Antologias de Amor

Al llegar a casa el olor del guiso que se cocinaba en la sala lo atrapó. Zoe estaba preparando al parecer una cena especial por lo que Charlie no quiso estropear su sorpresa y se sentó muy tranquilito en la sala. No había señales de Zoe en la cocina, pero si se escuchaban ruidos desde la parte superior de la casa. Charles sonrió al imaginar que su Zoe estaría dando vueltas por su habitación buscando algún vestido bonito para la ocasión. Sintió unos pasos apresurados acercarse a la escalera, así que con voz sutil susurró.

- Amor… Estoy en casa - Los pasos se sintieron más fuertes y veloces casi al instante.

- ¡Charles! ¡Has llegado! - Se escuchó su voz al inicio de la escalera. Sin tomar la precaución de apoyarse en el pasamano o en la pared Zoe comenzó a bajar rápidamente la escalera.

- ¡Ten cuidado! - fue todo lo que Charles pudo decir antes que su mundo se paralice por un minuto. Los pequeños pies de Zoe tropezaron entre sí provocándole así una desestabilización llevándola a rodar por las escaleras de una manera terrible. Charles corrió a su auxilio, su Zoe estaba muy mal herida. Su cabeza sangraba al igual que su frente, sus brazos estaban lastimados y su pie estaba torcido. Pero eso no era lo peor de la situación, Zoe se quejaba de dolor extremo en su vientre al tiempo que su vestido nuevo se manchaba de sangre que salía de su entrepierna.

- Me duele el vientre Charles… Algo está mal - masculló como pudo Zoe. Charles la llevó en brazos hasta el auto patrulla de policía y la dejó en la parte trasera para llevarla rápidamente al hospital.

- Tengo miedo Charles - susurraba Zoe mientras Charles encendía la sirena y conducía a toda velocidad por las pequeñas calles de Forks.

- Todo va a salir bien Zoe… yo te cuido ¿Lo recuerdas? - intentó sonar con voz firme pero lo cierto era que Charles también tenía miedo al igual que Zoe.

Llegaron a la emergencia en cuestión de minutos. Charles llevaba en brazos a su esposa lastimada y en una camilla la depositó a la entrada del hospital. Rápidamente Zoe fue llevaba a los quirófanos para practicarle una cesárea de emergencia ya que la vida de la pequeña Marianne corría riesgo si no se hacía algo pronto sin contar los daños que pudo haber sufrido por el golpe en el vientre materno.

- Te amo Charles - fueron las palabras de Zoe mientras la preparaban para la operación. Charles estaba junto a ella apretando su mano, cumpliendo su promesa de cuidarla…

Un llanto maravilloso inundó la sala de operaciones unos pocos minutos después, la pequeña Marianne Cooper había llegado al mundo la noche del 13 de septiembre como regalo de aniversario de sus padres. La bebé fue llevada rápidamente a un costado para hacerle pruebas y verificar que ningún daño le hubiese ocurrido. Después de las pruebas de peso, talla y reflejos se la mostraron unos segundos a sus emocionados padres. Charles sonrió contento al ver a su chiquita, con unas mejillas muy sonrojadas, unos labios rellenitos y una mata de cabellos cafés con rizos muy similares a los suyos.

Un sonido extraño se registró en el quirófano, el monitor cardíaco al que estaba conectada Zoe comenzó a emitir un sonido desenfrenado.

- Tenemos una hemorragia interna ¡Rápido saquen al padre de aquí! - fue la respuesta del doctor a aquel extraño sonido.

- Charles… Te amo, cuida de ella por mí - fueron las últimas palabras de Zoe aquella noche, las ultimas que pronunciaría ya que solo treinta minutos después la vida de la alegre Zoe Cooper se apagaba en aquella sala de operaciones.

Charles no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban, su esposa no había muerto para él. Las enfermeras intentaban consolarlo, pero de nada servía. El amor de su vida se había ido y con ello su felicidad…

- Sr. Cooper, su bebé - era la voz de una de las enfermeras que le mostraba un pequeño bultito rosa de la segunda hilera de cuneros. Los sentimientos de Charles eran muy confusos, había perdido a su esposa esa noche pero su hija, una prolongación de la vida de Zoe había llegado para llenar su vida de alegría y felicidad.

