—¡Es un traidor! —Se esfuerza contra las cadenas, el gruñido que salió de su boca fue totalmente bestial.
Mi miedo se intensifica en una velocidad volátil. Cada que transcurre el tiempo los gemidos y alaridos de dolor van menguando, y pensar la razón me aterra.
¿Cómo pudo hacer esto? ¿Por qué? ¿Acaso no estaba de nuestro lado?
—Yo te lo advertí, Senaku —asevera Kenso, mientras que sus palabras salen con frustración contenida—. Te dije que no podíamos estar con alguien así —ruge, se aclara la garganta y baja la mirada—. Vamos a ser otras más de sus víctimas —pausa—. Y cuando lo seamos, todo será tu culpa.
En ese momento no pensé de quien fue la culpa, no discutí, no forcejeé, no hice nada.
¿Qué podía hacer?
Mis manos y la de mis compañeros están cohibidas por cadenas que alzan nuestros brazos. Ya siento el dolor y el entumecimiento en ellos.
Jano se encuentra herido en su pierna derecha. Jaizael, No pronunció ni una palabra desde que nos encerraron, al igual que Anele.
El frío, las ratas, la lluvia que desciende por una pequeña rejilla en la parte superior del calabozo, que nos moja y aumenta el miedo de que pudiéramos morir ahogados, no me deja pensar con claridad.
—Yo los sacaré, yo soy el rey, y pasé lo que pase, nos iremos de este basurero.
Todos lo miramos sorprendidos.





