El servidor municipal ajustó sus gafas y examinó, una y otra vez, la copia del certificado de matrimonio, como si esperara encontrar un error escondido.
Finalmente, habló con calma: "Señora, el documento que usted ha presentado es falso. Nuestros registros no muestran ninguna inscripción de matrimonio entre usted y el señor Colin Palmer".
Brinley se paralizó al oír esas palabras.
Abrió la boca para hablar, pero no salió ni una palabra; solo le temblaron los labios.
"Esto... esto no puede ser", balbuceó, finalmente, con la voz casi inaudible. "Aquí fue donde nos casamos... hace dos años...".
El empleado sacudió la cabeza con una expresión comprensiva. "Lo siento, señora, pero esta es la verdad. No encuentro ninguna información de su matrimonio en nuestro sistema. Si cree que ha sido engañada, lo mejor es que informe del asunto a las autoridades".
El asentimiento de Brinley fue tenso, casi automático, cuando tomó la copia del certificado.
Sus dedos temblaron al sentir el borde frágil del papel.
El documento que había atesorado durante los dos años anteriores resultó ser falso. ¡Qué absurdo!
Afuera del Registro Civil, Brinley se detuvo en los escalones, con la cabeza dándole vueltas.
Necesitaba tiempo, y un lugar tranquilo para ordenar la tormenta de pensamientos que amenazaba con consumirla.
Caminó hasta una cafetería cercana y pidió un café negro con hielo, fuerte y amargo.
El sabor intenso llenó su boca, pero no podía compararse con la amargura que sentía en el corazón.
En ese preciso instante, la pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de Colin. "Brinley, ¿qué quieres cenar esta noche? Pasaré a comprar algo cuando salga del trabajo".
Una oleada de náuseas la invadió mientras miraba el mensaje en la pantalla.
Inhalando con dificultad, tecleó: "No te preocupes, yo cocinaré".
Casi de inmediato, Colin respondió: "Está bien, llegaré a casa a tiempo".
Brinley no respondió. En cambio, miró el reloj; eran las tres y media.
Luego decidió hacerle una visita a la oficina de su esposo sin avisarle con anticipación.
La empresa de tecnología de él estaba ubicada en una moderna torre en la zona este de la ciudad.
Ella le había llevado el almuerzo muchas veces, así que la recepcionista la reconoció enseguida, le sonrió y le hizo una seña para que pasara.
El ascensor la llevó hasta el piso veintiocho; al salir, siguió el camino conocido hacia la oficina de Colin.
Sin embargo, al doblar una esquina, escuchó su voz proveniente de la sala de descanso. "Estoy confundido, pero ya sabes... no puedo olvidar a Milly".
Brinley se detuvo en seco, con el cuerpo rígido, como si el mundo se hubiera congelado a su alrededor.
Con cuidado, retrocedió y se apoyó contra una columna, esforzándose por escuchar.
"¿Y qué piensas hacer entonces?", preguntó la voz de un hombre.
Brinley reconoció al instante aquella voz: pertenecía a Vance Graham, el mejor amigo de Colin.
"¿Planeas quedarte con Brinley y casarte con Milly Russell? Colin, eso no es justo".
Las palabras golpearon a Brinley como un puñetazo en el pecho. Tuvo que apoyarse en la pared para mantener el equilibrio.
¿Milly Russell? ¿Quién era ella? ¿Colin se iba a casar con esa mujer?
Cada palabra era como una cuchilla que se clavaba en su pecho.
"Sé que no es justo", admitió Colin con un suspiro cansado. "Pero cuando Milly se fue al extranjero para seguir su carrera, me quedé destrozado. Luego apareció Brinley... me recordaba tanto a Milly que salir con ella finalmente sanó mi corazón roto".
Brinley se mordió el labio inferior con tanta fuerza que el sabor amargo de la sangre no tardó en aparecer. ¿La había elegido porque le recordaba a Milly?
¿Entonces eso era ella? ¿Una sustituta?