Charlie cumplió con avisar a los padres de Zoe el trágico suceso, pero poco o nada les importó, ellos se habían marchado a Florida varios meses atrás y no planeaban regresar por el funeral de Zoe. Un sencillo servicio fue todo lo que Charlie pudo ofrecerle a su amada esposa al día siguiente, nuevamente acompañado de Susan y Harry estuvieron en el cementerio mientras en el hospital las amables enfermeras se hacían cargo de la pequeña de rizos cafés.

Soledad y tristeza fue lo que sintió Charles al volver a su casa esa noche con su bebé en brazos. La pequeña Marianne lloraba mucho y Charles no sabía el por qué. Nadie le había enseñado a cambiar un pañal ni a preparar un biberón por lo que el llanto de su hija lo estaba llevando a llorar de desesperación a él también.

Sus habilidades paternales fueron mejorando con el paso de los días, Marianne lloraba menos y dormía por más horas permitiendo a su padre limpiar la casa, preparar algo de comer y lavar la ropa. Su consuelo para soportar la ausencia de su Zoe era ver a su pequeño bultito rosa sobre la cuna dormir pacíficamente. No pudo evitar que una traicionera lágrima rodara por su mejilla al acariciar a su bebé y recordar lo mucho que Zoe esperó a Marianne y lo poco o nada que él pudo hacer para salvar la vida de su esposa.

Pero a pesar que la había perdido para siempre Charlie jamás se arrepentiría de haberse casado con ella, ni de todos los segundos vividos el último año junto a su Zoe, de las miradas de amor que le regalaba al llegar a casa, o los abrazos por las noches cuando apagaban la luz y dormían plácidamente en una pequeña cama.

Cuando la pequeña Marianne cumplió un mes de nacida, Charles debió volver al trabajo. Al no tener a nadie quien cuidara a la bebé, Charles preparó una pequeña maletita y cargándola en un práctico porta bebé la llevo en su pecho al trabajo. La pequeña no daba mucho trabajo, debía estar limpia y satisfecha para que no estuviera incómoda. Los policías de la estación se volvieron casi como su familia, y hacían turnos para darle el biberón y jugar con ella cuando estaba despierta.

Cuando la bebé cumplió seis meses hubo algo que preocupo a Charles. Marianne no respondía a la voz de su padre ni volteaba cuando alguien la llamaba por su nombre, pero lo que realmente alertó a Charles fue cuando Marianne tomaba su siesta de la tarde en la estación y a Harry se tropezó con la percha donde guardaban las armas haciendo que ésta cayera estrepitosamente al suelo provocando un gran estruendo. Charles corrió junto a su pequeña hija que debió levantarse a causa de la bulla, pero cuando la fue a buscar Marianne dormía profundamente.

Al día siguiente en la consulta con el nuevo pediatra del hospital, el Dr. Edgar Wellington, Charles recibiría la terrible noticia. Después de hacerle una sencilla audiometría y de pruebas de sonido y reflejo el Dr. Wellington daría su diagnóstico: Su hija padecía de Deficiencia Auditiva Severa con el umbral de 75 dB cuando lo normal para un oyente es de 20 dB. Al parecer la caída que sufrió Zoe había provocado en la pequeña Marianne una pérdida auditiva mixta, teniendo como consecuencia que Marianne no escuchara absolutamente nada más que el silencio.

De regreso a su casa Charles entró en negación, su hija no podía ser sorda. Investigó sobre el uso de audífonos para personas sordas o procesos de intervención quirúrgica, pero en el caso de Marianne todo era inútil, el daño de su oído medio era tan profundo que cualquier clase de operación podía poner en riesgo su vida. Su pequeña Marianne debía acostumbrarse a vivir en el mundo del silencio y él estaría junto a ella para ayudarla a salir adelante.

- Nadie te va a despreciar pequeñita… tú eres una luchadora al igual que tu mami. Vas a salir adelante porque eres una campeona - le susurró entre lágrimas a su hija y aunque ella no le escuchara le regaló una graciosa sonrisa mientras jugueteaba con el gracioso bigote que Charles ahora ostentaba.

El primer año de la pequeña Marianne como le decía su papá fue celebrado como no podía ser de otra manera en la estación de policía. Todos los agentes cambiaron sus sombreros de policía por graciosos gorros de princesa mientras se turnaban para tomarse foto con la princesa del día. Un gracioso vestido de cenicienta fue el que recibió de regalo de Susan y el que usó esa tarde para la fiesta. Al terminar de comer el pastel y de guardar los regalos en el auto patrulla Charles y su bebé fueron a dejar flores en la tumba de Zoe, también se cumplía un año de su partida y el segundo aniversario de matrimonio de Charlie quien hasta ese día seguía usando la argolla de matrimonio que Zoe deslizó en su dedo esa mañana.

