Lucía despertó temprano al día siguiente, con el sonido del despertador cortando el silencio de su pequeña habitación. El reloj marcaba las 6:00 a.m., y aunque había dormido solo unas horas, la ansiedad y la emoción hicieron que se levantara sin ningún esfuerzo. Era su primer día como niñera de los hijos de Raúl Castillo, el poderoso CEO de Castillo Corp., y su mente no podía dejar de dar vueltas a todo lo que le esperaba.
Aún con los ojos un poco hinchados por la falta de descanso, Lucía se levantó de la cama con rapidez y se acercó al espejo. Observó su reflejo por un momento, tratando de calmar los nervios que comenzaban a apoderarse de ella. Hoy no podía permitirse mostrar inseguridad, no en este nuevo trabajo. Se pasó una mano por el cabello, lo recogió en una coleta sencilla, y comenzó a vestirse. Eligió un conjunto sobrio pero cómodo: unos pantalones de tela gris, una blusa blanca y unos zapatos bajos. No quería verse demasiado formal, pero tampoco demasiado informal. Un equilibrio que pensaba que Raúl apreciaría, al menos en su primera impresión.
Con el desayuno rápidamente resuelto y la mochila lista, Lucía salió de su apartamento. El día estaba gris, como si la ciudad misma supiera que el día era importante para ella. Mientras caminaba hacia la estación de metro, sus pensamientos no dejaban de saltar de un lado a otro. Había pasado una buena parte de la noche repasando todo lo que había dicho y hecho durante la entrevista, pero ahora era momento de poner en práctica todo lo que había prometido.
El viaje en el metro fue corto, pero las estaciones que pasaba solo aumentaban su nerviosismo. Al llegar a la parada correcta, subió las escaleras rápidamente y llegó, finalmente, al edificio de Castillo Corp.. Aunque el edificio ya le era familiar, al estar frente a él ahora, con su bolso en mano y el trabajo en mente, parecía aún más imponente.
Al entrar, se sintió una vez más fuera de lugar, pero recordó lo que había pensado el día anterior: "Este es tu momento, Lucía. Aprovecha la oportunidad". Caminó hacia el vestíbulo donde la secretaria de la mañana anterior la recibió con una sonrisa que, aunque parecía un poco forzada, la hizo sentir más bienvenida.
-Buenos días, Lucía. ¿Listo para empezar? -preguntó la secretaria, con una voz cálida pero profesional.
Lucía asintió, intentando esconder su nerviosismo detrás de una sonrisa.
-Sí, estoy lista. ¿Dónde debo ir?
La secretaria la miró por encima del escritorio, como si esperara que Lucía dijera algo más. Como si quisiera saber si realmente estaba preparada para lo que venía. Después de un breve momento de silencio, la mujer señaló un pasillo en dirección a un área privada de la oficina.
-El señor Castillo te espera en su oficina. Puedes pasar por la sala de juegos de los niños, están allí.
Lucía agradeció y caminó hacia el pasillo, tomando una respiración profunda antes de llegar a la sala. El sonido de los pasos de Lucía resonaba en el mármol del pasillo vacío. A medida que se acercaba a la puerta de la sala de juegos, podía escuchar risas y pequeños murmullos que indicaban que los niños ya estaban despiertos. En ese momento, una mezcla de emoción y responsabilidad la invadió, y casi sin querer, su paso se hizo más firme.
Al entrar, Lucía vio a los dos niños de Raúl. La mayor, Isabela, tendría unos seis años, con una larga melena castaña que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Estaba sentada en el suelo, jugando con bloques de construcción, su rostro concentrado y serio, pero sus ojos brillaban con curiosidad. El más pequeño, Tomás, probablemente tendría unos tres años, era un niño travieso con una sonrisa que iluminaba la habitación. Estaba corriendo alrededor de los juguetes, riendo a carcajadas mientras perseguía un balón. Ambos parecían completamente ajenos al mundo corporativo que rodeaba a su padre.
Lucía no pudo evitar sonreír al verlos. Había estado tan nerviosa sobre el trabajo en sí, que no había tenido tiempo de pensar en los niños. Ahora, al verlos, una parte de ella comenzó a sentirse más tranquila. No era solo un trabajo en una oficina; estaba a punto de entrar en la vida de esos niños, de ser parte de su día a día. La responsabilidad, aunque abrumadora, tenía algo hermoso, algo que la conectaba con un propósito más grande.
-¡Hola! -dijo Lucía con una sonrisa, intentando sonar amigable pero sin parecer demasiado nerviosa.
