Los dos chicos de compañía lucían realmente tensos. La mera mención del nombre William Mitchell les produjo un escalofrío en la columna vertebral, al mismo tiempo que una expresión de ansiedad aparecía en sus rostros.
Renee, con la cabeza ligeramente inclinada, sintió una oleada de ira brotar de su interior. Sin embargo, la enmascaró hábilmente detrás de un velo de serenidad cuando dijo a sus acompañantes: "Ya oyeron. Como el señor Mitchell está de buen humor, más vale que hagan su mejor esfuerzo, porque la decepción no es una opción el día de hoy".
Dicho eso, levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con picardía cuando le dirigió un guiño coqueto a William. "Señor Mitchell, considera esto como una lección invaluable. Te comportas en la cama como si estuvieras en el campo de batalla. Mis dos acompañantes, en cambio, saben cómo hacer que una mujer se sienta valorada. Debes recordar que no soy tu soldado de infantería. Mientras yo soporto tu rudeza, piensa en tu amada. Ella es demasiado delicada para un trato así, ¿verdad?".
Él simplemente le dirigió a su esposa una mirada gélida. Acto seguido, se reclinó en el respaldo del sofá y encendió una cerilla con un movimiento brusco, la cual usó para encender su cigarrillo. Pronto, un velo de humo lo envolvió, enmascarando su expresión inescrutable.
El enfado de Renee aumentó ante su actitud indiferente. El hombre lucía casi herido; sin embargo, ella no lograba descifrar qué podría hacer que su fachada gélida se desmoronara.
Con impaciencia, espetó a los dos chicos de compañía: "¿Y bien? ¿Qué están esperando? A petición del señor Mitchell, muéstrenle lo que saben hacer. ¿Quién sabe? Tal vez aprenda una o dos cositas".
Con un aire desafiante, la joven se aflojó los tirantes del vestido, dejando que se deslizaran por sus hombros.
Ellos se sobresaltaron por la inesperada acción de Renee. Sus ojos se dirigieron involuntariamente hacia William, cuya mirada era gélida e implacable. Instintivamente cerraron los ojos con fuerza.
"Eh, señorita Carter... Tal vez lo mejor sea que nos vayamos".
Justo cuando estaban a punto de agacharse para recoger la ropa esparcida por el suelo, ella los fulminó con una mirada fría, dejándolos paralizados en su sitio.
"Ya les dije que la decepción no es una opción hoy", repitió, con su voz tan aguda como el aire invernal.
Dicho eso, su atención se volvió hacia William, justo a tiempo para captar una chaqueta de camuflaje que volaba por el aire y la cubría con precisión, oscureciendo su vista. Antes de que pudiera quitarse de encima la prenda, un par de manos robustas la cargaron.
"¡William! ¡¿Qué diablos estás haciendo?!", exclamó Renee. La tela de la chaqueta amortiguó su voz.
No podía ver la expresión de su esposo; solo podía sentir el aura intensa y siniestra que irradiaba él. Sin esfuerzo, el hombre la cargó sobre su hombro, con el cigarrillo a medio fumar entre la punta de sus dedos.
Luego, con un movimiento rápido, apagó el cigarrillo en la espalda de uno de los chicos de compañía, provocando que soltara un grito agudo. Al mismo tiempo, su bota impactó la rodilla del otro, quien soltó un gemido de agonía que llenó la sala.
Ryland, quien todo ese tiempo había estado esperando nerviosamente junto a la puerta, dio un paso adelante, visiblemente nervioso. "Señor Mitchell, resolvamos esto pacíficamente, por favor", suplicó con voz temblorosa.
"¡Quítate de mi camino!". La voz de William fue un ruido sordo, más animal que humano, el cual hizo que Ryland se tambaleara hacia atrás con miedo. Sus protestas se desvanecieron en la noche mientras, incapaz de hacer algo, observaba cómo William subía a Renee a la parte trasera del jeep.
El motor rugió mientras el vehículo avanzaba a toda velocidad, un reflejo del temperamento ardiente del conductor. Cuando arrojaron a Renee sobre el lujoso y mullido edredón de color carmesí, los efectos del alcohol que bebió esa noche comenzaron a disiparse.
Sus ojos se abrieron de golpe y se clavaron en la elegante cama del dormitorio principal, un emblema de unión que ella y William nunca habían compartido verdaderamente, ni siquiera después de su matrimonio. La ironía la hirió y se mezcló con su dolor. Su unión de tres años no careció de sexo. Las raras veces que William regresaba a casa después de sus deberes militares, sus encuentros íntimos eran apasionados, por mucho que discutieran ferozmente. No obstante, sus condiciones de vida decían mucho: dormían en diferentes habitaciones, de modo que esa estaba intacta.
Inesperadamente, esa noche la actitud del hombre se descontroló, ya que llevó a su esposa a ese espacio sagrado y la arrojó sobre la cama sin dudarlo.
"¡¿Qué carajo estás tratando de hacer?!", inquirió Renee con una voz llena de desconcierto y miedo.
Apenas logró incorporarse cuando William se cernió sobre ella, con sus ojos salvajes y enrojecidos.
"Prepárate, porque te voy a follar de tal manera que me rogarás que no me detenga", declaró él con los dientes apretados, mientras desgarraba sin piedad el vestido de su esposa.
"Hace un rato dijiste que soy demasiado rudo, ¿verdad?". Su aliento cálido chocó contra la oreja de la chica, mientras con los dientes le rozaba suavemente el lóbulo, en una caricia escalofriante. "Esta noche te follaré con suavidad. Haré que disfrutes cada maldito segundo".
Atrapada bajo su peso, Renee se retorció, en un intento de liberarse. Pero, sin querer, su forcejeo los acercó aún más. Mientras William le rozaba tiernamente el lóbulo de la oreja con la lengua, su voz cortó el aire, gélida y cruda: "Recuerda que eres una mujer casada".
En ese momento, el estridente timbre del celular atravesó el aire tenso. A pesar de que quería ignorarlo, el insistente zumbido en su bolsillo, justo cuando estaba a punto de desvestirse, lo obligó a sacar el dispositivo con impaciencia. Cuando miró el identificador de llamadas, su expresión se suavizó ligeramente.
Con una sonrisa irónica y de autodesprecio, Renee echó un vistazo a la pantalla del celular. Como era de esperar, era una llamada de su novia de la infancia.
La voz de la joven estaba cargada de ironía cuando comentó: "Parece que has olvidado que eres un hombre casado".
Los ojos de William se posaron en ella, pero antes de que pudiera hacer cualquier movimiento, Renee le arrebató el celular y respondió la llamada con deliberada calma.
"Hola, Sylvia", dijo con voz tranquila.
Hubo una breve pausa mientras la aludida asimilaba la voz inesperada. "Hola... Renee", contestó entre tartamudeos. La lengua se le trabó por la sorpresa.
Al captar la mirada resignada de su esposo, la sonrisa de Renee se convirtió en una mueca maliciosa. "Sí, soy yo. Lo siento, pero William y yo estamos un poco ocupados en estos momentos. Como has de saber, las parejas se ponen muy cachondas después de un tiempo de estar separadas. Es como un maldito antojo que se tiene que satisfacer con urgencia. Ya mismo tiene la boca en mi cuerpo, así que dudo que pueda responder tu llamada".