- Te extrañamos mucho Zoe ¿Por qué me dejaste solo? Marianne te necesita… ella nos necesita a los dos - dijo con voz rota Charles mientras tocaba la fría lápida. La pequeña Marianne tocó el rostro de su papá sin entender el porqué de su tristeza. Charles solamente la estrechó con fuerza entre sus brazos y le sonrió con ternura.

Como era normal en toda persona sorda Marianne tampoco hablaba, no porque no podía hacerlo sino porque no sabía cómo hacerlo ya que al no oír nada no sabía cómo se escuchaba el sonido de las palabras para repetirlas. Charles se dio por vencido después de varios meses de intentar hacerle decir palabras sencillas como papá, o agua.

Cumpliendo la promesa de sacar a Marianne adelante, Charles tomó clases de lenguaje de señas por internet. Forks no tenía escuelas de enseñanza especial o personas que dieran clases de lenguaje de señas como para aprender así que todo su aprendizaje lo basó en lo poco que podía encontrar en la web. Aprendió el lenguaje básico como el deletreo de las letras y señas universales como sueño, hambre, biberón, papá… y amor.

Le tomó algo de tiempo empezar a caminar ya que su equilibrio no era muy bueno, pero cuando lo hizo no había quien la detuviera. Para tenerla entretenida y que no ocasionara destrozos en la estación Charlie compró para ella un cuaderno de pintar y muchos crayones, pronto se dieron cuenta que Marianne era muy buena en ello ya que no se salía de las líneas a pesar que solo una vez el tío Harry le había enseñado a hacerlo.

Cuando la pequeña Marianne cumplió tres años todos los policías de la estación era ya unos peritos en señas, aunque algo torpe se comunicaban con la adorable Marianne que con sus manitas habían logrado conquistar a todos haciendo las señas que más le agradaban: helado, televisión, y muñecas…

Una mañana al salir de su casa con la pequeña Marianne de la mano, Charles vio salir a sus nuevos vecinos Carmen y Eleazar quienes se habían mudado apenas unas semanas atrás.

- Buenos días Charles - fue el saludo de Carmen mientras hacía de la mano a la pequeña Marianne quien le sonrió de manera tímida - Hola pequeña Marianne.

- ¿Lista para ir al trabajo? - preguntó Charles mientras guardaba la maletita de Marianne en el auto.

- Estoy algo nerviosa… No sé cómo lo tomaran los niños al tener una profesora nueva en la escuela - respondió Carmen mientras cerraba la puerta. Hoy era su primer día de trabajo como maestra de la escuela pública de Forks y lo cierto era que estaba muy nerviosa.

- Ellos lo tomarán bien, siempre adoran lo nuevo y una maestra nueva puede resultarles novedoso…

- Eso espero Charles - le sonrió mientras se alejaba - Que tengan un buen día.

Una mañana de abril mientras Carmen regaba las plantitas de su jardín encontró en el porche a la pequeña Marianne junto a su cuaderno de dibujo. Se acercó despacito para no asustarla y vio dibujado en él un enorme corazón rojo rodeado de muchas estrellas amarillas. Carmen sonrió conmovida por la imagen y entre señas confusas le preguntó que significaba el dibujo. La respuesta de Marianne fue simple: Es el corazón de mami que me cuida desde el cielo.

La idea dio vueltas por varios días en la cabeza de Carmen, ella notó en la pequeña Bella un talento natural para el arte y para aprender cosas nuevas por lo que reuniendo la suficiente valentía una mañana detuvo a Charlie antes de salir a la escuela.

- Charles… ¿Has pensado en una escuela para Marianne? - se arriesgó a decirle a su vecino. Poco o nada era lo que conocía de él, pero aun así se atrevió a tocar un tema tan delicado como la educación de su hija. Lo vio negar de manera triste mientras Marianne entraba al auto.

- No hay escuelas de educación especial para Marianne aquí en Forks. Quizás deba mudarme a Port Angels o Seattle en un futuro cercano, pero aún no lo he decidido.

