Elías trabajaba en silencio. Siempre en silencio.
Su estudio era una prolongación de su mente: limpio, funcional, sobrio. Las paredes blancas estaban adornadas con maquetas perfectamente alineadas y fotografías en blanco y negro de edificios que había diseñado. No había desorden, no había ruido. Solo la cadencia de sus ideas transformándose en planos, y el tic-tac del reloj en la pared.
Desde pequeño había aprendido a construir cosas para entender el mundo. Mientras otros niños dibujaban casas con chimeneas, él medía proporciones con una regla. Mientras otros soñaban con ser astronautas, él soñaba con ciudades ordenadas, simétricas, donde todo tuviera un propósito.
Y sin embargo, a pesar de esa necesidad de estructura, cada vez que pensaba en Luna, su mundo temblaba un poco.
Ella era todo lo que él no. Era color, movimiento, improvisación. Su apartamento -puerta 3A- era un desorden encantador: pinceles en vasos de cerámica, lienzos apoyados en las paredes, plantas colgando del techo, música sonando a todo volumen aunque nadie la escuchara realmente. Había tazas con restos de té por todos lados y notas adhesivas con frases aleatorias pegadas en el refrigerador. Luna no seguía planos. Seguía impulsos.
-El orden es aburrido -le dijo una vez, mientras paseaban por una exposición de arte-. La belleza está en el caos. ¿No crees?
Elías no supo qué responder. Porque sí, su mundo era ordenado... pero ella, con todo su caos, era la cosa más hermosa que había conocido.
Aquel día, Luna llegó a su puerta sin avisar. Llevaba una caja de madera en las manos y una mancha azul en la frente.
-Necesito tu opinión profesional -dijo, entrando sin esperar permiso-. No de arquitecto, sino de hombre con buen gusto. ¿Puedo mostrarte algo?
Elías la dejó pasar con una sonrisa leve. Siempre lo desarmaba así, sin esfuerzo. Se sentó en el sofá mientras ella abría la caja y sacaba varios dibujos. No eran lienzos terminados, sino bocetos. Trazos rápidos, figuras abstractas. Algunos lo mostraban a él. No con precisión, sino con su esencia: la forma en que se sentaba, la mirada que tenía cuando pensaba, la silueta recortada contra la ventana.
-¿Esto... soy yo? -preguntó, con un leve rubor.
-Sí. Pero no lo digas como si te sorprendiera. -Luna le guiñó un ojo-. Te he visto tantas veces que ya te dibujo de memoria.
Elías desvió la mirada. No sabía qué hacer con esa afirmación. Porque para él, eso era exactamente lo que le pasaba con ella. También la llevaba en la memoria. En el cuerpo. En todo.
-¿Te gusta? -preguntó ella, de pie, con las manos entrelazadas tras la espalda.
-Mucho. Es... tú. Y también un poco yo.
-Eso intentaba. -Sonrió-. Pensé que sería lindo juntar nuestras dos formas de ver el mundo.
Elías sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. Como si sus paredes internas, tan firmes como los edificios que diseñaba, comenzaran a agrietarse apenas por esa frase.
Juntar nuestras dos formas de ver el mundo.
No sabía si ella lo decía en broma, como hacía con tantas cosas, o si lo intuía de alguna forma. Pero esa tarde, mientras ella seguía mostrándole sus trazos y hablaba sin parar de colores y movimientos, Elías pensó que tal vez -solo tal vez- no era tan imposible que dos personas tan distintas pudieran construir algo juntas.
Algo sin planos.
Algo con alma.