Isabela levantó la vista de los bloques y, con una mirada seria, la evaluó por un momento antes de hablar.
-¿Eres mi nueva niñera? -preguntó con una curiosidad evidente.
Lucía se agachó un poco para estar a su nivel, una técnica que solía usar para ganarse la confianza de los niños. Sonrió ampliamente.
-Sí, soy Lucía. Estoy aquí para cuidar de ti y de Tomás.
Tomás, que estaba corriendo por toda la sala, se detuvo en seco al escuchar el nombre de Lucía. Corrió hacia ella y la abrazó repentinamente, lo que hizo que Lucía se sorprendiera un poco.
-¡Hola, Lucía! -dijo Tomás, su voz risueña y llena de energía.
Lucía se agachó para abrazarlo, dejándose envolver por la calidez de su abrazo. Los niños siempre habían sido una de sus debilidades, y ahora, al estar frente a ellos, comenzó a sentirse mucho más cómoda. El caos y la inocencia de los pequeños le daban un aire de normalidad que necesitaba.
-Hola, Tomás -respondió con dulzura, separándose para mirarlo.
Isabela, quien había observado la escena en silencio, finalmente soltó los bloques y se acercó también.
-¿Puedo mostrarte mi dibujo? -preguntó con una leve sonrisa, como si al fin hubiera decidido darle una oportunidad.
Lucía asintió y se acercó a la mesa donde Isabela había dejado sus dibujos. Estaba dibujando algo que parecía un castillo, con muchos colores brillantes y detalles meticulosos. Lucía no pudo evitar admirar su talento.
-Es muy bonito -comentó, sonriendo-. Me gusta mucho cómo lo haces. ¿Lo hiciste tú sola?
Isabela asintió, orgullosa de su trabajo, y Lucía sintió una punzada de afecto por la niña. Sabía que, más allá de las expectativas de Raúl, tenía que ser una figura confiable y amorosa para los niños, porque ellos eran lo más importante en todo esto.
De repente, la puerta del salón se abrió con suavidad y Raúl Castillo apareció en el umbral. Lucía no lo había oído entrar, y cuando lo vio, la calidez de la habitación pareció desaparecer. Raúl estaba vestido de manera impecable, con un traje oscuro que resaltaba su presencia autoritaria, su rostro serio e impasible, como siempre. No era solo el jefe de una de las empresas más poderosas del país; su figura imponía respeto por sí misma.
Los niños se levantaron rápidamente al verlo, y Lucía se puso de pie también, un poco más nerviosa ahora que él estaba en la habitación.
-Buenos días, señor Castillo -dijo, con un tono más formal.
Raúl la observó un momento sin decir nada, su mirada fija y calculadora, como si estuviera evaluando cada pequeño gesto que ella hacía. Después, su expresión se suavizó, aunque solo levemente, mientras dirigía su atención a sus hijos.
-Isabela, Tomás -dijo en un tono autoritario pero cariñoso-. ¿Ya conocieron a Lucía?
Isabela asintió con una sonrisa tímida, mientras Tomás se acercaba a su padre para abrazarlo.
-Sí, papá -dijo Tomás-. Ella es muy buena.
Raúl sonrió ligeramente ante la declaración de su hijo y luego volvió su mirada hacia Lucía.
-Espero que todo vaya bien hoy -comentó, su voz más suave de lo que ella había esperado, pero aún firme. Lucía notó que, a pesar de su intento de mantener la calma, había algo de vulnerabilidad en su actitud.
-Claro, no se preocupe. Estoy aquí para ayudar -respondió, sintiendo cómo su confianza aumentaba a medida que interactuaba con él.
Raúl asintió, cruzando los brazos mientras observaba a los niños. Por un momento, Lucía pensó que su presencia allí se había vuelto invisible para él, como si su rol como niñera fuera simplemente una formalidad. Pero en el fondo, sabía que aún quedaba mucho por demostrar. Tenía que ganarse su confianza y, sobre todo, la de los niños.
A lo largo del día, Lucía pasó tiempo con los niños, acompañándolos mientras jugaban, pintaban y se divertían. Aunque no era el trabajo más glamoroso del mundo, había algo en estar cerca de ellos que la hacía sentirse más humana. La vida de Raúl Castillo era un mundo al que ella nunca había pertenecido, pero, en ese momento, con los niños a su alrededor, Lucía sabía que había encontrado un lugar al que podía llamarse a sí misma.