- Creo que no debes hacerlo - le dijo al tiempo que acariciaba la mejilla de Marianne que ya estaba sentada en el auto con su cinturón de seguridad colocado - Hay una nueva profesora para el área de kínder, su nombre es Kateryn y tengo entendido que es a la vez terapista de lenguaje. Creo que podrías intentar con ella. Es muy profesional y compasiva con los niños, la he visto trabajar estos días y creo que es ideal para Marianne.

- ¿Una escuela regular? No crees que los niños serían… - Charles se detuvo porque ni siquiera él tenía la fuerza para decir la palabra que vino a su mente.

- ¿Crueles? Puede ser, pero no puedes mantenerla alejada de la sociedad todo el tiempo. Marianne merece una oportunidad - Carmen vio a Charles negar y chasquear la lengua - Solo inténtalo un par de días, si crees que Marianne no lo va a lograr simplemente la sacas y buscas otra opción. No le cortes las alas a este angelito Charles… ella merece esto.

- Dos días… y si llora o la hacen sentir mal se regresa conmigo - fue todo lo que dijo Charles. Carmen sonrió satisfecha y besó la frente de la pequeña.

- Es todo lo que necesitamos. Te esperamos mañana en la escuela… - dijo mientras se alejaba.

Charles dio las "malas" noticias al resto de la estación. Con sentimientos encontrados los policías, sus tíos, compraron donas y cafés para todos en forma de despedida de la estación de su miembro honorario más pequeño, la joven agente Marianne Cooper…

Al día siguiente el día empezaba temprano. Charles buscó para su hija una ropa cómoda, unos pequeños jeans y una camiseta de algodón serían ideales para su primer día de escuela. Después de arreglar su cabello rizado con las mismas coletas que su madre usaba cuando era niña y de tomar un ligero desayuno, Charles estaba listo para llevar a Marianne a la escuela.

Con temor, Charles y Marianne estuvieron de pie unos cuantos minutos afuera de la escuela pública de Forks, muchos niños sonrientes entraban junto a sus madres que después de entregarlos a la maestra se despedían con un tierno beso. Por un momento Charles se sintió fuera de lugar, pero al ver los ojos tan cálidos de su hija se infundió valor y tomándola entre sus brazos entró a la escuela.

A lo lejos Carmen lo distinguió y se acercó a él. Sonriéndole y golpeando su hombro para darle ánimo lo guió hasta el salón de kínder. En el camino una joven mujer embarazada con dos niños los interrumpió.

- Buenos días, lamento el retraso, pero no se querían levantar - se excusó la mujer de cabello color caramelo.

- Buenos días Sra. Wellington ¡Hola Elizabeth!… ¡Hola Edward! - saludó a los pequeñitos que estaba a cada costado de su madre. La niña debía tener unos 6 o 7 años, su cabello rubio era hermoso y caía en cascada por su espalda. El pequeño quien debía tener la misma edad de Marianne aun rascaba sus ojos en señal de sueño, su cabello desordenado y su uniforme algo torcido daba indicios que lo habían vestido en el auto camino a la escuela.

- Siempre es lo mismo con Edward - se quejó su hermana - Y cuando nazca la bebé será peor… - se cruzó de brazos y sacó la lengua al ver que su hermano rodó sus ojos.

- Bueno mis amores, es tarde… Es hora de aprender - se agachó con cuidado su madre y dejó un beso en cada mejilla de sus hijos. Elizabeth caminó sola hasta su aula mientras Carmen tomaba de la mano a Edward y lo conducía hasta el aula que compartiría con Marianne, su nueva compañerita.

- Mira Edward… Ella se llama Marianne - señaló Carmen a la pequeña Marianne que se ocultaba tímida entre los brazos de su padre - Y ella es muy especial.

Edward rascó nuevamente sus ojos y alzó la mirada para conocer a Marianne. Lo que vio lo dejo impactado. Unos hermosos ojos cafés lo miraban con atención mientras una sonrisa, pura y transparente como el agua de un arroyito de verano se dibujaba en su rostro. Edward le respondió con otra sonrisa mientras su padre la dejaba en el suelo.

De inmediato Edward se aproximó a ella y tomándola de la mano le susurró despacito.

- Tú y yo vamos a ser grandes amigos - Aunque Marianne no haya escuchado lo que Edward le dijo y mucho peor entenderlo, ella le sonrió y asintió.

Y así tomados de la mano entraron al salón donde una gran aventura les esperaba, en el primer día de clases de la pequeña Marianne Cooper.

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