempo. No podíamos esperar a Hanna, Rafaela.
Eleanor se inclinó hacia adelante, su voz temblando.
-El abogado de Dante nos dio dos horas. Dos horas para decidir. O Bianca se casaba con Dante, o Héctor sería enviado a la Prisión principal.
Rafaela se quedó sin palabras.
Eleanor bajó la mirada y susurró con amargura:
-No teníamos otra opción.
El silencio en la habitación se volvió asfixiante.
Después de unos segundos, Rafaela habló con voz firme:
-Y ahora, después de que ella sacrificó todo... ese maldito la echó de su casa.
Eleanor apretó los labios, su cuerpo temblando de impotencia.
-Héctor la repudió. La llamó vulgar, dijo que vendió su cuerpo...
Rafaela golpeó la mesa con fuerza.
-¡Maldito desgraciado! ¡Bianca se sacrificó por él y la trata así!
Eleanor rompió en llanto.
-No tenía opción, Rafaela... Le arrebaté la vida que tenía.
Rafaela se acercó y la abrazó con fuerza.
-No fue tu culpa, Eleanor... Pero escúchame bien: Bianca no está sola. Aquí siempre tendrá un hogar.
Eleanor asintió con lágrimas en los ojos.
Pero en su interior, sabía que Bianca nunca volvería a ser la misma.
- A veces pensamos más en los demás estando dispuestos a sacrificarnos por personas que no lo merecen, pero también valió la pena para que conozcas con que hombre estas casada.
Eleanor bajo la mirada ante las palabras de Rafaela.
- Hector siempre tuvo preferencias hacia Hanna, razón por la cual a ella si le ha permitido estudiar medicina.
Rafael sentía que el impacto de las próximas palabras dejaran marcas.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la Mansión Portal, como si el cielo mismo sintiera el dolor que consumía a Bianca en ese momento. La joven estaba en una de las habitaciones, con los ojos hinchados de tanto llorar, mientras Eleanor y Rafaela mantenían esa conversación en la sala principal.
Eleanor sostenía una taza de té entre las manos, pero no había bebido ni un solo sorbo. Su mente estaba atrapada en el pasado, en cada decisión que Héctor había tomado a lo largo de los años, decisiones que habían marcado la vida de sus hijas de forma irreversible.
-Siempre fue Hanna. -su voz sonó amarga y rota al mismo tiempo.
Rafaela levantó la mirada.
-¿Porque solo Hanna y no Bianca?
Eleanor asintió con pesadez.
-Hanna siempre fue su favorita.
Rafaela frunció el ceño, sin sorprenderse del todo.
-Siempre supe que la prefería, pero jamás imaginé que llegara al extremo de tratar a Bianca como si no valiera nada.
Eleanor dejó escapar un suspiro tembloroso.
-Hanna tiene 25 años... cuatro años más que Bianca. Desde pequeña, Héctor la vio como la joya de la familia. Siempre le decía que era inteligente, fuerte, que haría cosas grandiosas. Y cuando creció, él la apoyó en todo.
Rafaela se cruzó de brazos.
-Por supuesto. Le permitió estudiar medicina.
Eleanor apretó la taza con fuerza.
-Sí. Siempre quiso que Hanna se convirtiera en doctora, y cuando ella expresó su deseo de estudiar en una de las mejores universidades, Héctor no dudó ni un segundo.
-Pero... ¿y Bianca? ¿Porque Hanna si y mi pequeña Bianca no?
La mirada de Eleanor se nubló de tristeza.
-A Bianca no le permitió nada definitivamente.
El silencio cayó entre ambas.
-¿Cómo que no le permitió nada? -Rafaela preguntó, incrédula.
Eleanor cerró los ojos, como si recordarlo le causara un dolor insoportable, Rafaela había caído en la trampa de Héctor cuando le había dicho que a Bianca no le gustaba nada y solo prefería la vida de niña rica a cuesta del esfuerzo de sus padres.
-El sueño de Bianca también era estudiar medicina. Desde pequeña, adoraba los libros de anatomía, las enciclopedias médicas... incluso cuando Hanna estudiaba, Bianca se quedaba a su lado, aprendiendo con ella en silencio.
Rafaela llevó una mano a su boca, sorprendida.
-¿Y Héctor lo sabía?
Eleanor soltó una risa amarga.
-Por supuesto que lo sabía. Pero nunca la dejó.
-¡¿Qué?! -Rafaela se levantó, indignada-. ¿Me estás diciendo que a Bianca le prohibió estudiar?
Eleanor asintió con lágrimas en los ojos.
-Le negó el derecho a una educación universitaria.
Rafaela estaba furiosa.
-Pero... ¿cómo justificó eso?
-Dijo que una mujer no necesitaba estudios para casarse. Que Bianca no tenía que aspirar a nada más que ser una esposa perfecta.
El rostro de Rafaela se llenó de rabia.
-¡Maldito imbécil!
Eleanor bajó la mirada.
-Ella rogó.
Rafaela sintió un nudo en el estómago.
-¿Qué?
-Bianca le suplicó. Le dijo que solo quería estudiar, que quería aprender. Pero él la miró a los ojos y le dijo: "No desperdiciaré mi dinero en algo inútil."
Rafaela apretó los puños.
-¿Y tú? ¿No hiciste nada?
Eleanor sintió que su pecho se oprimía.
-Intenté ayudarla... pero él era implacable.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
-Me dijo que si la apoyaba, me sacaría de la casa. No tenía poder, Rafaela. No tenía dinero, no tenía cómo ayudarla. Lo único que pude hacer fue ayudarla a tomar materias virtuales.
Rafaela estaba completamente conmocionada.
-¿Materias virtuales?
Eleanor asintió.
-No era lo que ella quería, pero al menos pudo aprender algo. Se enfocó en el área de la tecnología, porque era lo único accesible para ella. Pero su verdadera pasión... siempre fue la medicina.
Rafaela cerró los ojos con impotencia.
-Él... él le apagó la luz.
Eleanor soltó un sollozo.
-Sí.
El silencio que siguió fue doloroso.
Rafaela miró hacia la escalera, donde sabía que Bianca estaba en una habitación, rota, traicionada y abandonada.
-Pero esa luz no se ha extinguido por completo, quizás ahora tenga más oportunidades que antes.





